Siempre que he empezado una relación, he pensado que era la última. Es como casarse, no creo que nadie lo haga con la intención de separarse.
Conocí a Jaime en el trabajo. Era nueva en la oficina y, la verdad, todos se volcaron en facilitarme la llegada. Sobre todo él. Era muy guapo, muy alto y con una sonrisa preciosa. Así que mi primera misión en la empresa era averiguar si tenía novia.
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Cuando hablaba con él, tonteabamos. Él no me decía nada de novia y yo di por supuesto que no la tenía. Un día, tomándome un café con una compañera, me dijo que ojito con Jaime, que tenía novia y era un jeta. Así que decidí alejarme y ceñir nuestra relación a lo estrictamente profesional.
Un día me preguntó que si nos tomábamos algo, que me notaba rara. Le dije que no podía y me miró con sus enormes ojos marrones y me dijo que qué pasaba. Yo, que no tengo filtro, le dije que sabía que tenía novia. Entonces, él me dijo que si no podía salir a tomarme algo al salir del trabajo con él sólo porque tenía novia. Que éramos compañeros, no amantes. Me sentí ridícula y súper infantil. Así que le dije que tenía razón y nos fuimos a un bar que hay cerca de la oficina.
Cuando eres un depredador y has encontrado una presa, no paras hasta cazarla. Y eso fui yo: una presa. Acabamos tomándonos algo cada día. Y uno de esos me dio un beso. Y todo pasó a mayores porque yo estaba tremendamente colgada. Pero tenía novia.
Me decía que su relación no estaba bien, que iba a romper con ella, que yo le gustaba mucho. Es verdad, que un poco después la dejó y dimos rienda suelta a nuestra relación. Era todo maravilloso. Había conseguido que se enamorara y se centrara.
En la oficina todos lo sabían y a todo el mundo le daba igual. Con el tiempo, nos fuimos a vivir juntos y estábamos bien. Al año, empecé a lanzarle preguntas sobre boda e hijos y me dijo que todavía era pronto. Dejé pasar un tiempo. Otro año concretamente.
En nuestro aniversario, le volví a plantear el tema de si quería casarse en algún momento y formar una familia. Me dijo que claro y que conmigo. Y yo, me moría de amor. Lo que no puso fue fecha, pero, para mí era más que suficiente.
Un día la burbuja me explotó en las narices. No encontraba mi móvil y el suyo estaba en el sofá. Me fui a llamar a mí misma con su teléfono y saltó un WhatsApp. “¿Te veo hoy?” y el mensaje era de Mario. Que yo supiera, no conocía a ningún Mario.
Me hice la sueca y dejé el teléfono tal cual. Y le observé cuando lo cogió. Contestó rapidísimo y me dijo, literalmente: “Me han mandado un mensaje los chicos, me bajo a tomar algo”. Mario podía formar parte de los chicos, pero era su grupo de toda la vida y ninguno se llamaba así. Ya empezó a oler todo a rancio…
Volvió tres horas después y le pregunté qué tal estaban todos. Me dijo que bien, que habían estado los cuatro de cervezas contando las miserias de trabajo. Se fue derecho a la ducha. Disimuladamente olí su ropa (lo sé, es muy de loca) y olía a perfume de mujer. Admito que busqué algún pelo en modo CSI, pero no encontré nada más.
Esa misma noche, le dije que si estaba bien. Me dijo que sí, cansado, pero todo iba bien. Pero me fijé en que, aunque el móvil estaba sobre la mesita del sofá, no paraba de mirarlo. Me fui al baño y, al volver, ahí estaba, con el teléfono. Corriendo, lo dejó sobre la mesa otra vez. Algo pasaba.
Durmiendo era un tronco, así que me levanté y miré otra vez el móvil. Había cambiado la contraseña. Así que, por la mañana, mientras nos preparábamos para irnos a la oficina, le dije que si me dejaba el móvil, que mi WhatsApp me estaba dando problemas. Dijo que luego, que íbamos a llegar tarde. Y le dije que no, que íbamos bien de tiempo y era importante.
Puso la clave y me abrió el chat de mi madre. No paraba de mirarme, para ver que no me salía de ahí. Me giré y le pregunté: “¿Qué pasa?”. Dijo que nada. Pero sí pasaba. Entonces le dije que qué tenía que ocultar. Nada, otra vez. Cerré el chat de mi madre y me fui al menú. Me intentó quitar el móvil. No le dio tiempo.
Ahí estaba Mario: “Ya te echo de menos. Esta tarde escápate un rato”. Lo leí en voz alta. Su respuesta fue cogerme el móvil de la mano y salir de casa dando un portazo.
Me fui al trabajo. Allí me evitó en todo momento. Al salir, llamé a una amiga para irme a su casa, por lo menos, a pasar la noche y estar más tranquila. No pude. Cuando volví a casa al día siguiente había una nota: “Lo siento. Vendré a por mis cosas”. Así, sin ninguna explicación, sin nada. Tan triste como que me enteré de que me estaba siendo infiel por un chat y, además, se fue haciendo mutis por el foro.
