Cuando mi marido me dijo que me dejaba, estaba embarazada de seis meses. No hubo rodeos ni explicaciones extensas, solo me dijo que ya no estaba enamorado de mí. Y esa misma noche, cogió una maleta con algo de ropa y ya no durmió en casa.
Llevábamos años juntos y sí, teníamos nuestras discusiones, como cualquier pareja. Pero nunca pensé que para él la cosa estuviera tan mal. Nuestra hija de tres años dormía en su habitación ajena a todo, y otra vida estaba creciendo dentro de mí. Un bebé que había sido totalmente buscado y deseado.
Siempre quisimos formar una gran familia; cuando nació Noa, teníamos claro que algún día le daríamos un hermanito. Y así fue. Me quedé embarazada de mi segundo hijo enseguida y todo era felicidad. No estábamos en crisis, no intentábamos arreglar nada teniendo un hijo porque no había nada roto. Éramos felices, o eso pensaba yo.

La noche que él se fue, no dormí. Lloré en silencio, abrazando mi vientre, sintiendo las pataditas del bebé que aún no conocía y lo único en lo que podía pensar era en que no iba a poder disfrutar de su padre.
Porque sí, mi marido me estaba dejando a mí como pareja, y seguramente seguiría comportándose como el padre ejemplar que era con nuestra hija. Pero, reconozcámoslo, no es lo mismo vivir con tus padre los 365 días del año, que criarte con unos padres separados. Por muy bien que nos lleváramos, por muy bien que quisiéramos hacer las cosas, mis hijos se iban a criar en una familia desestructurada, y eso me hacía más daño que haber perdido a mi marido como pareja.
Los días siguientes fueron los peores de mi vida. Él insistió en venir conmigo a la siguiente revisión del embarazo, y verlo de nuevo para mí fue horrible. Estuvimos más de una hora en la sala de espera del hospital sin hablar. Yo no quería pedirle explicaciones y él tampoco estaba con la actitud de dármelas. Solo me dijo que deseaba estar presente en la revisiones y en el parto, y yo le dije que por supuesto.
Estando ya de ocho meses, cogí una gastroenteritis muy fuerte. Al principio no le di mucha importancia pero preferí acudir al hospital porque tenía unos dolores muy fuertes de estómago y tuve miedo por el bebé.
Aquella mañana, dejé a mi hija en el cole y me fui al hospital sola. No se lo dije a nadie porque realmente pensaba que no era importante, iba más que nada por precaución. Pero al llegar al hospital me encontré con la peor de las sorpresas.

Entré por urgencias, y en la sala de espera me encontré a mi marido con otra mujer también embarazada; por su barriga diría que de unos meses menos que yo. Me quedé en shock, sabía que aquella chica no era de su familia, ni una amiga que yo conociera. Durante unos segundos quité de mi cabeza esos pensamientos negativos que me decían que quizás era ella el motivo de nuestra ruptura. No, no podía ser. Pero entonces, la besó. Y yo me fui hacia ellos gritando.
Me dio tal ataque de nervios que me puse de parto y mi hijo nació prematuro. Un mes antes de lo que le correspondía. Afortunadamente no necesitó incubadora, nació con un peso más que suficiente y sano.
Al final su padre no estuvo en el nacimiento de mi hijo, porque yo me negué, no quería ni verle. Conoció a su hijo con 48 horas de nacido, poco antes de que me dieran el alta. Mis padres me convencieron para que le dejara entrar en el hospital a ver al niño, al fin y al cabo, era su padre. Entonces, con mi bebé de dos días en brazos, le pedí explicaciones.

Llevaba con aquella chica 2 años. Era una compañera del trabajo. Él tenía claro que no iba a dejarme a mí por ella, porque conmigo había formado una familia y eso era lo más importante. Estaba embarazada de seis meses, y ese bebé sí que no había sido buscado, pero cuando se enteró de la noticia, fue tan feliz que se dio cuenta de que quería estar con ella. Criar a ese bebé junto a ella.
De todas formas, según él, las cosas entre nosotros no iban bien desde hacía tiempo. Que no había querido que fuera así. Me hablaba como si esperara que entendiera, como si su traición fuera solo un error humano y no el terremoto que había destruido mi mundo. No le grité, nunca le rogué. No porque no quisiera, sino porque sentía que cualquier palabra que saliera de mi boca no cambiaría nada. Su decisión ya estaba tomada.
Escuchar todo aquello para mí fue devastador. Pero no me podía permitir estar mal. Tenía un bebé recién nacido y una hija de tres años que me necesitaban. Estaba rota, pero tenía que mantenerme fuerte. No sé de dónde saqué la fuerza, pero seguí adelante.
Cerca del primer cumpleaños de mi hijo, firmamos el divorcio, y pocos meses después, se casó con la otra.
Han pasado varios años y me gustaría decir que he superado todo esto, pero no. Aún me duele verlo con ella. Me sigue pareciendo surrealista que me hijo tenga un hermano con el que se lleva tres meses y que compartan juegos cuando le toca ir a casa de su padre.
Escrito por Raquel Acosta, basado en la historia real de una seguidora.