Existe un fenómeno post ruptura del que se habla poco: el mono monogámico. Desintoxicarte del uso de la primera persona del plural y de pensar en términos de «él y yo» es completamente anticapitalista. Lo cual lo hace aún más complicado. Porque ni el amor revoluciona el sistema ni tu expareja era sinónimo de anarquía.
La sociedad te había empujado a comprarte un jersey navideño a juego con él y a fusionarte por completo, ser una unidad, un pack ahorro de tampones.
Y ahora, existe una drogodependencia emocional que te grita: ¡Haz la cucharita! Pero tú estás demasiado triste como para buscarte otra cuchara, así que el mono se extiende hasta que aparece la cuchara postiza.
La cuchara postiza es ese tío con el que te empiezas a acostar tras haber convivido en pareja durante un tiempo. Se vuelve parte de tu rutina. Duermes con él aunque sabes que no deberías y le permites tratarte como si fuerais un “nosotros”. Aunque, en realidad, sabes que nunca te comprarías un jersey a juego con él.
Pues bien, la primera vez que esta autora sufrió el síndrome de la cuchara postiza, tuvo que enfrentarse a un plus añadido para el que no toda chica está preparada. Un “te quiero” furtivo seguido de un “ahora eres un poco mía” y acompañado de un “¿qué somos?”. Una palabra, seis letras: mortal.
Claro, ¿qué iba a hacer yo? ¿Estaba acaso dispuesta a renunciar a mi sexo de consolación y a mi cucharita invernal? Llevaba dos meses soltera, sin duda esa no era una opción. Os preguntaréis qué hacer en este caso. Desde mi experiencia, diré que no decir nada y quedarse en silencio sirve… hasta que deja de hacerlo.
Me explico: en mi caso, el sujeto que había seleccionado como cuchara postiza llevaba soltero menos tiempo que yo. Esto podía significar muchas cosas: ambos éramos cuberter pasajera, el tío no sabía estar solo, mentía o decía la verdad. Algunas combinaciones eran posibles, otras no. En este caso, la segunda y la tercera se complementaban y fueron explotadas al máximo.
Cinco de cada siete noches el sujeto dormía en mi casa o yo en la suya. Siete de cada siete mañanas me despertaba con un mensaje suyo. Tres de cada cuatro veces contestaba a sus mensajes.
Os preguntaréis: ¿qué ocurría esa cuarta vez? Una sucesión increíble de llamadas, una cantidad considerable de mensajes preguntándome si algo iba mal y, quizá, una llamada inesperada al timbre de mi casa.
Normalizar esto es un error garrafal. Pero la culpabilidad, esa gran enemiga común, hacía que apechugase con el tema. Porque al final, cada vez que él decía que me quería, salvaba mi silencio con un beso que dejó de ser disimulado y empezó a ser cantoso a más no poder.
Una tarde de miércoles, en una de esas tantas semanas en las que me decía a mí misma que no volvería a acostarme con él, acabé sucumbiendo y preguntando en qué casa dormíamos esa noche. Había batido mi récord y llevaba cuatro noches consecutivas sola. Me merecía un premio.
La cosa empezó a resultarme extraña cuando la respuesta no fue inmediata. ¿Dónde quedó ese amor? ¿Esa ansiedad viva por saber cómo estaba y por verme? Días después, echamos nuestro último polvo… el cual me recordó demasiado al pre-ruptura que había tenido no hacía mucho tiempo. Y entonces lo supe: hay otra.
Ding, ding, ding. El meme y la canción ya lo dicen: cuando lo sabes, lo sabes. ¿Pero sabéis qué más venía intuyendo desde hacía un tiempo? Que la mujer que ahora ocupaba mi lado de la cama no era una desconocida. Era esa amiga que llevaba un mes viviendo en mi sofá, llorando por el chico que no le daba bola, y a la que a mí me sabía mal echar.
Al principio, intentó negarlo. Yo simplemente se lo pregunté con la transparencia que, según mi criterio, requieren las amistades. Pero cuando la cosa se le fue de las manos, mi ex cuchara postiza me mandó a la susodicha a mi casa con una carta y unas fresas. Pensaréis que, al menos, tuvo el detalle de las fresas… Se las zampó ella. Para mí solo era la carta.
Ahí no ponía nada que no os podáis imaginar. Mi duda es: ¿a qué venía ese love bombing innecesario? ¿Para qué me pides exclusividad si luego te tiras a mi amiga?
A ver, tampoco es que yo me fuese a desmelenar y hacer un dormitorios tour. Recordemos que tenía mono de monogamia, síndrome de abstinencia y padecía de cuchara postiza. Pero esto me dejó completamente descuadrada.
A día de hoy, estos personajes son pareja y estoy a escasos días de resolver si me puso los cuernos dentro de esa exclusividad forzada que él mismo me pidió.
No creo que haga nada tras resolver el kit de la cuestión. Pero me resulta gracioso que el aniversario de algunos sea la manera en la que otros descubren cuánto les han tomado el pelo. Desde luego, cuánta dosis de culpabilidad me podría haber ahorrado…
Una experiencia poco recomendable de un testimonio anónimo.
