Hace unos años, entré a trabajar en una empresa muy conocida de deportes para sacarme un dinero mientras estudiaba. Estaba a media jornada y los horarios me venían súper bien para poder compaginarlos con la carrera. Además, casi todos los trabajadores éramos gente joven y, la mayoría, deportistas, el ambiente era buenísimo y nos llevábamos todos muy bien así que yo, estaba encantada.

Estaba normalmente en el área de fitness, aunque a veces rotaba a otras o estaba en caja, pero mi área de referencia era esa. Allí, estábamos asignadas, unas cuatro personas, muy jóvenes, ya que yo, con veinticinco años, era la mayor. Aparte, teníamos un responsable de área, Adrián, que en aquella época calculo que tendría unos diez años más que yo.

Como dije, el ambiente tanto en el trabajo, como fuera, era buenísimo, solíamos quedar a tomar algo al salir e incluso se organizaba alguna que otra cena o comida a la que íbamos muchos de nosotros pues, poco a poco, también nos habíamos hecho amigos.

Las quedadas solían ser entre los trabajadores, pero un día, por la tontería, decidimos invitar a una de las cenas que hacíamos a los responsables sabiendo que, la mayoría de ellos o ninguno irían. Para nuestra sorpresa, Adrián dijo que sí, que estaría encantado de ir. Ni mis compañeros ni yo le dimos la mayor importancia y seguimos con nuestra vida como si nada hasta el día de la cena.

Al final, Adrián fue el único de los responsables que vino a la cena, así que, como a los del área de fitness nos daba un poco de pena que estuviera allí desubicado, intentamos integrarlo lo máximo posible y que no se sintiera fuera de lugar. Y, ¡vaya si lo conseguimos!

 

Durante esa noche conocimos a un Adrián gracioso, dicharachero, bromista y que fue el alma de la fiesta. Cenamos, reímos, bailamos y los dimos todo hasta las tantas de la madrugada.

Cuando ya íbamos de retirada, Adrián y yo nos dimos cuenta de que compartíamos barrio, así que decidimos ir juntos a la parada de taxi y compartirlo. Durante el paseo entre el bar y la parada de taxis, no sé cómo, pero acabamos enrollándonos, cogimos el taxi juntos y luego terminamos la noche en mi casa, aunque después, Adrián decidió no quedarse a dormir con la excusa de que dormía mejor en su casa y yo, la verdad, es que lo agradecí.

Cuando a la semana siguiente tuve que volver a la tienda, me quise morir de la vergüenza pues Adrián y yo no habíamos vuelto a hablar desde lo del fin de semana y yo no sabía muy bien cómo iba a reaccionar. La verdad es que había estado muy bien y desde ese momento, veía a Adrián con unos ojos distintos a cómo lo había visto hasta entonces.

Durante el turno, Adrián me trató como siempre, ningún guiño, ningún tonteo, parecía como si no hubiera pasado nada. A mí me desilusionó un poco, aunque entendía que estábamos en nuestros puestos de trabajo y que, además, quizás para él había sido algo puntual por lo que decidí seguir como si nada y hacer mi trabajo como hasta entonces.

Sin embargo, al acabar mi turno, Adrián me dijo que tenía que hablar conmigo y que lo acompañara a uno de los despachos que están habilitados para las reuniones. Yo estaba bastante nerviosa porque no sabía si el hecho de haberme enrollado con mi responsable podría tener consecuencias en el trabajo, pero para mi sorpresa, lo que quería proponerme Adrián era volver a vernos. Por supuesto, acepté encantada.

Y así estuvimos un par de meses, quedando, normalmente en mi casa o en un hotel para dar rienda suelta a nuestra pasión que, la verdad, es que era mucha. No obstante, a mí me apetecía de vez en cuando algo más que quedar de esa manera, así que, en varias ocasiones le propuse varios planes diferentes como ir al cine o salir a cenar, pero me decía que ya tendríamos tiempo para eso y que, de momento, mejor así y yo, iba aceptando. No buscaba una relación con él, pero tampoco que solo fuera sexo.

No sé si fue el destino o el karma, pero un domingo me acoplé a un plan de unos amigos para ir a comer sushi a un restaurante en una ciudad próxima a la nuestra y, cual fue nuestra sorpresa cuando me encontré allí a Adrián muy acaramelado con una chica. 

Me quedé desencajada, pero conseguí reaccionar y le saludé como lo haría con cualquier compañero de trabajo.

Cuando, al día siguiente le pedí explicaciones, me dijo con total naturalidad que era su mujer, pero que no estaba enamorado y que la iba a dejar próximamente, pero que le diera un poco de tiempo porque se había dado cuenta de que quería estar conmigo, que era su mujer ideal y que tuviera un poco de paciencia.

A mí en ese momento ya me saltó la red flag y, con todo mi orgullo le dije que, de ninguna manera, que no iba a ser la amante de nadie y que solucionase primero su relación matrimonial y que, quizás, después ya hablaríamos.

¿Volvió en algún momento? No, creo que sigue casado. No lo sé a ciencia cierta, porque poco después de todo esto me busqué otro trabajo en la competencia ya que se me hacía insostenible lidiar con verle la cara todos los días, pero nunca volvió a contactar conmigo ni a decirme nada así que supongo que seré una más en su lista de conquistas extramatrimoniales.

Escrito por Angie Rigo basado en un testimonio anónimo

Envía tus movidas a [email protected]