Espera, que todavía esto se puede complicar más. Pero empecemos por el principio…
Todo empieza en una tarde de cervezas después del trabajo, un día que iba con el jersey más lleno de bolas que tenía en el armario y estando casi sin maquillar. Un viernes que no era viernes, porque al día siguiente tenía que trabajar. Un viernes que extrañamente me lié y me acabé liando con un chico altísimo, monísimo y que resulta que era amigo íntimo de mi hermano.
¿Pero de dónde has salido tú ahora?

Lo cierto es que no era la primera que le veía ya que habíamos coincidido antes un par de veces, pero como yo no estaba soltera no me había fijado gran cosa en él. Y ese día X tampoco, para qué engañarnos. No fue hasta el metro, donde yo noté la magia y dejé pasar la estación en la que me tocaba bajar para pasar esa noche con él. Como en una canción de la Oreja de Van Gogh.
Y os prometo chicas que ese día en mi cabeza cambió todo. Pero en la suya no, y no pasa nada. Yo me enamoré de él, pero yo sólo le ponía cachondo y nos comíamos como si llevásemos meses sin follar cuando coincidíamos más adelante de fiesta. Y a las malas, me enseñó un montón sobre el desamor, de una manera sana y la cosa se quedó ahí.
El follón fue que yo empecé a salir con otro amigo suyo, de su mismo grupo, a la vez que me liaba aún con él cuando surgía y a un tercer amigo suyo parece ser que le gusté un montón. Pero gustar de que me habría hecho un altar y comprado mil croquetas si se lo hubiera pedido.
Recapitulemos, mientras empecé esta “segunda” relación un tercer chico me tiraba la caña y a la vez me comía los morros con el tío del que estaba loca enamorada.
La relación con este chico no fue más allá de dos meses, rompiéndose por otros motivos que no vienen al caso y con el paso del tiempo caí con el tercero y quedamos para tomar esa cerveza a solas que tanto me prometió.
Me acabé comiendo a los tres, y obviamente los tres estaban al tanto de todo.

¿Mentes o relaciones abiertas? Por supuesto que sí, quizá hasta demasiado para mí.
¿Qué opinó mi hermano de todo esto? Pues que era mayorcita para hacer lo que quisiese, que a la próxima no me complicase tanto la vida y que esperaba que al menos lo hubiera disfrutado.
Ahora miro atrás y me parece una anécdota maravillosa que contar a mis amigos con un café de por medio y una tarde que se pueda alargar si se tercia. ¿Volvería a hacerlo? Creo que ya no estoy para estos trotes emocionales y estás moderneces del poliamor o aperturas tan extremas de mente.
Lo cierto es que es inevitable que, al verlos, aún a día de hoy, se me remueve todo dentro. Y no sepa del todo como saludarles sin que se me note en la cara, que, en ese grupo de amigos, me tiré a los tres.