Cuando imaginaba como sería mi vida de casada, jamás se me habría ocurrido que mi peor enemiga sería yo misma. Mi TCA, el cual no había tratado jamás con ningún profesional, no solo me empezó a afectar física y psicológicamente a mí, sino que casi se lleva por delante mi matrimonio.
Nuestro noviazgo no fue muy largo, un año y ocho meses, de los cuales solo convivimos los últimos tres. Estaba enamorada hasta la médula, y él de mí. Me sentía dichosa, ilusionada. Desde que le había conocido mi vida había dado un giro de 180º. Y no solo a nivel sentimental, sino a nivel personal. Os pongo en antecedentes.
Todo comenzó en mi adolescencia. A los catorce años mi relación con la comida se convirtió en un campo de batalla. Un ligero sobrepeso y una autoestima extremadamente baja me llevaron a vivir entre dos extremos: dietas milagro o ultra restrictivas que aguantaba el tiempo que podía seguidas de atracones de comida. Recuerdo que me levantaba de noche, cuando mis padres dormían, para saquear el armario de las galletas y los chocolates. Y luego la culpa. Esa terrible culpa que en ocasiones me hacía acabar provocándome el vómito.

Esta situación creció conmigo. Mi familia nunca se dio cuenta, ya que como siempre tuve sobrepeso, consideraban que era lógico que me pusiera a dieta y que mis restricciones, que todos conocían, eran normales. Los atracones los hacía a escondidas, y pocas veces me purgaba después. Así, mi TCA me acompañó como una sombra hasta el momento en que conocí al que se convertiría en mi marido. Aún no entiendo el motivo, pero mi noviazgo con él fue la etapa en la que mi trastorno alimenticio estuvo menos presente. Es cierto que después de toda una vida disimulando, ya casi me salía solo. Comía de una forma cuando estaba con él, pero como era la misma manera en la que me alimentaba delante de cualquier persona en círculos sociales, ni me daba cuenta. A solas y en mi casa, comía cosas que no me permitía comer delante de él porque me daba vergüenza, pero apenas me daba atracones. Era como si el amor, la ilusión y el tenerle a mi lado hubiera hecho que sintiera menos dependencia emocional hacia la comida que me daba placer y calmaba mi ansiedad. Por primera vez pensé que aquel sufrimiento podía quedar atrás y que todo iría bien. Y me agarré a él como a una tabla de salvación.

Me pidió matrimonio cuando llevábamos once meses. Ni me lo pensé. Yo tenía 28 y el 32, teníamos trabajo fijo, estabilidad económica y estábamos enamorados, así que decidí lanzarme a la piscina. No habíamos convivido como tal, solo pasábamos días el uno en casa del otro cada semana, pero nos parecía suficiente por el momento. Cuando la boda estuvo más o menos organizada, decidimos que él dejaría su piso y se vendría al mío.
Fueron tres meses fantásticos de convivencia. Yo vivía como en una nube de felicidad. Me sentía más en paz conmigo misma de lo que lo había estado en mi vida. Pero aquella calma tenía fecha de caducidad.
Poco después de casarnos, tuve un revés en el trabajo. No me dieron el ascenso que esperaba y se lo dieron a otra persona menos capacitada que yo, pero que tenía cierto enchufe, según se rumoreaba. Y eso me generó una frustración enorme. Y mi hambre emocional volvió.

Al principio logré esconderlo, pero pronto mi marido se dio cuenta de que algo no iba bien. Hasta entonces comíamos de todo, nos encantaba cocinar juntos y probar recetas nuevas. Había sido la etapa con menos restricciones y más equilibrada en mi alimentación de toda mi vida. Como no quería que él se diese cuenta de lo que me estaba pasando, mantenía la imagen de que todo iba normal, pero comencé a darme atracones a escondidas en nuestra propia casa. Sin contar con que mi marido sería más observador de lo que lo fueron mis padres.
Una noche, después de levantarme a comerme dos tabletas de chocolate que había escondido en el bolso, me sentí tan mal que me fui al baño a hacer lo que ya podéis suponer. Al salir, mi marido estaba en la puerta, preocupado. Le dije que no pasaba nada, que me habría sentado algo mal. Pero me dijo que sabía que algo no iba bien. Se había dado cuenta de que me levantaba por las noches para darme los atracones. Había visto la comida escondida dentro de mis bolsos. Y confesó que no sabía cómo afrontarlo, pero al oírme vomitar esa noche, había decidido que no podía seguir callado. Le dije que solo era estrés por lo del trabajo y le prometí que no había nada más allá que eso. Que el vómito era porque me había sentado mal el chocolate, no porque tuviera ningún problema. El no se quedó del todo conforme, pero aceptó mi excusa.

Pero las cosas, lejos de mejorar, solamente empeoraron. Cada vez podía controlarme menos frente a él. Empecé de nuevo a alternar restricciones con atracones. Y él se daba cuenta. Cuando me lo decía, preocupado, acabábamos discutiendo. El quería salvarme, cuidarme, pero yo solo quería que me dejase en paz. Y mis cambios de humor eran arrolladores. Él intentaba ayudarme a pesar de todo, pero yo seguía obcecada en negar la realidad.
Un día, tras una discusión más desencadenada por esta situación, él se quedó en silencio. Había algo diferente en su mirada. Dónde solía haber amor, apoyo y preocupación, entonces solo pude ver cansancio. Y fue cuando dijo: «No sé cuánto tiempo más podré soportar esta situación». Se me heló la sangre al oírle decir aquello. Acto seguido se marchó al trabajo y yo rompí a llorar en la cocina.

Entendí entonces que mi problema, ese al que ni siquiera había puesto nunca nombre por mucho que sospechase lo que era, no solo me estaba haciendo daño a mí. Me di cuenta de que estaba haciendo polvo a mi marido y, por consiguiente, haciendo peligrar de verdad nuestra relación. Y decidí que no podía dejar que me arrebatase lo mejor que me había pasado en la vida.
Esa tarde me senté a hablar con mi marido y me sinceré por completo. Lloré a lágrima viva. Era la primera vez que contaba en voz alta todo lo que había vivido, la primera vez que me sinceraba y sacaba a la luz todo aquel sufrimiento. Me sentía vulnerable y tenía miedo de que me juzgase, pero lejos de eso, él me abrazó y me prometió que todo iba a salir bien.
Esa misma semana comencé a ir a terapia con una especialista en Trastornos de la Conducta Alimentaria. El camino no ha sido fácil, ni lineal. De hecho, aún me queda parte de la ruta por recorrer. He tenido altibajos y recaídas, pero puedo decir, con absoluta convicción, que estoy muchísimo mejor. A veces pienso que ojalá hubiera cogido al toro por los cuernos antes y hubiera tratado mi TCA años atrás, pero como me dice mi marido, con quien sé que cuento incondicionalmente, «mejor tarde que nunca, cariño».
Escrito por Carol M., basado en un testimonio real anónimo.