Un viernes por la noche entré en un bar con un par de amigas. Una de ellas saludó a un grupo de hombres que ya estaba allí y, en particular, había un tipo que no paraba de mirarme.
Cuando vio que la breve reunión se iba a disolver sin más interacción, aquel mismo tipo vino a saludarnos a las otras dos.
—Oye, bueno, preséntanos a tus amigas, ¿no? Que están aquí muy calladas.
Y mi amiga así lo hizo, aunque la conversación no dio para mucho y al poco cada grupo siguió a lo suyo.
Pero el tipo venga a mirar y mirar, me estaba incomodando, hasta que lo vi venir. Se dirige sin más preámbulos a la amiga que nos presentó y le dice, en toda mi cara:
—Tu amiga [mi nombre] tiene algo que atrae. Llama la atención, no sé. Guapa no es, pero llama la atención.
A mi amiga aquello la pilló en fuera de juego y lo único que atinó a decir es que yo guapa sí que soy. El tío se puso a examinarme con los ojos achinados y volvió a decir que no, que guapa no, pero que tenía algo que gustaba. Los dos ahí analizándome, decidiéndome cómo catalogarme, uno porque era un cretino y la otra porque no supo ayudarme mejor, la pobre. Hasta que yo retiro la mirada, me giro y me pongo a beber dispuesta a pasar del tema sin decir nada más, hasta que el tipo se va otra vez con sus colegazos.

El hito
Mi yo adolescente hubiera ignorado lo positivo de aquel burdo no-piropo y se hubiera quedado solo con tres palabras resonando en su cabeza: “Guapa no es”.
Mi yo de 25 años habría sentido la necesidad de desplegar sus encantos personales para demostrarle al tipo que tal vez no tengo una belleza canónica obvia como la de Margot Robbie, pero hay otros motivos por los que, efectivamente, llamo la atención.
Ahora, a los 36, me alegra constatar lo insignificante que me pareció el tipo y lo poco relevante que fue su opinión en aquel momento. Me importó un pie. Seguí con mi noche tan pichi sin volver a mirarlo ni acordarme de aquello y, si escribo sobre ello, es solo para compartir ese hito.
Lo he logrado, amigas. Mi mayor logro respecto a los hombres es haberme emancipado de su validación. He dejado de buscar que me aprueben físicamente.
Parece que la terapia está funcionando. Parece que los esfuerzos denodados que he hecho para aprender a quererme están dando resultado. ¡Me gusto! ¡Me gusto independientemente de lo que piensen los tíos de mí!

Ahora, cuando ese amigo bocazas me dice “No te comas la última croqueta, ya que ya va a estar aquí el verano”, me la suda.
Ahora, cuando mis amigos están opinando sobre el cuerpo de otra mujer, no siento un deseo involuntario y repentino de compararme con ella, menos aún de parecerme a ella. Es como si la cosa no fuera conmigo (porque no va conmigo, en realidad) y, simplemente, las opiniones me suenan como el eco lejano de otro mundo al que ya no pertenezco.
Amigas, llega un momento en la vida en el que una deja de sufrir para alcanzar o retener esa cualidad que te están diciendo desde que eres pequeña, hasta el punto de que te hayas creído que es lo más importante del mundo: guapa.
Dejas de compararte con tus amigas y de “competir” en tu fuero interno con ellas. Dejas de aspirar al modelo de las influencers normativas y dejan de tener efecto en ti los comentarios de hombres que las alaban, que son los mismos que denostan los cuerpos no normativos porque no les provocan el placer visual que buscan.
Esa emancipación es un regalo para la salud mental. Ahora, en lugar de lamentarme por haberla alcanzado ya a los 36, y no antes, la voy a retener y regar para que me dure. Es una liberación.