Llevábamos juntos casi dos años cuando me llevé uno de los mayores chascos sentimentales de mi vida. Entre nosotros siempre hubo muchísima química sexual, desde antes de formalizar la relación, y el sexo era increíble y muy frecuente. Él solía decir que me veía como la mujer perfecta, que le encantaba mi cuerpo, que le ponía muchísimo y que amaba mi personalidad arrolladora. Era algo que repetía en muchas ocasiones y a mí me encantaba escucharlo. Pero, ¿sabéis qué? Resultó ser palabrería barata.
Yo empecé a ver los primeros cambios antes de que él fuera consciente de nada. Fue gradual, casi imperceptible, pero de repente había noches en las que estaba muy cansado para hacerlo, cosa que jamás había pasado antes. Lo achaqué a que ya llevábamos bastante tiempo saliendo juntos y en algún momento nos iba a tocar bajar el ritmo. Demasiado habíamos aguantado en la cresta de la ola haciéndolo todos los días y a veces en más de una ocasión.

Pero poco a poco, esas palabras de alabanza que siempre me dedicaba sobre mi cuerpo y cuanto lo deseaba también fueron desapareciendo. Llegué a preguntarle por ello en varias ocasiones. Me decía que no pasaba nada, que seguía pensando lo mismo, y entonces se pasaba un par de días en los que volvía a comportarse como antes, pero yo no podía evitar sentir que lo hacía por compromiso, motivado por mis preguntas.
Empecé a sentirme insegura con mi cuerpo. Es verdad que desde que nos habíamos conocido había cogido algo de peso. Concretamente cuatro kilos. Pero no me parecía algo significativo. Había perdido 20 kilos unos años atrás, antes de conocerle, y coger cuatro no me parecía una gran tragedia. Y, hasta que empecé a ver esos cambios en el comportamiento de mi novio, me gustaba lo que veía en el espejo. Pero esta nueva actitud hizo que los complejos que sentía años antes volvieran a estar presentes en mi vida.
Todo cambió para mí una tarde, viendo una película juntos en el sofá. Me apetecía salsa para el cuerpo y qué mejor que un tardeo de Netflix para propiciarlo. Pero él esquivaba mis intenciones, noté que no le apetecía y me frené. Me cortó un poco el punto, pero si no le apetecía lo respetaba, obviamente. Así que mojé mis ganas en el refresco que me había servido y me centré en la peli. Pero al poco rato, con su mano bajo la manta, pellizcó mi barriga entre los dedos y me dijo “hemos echado un poco de lorza, ¿no?”. Recuerdo el nudo en el estómago y la vergüenza que sentí. Me ardía la cara. No supe contestar y guardé silencio.

Pasaron los días y esa pequeña crítica de mi novio se convirtió en algo mucho más grande dentro de mí. Además, empecé a fijarme en que ya casi no me miraba cuando me desnudaba frente a él, o cuando salía de la ducha, algo que le encantaba hacer antes. Y yo casi me sentía aliviada, porque por primera vez en mucho tiempo me avergonzaba de mi físico.
Cuando me miraba en el espejo ya no me sentía como antes, dejé de gustarme y empecé a buscar defectos donde no los había. Esos cuatro kilos se convirtieron en un enorme monstruo de inseguridad que me perseguía constantemente.
Todo se fue a pique cuando un sábado nos invitaron a una fiesta. Sus amigos habían organizado una barbacoa en la de uno de ellos. Decidí no comer nada, porque no quería que me juzgasen. Había llegado a un punto de inseguridad en el que me agobiaba comer frente a otras personas.

Una vez allí, me relajé un poco. Todo iba muy bien, hacía tiempo que no me divertía y relajaba tanto. Busqué a mi novio con la mirada, pues hacía rato que no le veía, y le encontré hablando con una chica que no conocía, guapa y con tipazo. Entonces me di cuenta de que no solo hablaba con ella, estaba tonteando. Tenía la misma mirada que me ponía a mí en nuestros inicios, esa que me ponía tantísimo y que hacía meses que no veía. Podía notar que la deseaba. Me excusé con las personas que estaban conmigo y corrí al baño. Vomité de la ansiedad y los nervios. Cuando me calmé, salí del baño y le dije que si podíamos marcharnos, que no me sentía bien. Con claro fastidio por tener que abandonar la fiesta, se despidió y nos fuimos a casa. No imaginaba que pronto se acabaría todo.
Al llegar decidí echarle en cara lo que había visto. Me dijo que no sabía de qué le hablaba, que estaba paranoica. Lo negaba, pero yo insistía. Y entonces dijo algo que se me clavó como una estaca: “Igual es que me gustan la mujeres que se cuidan un poco, no como tú”. Fue como si me pegaran una bofetada. Rompí a llorar. Él me miró y salió de la habitación sin decir nada más.
Esa noche no pegué ojo. Él dormía a pierna suelta mientras yo lloraba en silencio. Sentía miedo de que me dejase, de que se fuera con otra. Decidí que estaría a dieta estricta desde el día siguiente y que volvería al gimnasio. Necesitaba volver a gustarle, tenía que hacer algo para arreglarlo. Pero no pude ni empezar con mi plan, porque a la mañana siguiente me dijo que teníamos que hablar.
“Te has descuidado y ya no te veo como antes. Te has acomodado desde que vivimos juntos y yo necesito que mi pareja se cuide físicamente para que me siga atrayendo. Ya no me gustas de ese modo y no quiero seguir con esto”. Hizo las maletas y se marchó mientras yo lloraba rota en el sofá.

Esas palabras se me quedaron grabadas a fuego. El daño que causaron fue atroz. Me obsesioné con mi cuerpo. Adelgacé tanto que tuve graves problemas de salud. Mi hermana fue quien se dio cuenta de que estaba al borde del desastre y decidió tomar cartas en el asunto. En su día me costó aceptar su ayuda, pero hoy soy consciente de que me salvó la vida. Me obligó a ir a terapia con una especialista en trastornos de la alimentación. Fui a regañadientes, pero ese día comencé a sanar.
Hace cinco años que vivo en paz con mi cuerpo nuevamente. Pero aquella parte de mi vida sigue estando muy presente en mi día a día, pues lo considero una enseñanza necesaria para no volver a permitir que ningún imbécil joda mi salud mental. Porque si te dejan por haber cogido peso, sean cuatro, quince o veinticinco kilos, es que su amor no era incondicional y mereces algo mejor.
Escrito por Carol M. Basado en un testimonio real anónimo.