Os voy a contar mi primera conquista por internet hace más de treinta años. Antes del 2000. Por aquel entonces los que teníamos el lujo de poder acceder a la red lo hacíamos desde un ordenador, previo marcaje del número de teléfono asociado al rúter. Salía en la pantalla algo parecido a un teléfono conectando, había que esperar un buen rato, según el tipo de conexión que tenías y si todo iba bien, te daba línea y ya podías acceder a tus contactos. Yo usaba el MSN Messenger. Los veías a todos en la misma pantalla, en verde los que estaban en línea, algunos estaban, pero tenían el estado “ocupado” así que no había que molestarlos. No sé ni de dónde me vino un tal “Alberto”. Le di pie a conversaciones, primero amistosas, pero fueron subiendo de intensidad. No era nada obsceno ni en plan sexo, todo lo contrario. Era algo profundo, muy emocional. Hablábamos a diario y creamos un vínculo que me tenía totalmente enganchada a él. Vivía esperando la hora de esa arcaica conexión que me abría la puerta a mi amigo imaginario. No sé ni cómo pasó, pero creo que me enamoré. Me colé hasta las trancas de algo intangible, de alguien que me leía, lo que equivalía a decir que me escuchaba. Que entendía mis inquietudes, mis dudas. Me aconsejaba, me hacía reír, me daba ejemplos, me enseñaba. Era un todo. Inevitable que la flecha de Cupido no me llegara a través del PC.
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Llegó un momento en que ya el tono era de tortolitos total, aunque yo tenía novio por esa época, y él a saber. Me contó que era soltero, pero tantas cosas se contaban… Tenía una tienda de lencería y a veces me dejaba con la “palabra en la boca” para ir a atender a alguna clienta que en medio de probaturas varias lo reclamaba para pedirle opinión. O se inventaba eso para ponerme loca.
Habíamos llegado a un punto de no retorno en el que necesitábamos más. Queríamos saber qué aspecto tenía cada uno. Nos lo habíamos descrito por el chat y a ninguno de los dos le pintaba mal como se definió el otro, pero no es lo mismo imaginar que ver, y llegó un día en que nos pedimos fotos.
Como enviarlas por el chat era lento y costoso, nos las enviamos físicamente a nuestras direcciones. Yo no recuerdo qué le llegué a enviar. Sé que estaba ansiosa por recoger el sobre en el buzón con las suyas. Cuando me llegó tenía el corazón desbocado. Abrí el sobre y… ops! Se me vino el mundo encima. Mi amigo Alberto del alma no era ni la mitad de guapo de lo que se había descrito y yo imaginado. Aún así, me había cautivado con su verborrea tan intensamente que me autoconvencí de que el físico no era importante, que yo a aquella persona la quería de una manera que estaba por encima de lo material.
Si, ya…
Pues quedamos un día porque el siguiente paso a vernos la jeta debía ser ese. En la hora en que accedí…
Si soy sincera, mi mente borró tanto de aquel día que ni que me esfuerce en recordar. Sólo sé que cenamos en algún sitio y luego fuimos a tomar una copa. Y allí en la barra del bar intentó besarme. Yo creí que le debía corresponder, pero tan desagradable me resultó que me era imposible entregarme con pasión a aquella boca deforme, ausente de dientes. Con aliento a tabaco y risilla fácil y tontorrona.
Un fiasco.
Conduciendo de regreso a casa me arrepentí quinientas mil veces de ese encuentro. Dudé de las clientas provocadoras que le pedían otra talla en el probador. Maldije el chat online y la madre que parió al mesenger. Pero aprendí una lección. Donde se ponga un seductor que te desarme con la mirada, que se quiten los miles de gigas de poesía en la red.