Estaba en el trabajo cuando me sonó el móvil. No era ninguno de mis contactos, llamaban de uno de esos números larguísimos que suelen pertenecer a una centralita. Valoré ignorar la llamada, pero me pudo la curiosidad.
Menos mal que descolgué, porque era del hospital: Mi marido había sufrido un accidente.
No quisieron darme detalles, por lo que me metí en un taxi sin saber si estaba grave ni qué había pasado exactamente.
Como veinte minutos más tarde llegué a la recepción de urgencias y me dieron algo más de información. Tres fracturas abiertas en las piernas de las que se estaban ocupando en esos instantes, algunas contusiones leves y quemaduras en el rostro por culpa del airbag. Se iba a poner bien y pronto podría pasar a verlo. Me informaron también del estado de la otra persona implicada en el accidente, pero la verdad es que, aparte de que estaba consciente y estable, no registré mucho más.

Me quedé un poco más tranquila (solo un poco) y me resigné a esperar.
Quería ver por mí misma que de verdad estaba bien. Quería hablar con él y que me contara qué le había pasado. ¿Para qué había cogido el coche? Se suponía que ese día iba a hacer el mantenimiento de los clientes más próximos al barrio, como hacía todos los viernes por la tarde para poder tener el sábado libre conmigo. Cosas de autónomos.
Estaba todavía en la sala de espera cuando entró una mujer que reconocí, era vecina nuestra. Vi que estaba muy nerviosa, así que cogí un vaso de agua y me acerqué a dárselo y saludarla. La pobre me contó que la habían llamado porque su hija había tenido un accidente de coche. Ella tampoco tenía mucha más información.
Qué casualidad más mala, fíjate.
La dejé con la mirada perdida y las manos temblando cuando por fin me vinieron a llamar. Mi chico estaba despierto y magullado, aunque relativamente bien para lo que había podido ser. Noté que estaba como un poco alterado, supuse que era normal. Después de achucharlo y comérmelo a besitos delicados para no hacerle daño, me atreví a preguntarle cómo había sido el accidente. Se tensó todo y me dijo que no se acordaba, que había sucedido muy rápido. De hecho, se alteró tanto, que le subieron la sedación y se quedó dormido.
Pobrecito mío, qué mal lo estaba pasando. Se lo comenté a la enfermera que entró poco después, quería saber si esa reacción era normal o no. Y ella me dijo que lo era, que estaba muy preocupado por la chiquilla con la que iba en el coche. Que venía de verla y que le había prometido que lo mantendría informado, así que me pidió que le dijera que ella estaba bien en cuanto se despertara.

Pues sí que le costaba recordar cosas del accidente ¿no? Si cuando le pregunté ni siquiera recordó mencionarme que no iba solo. ¿Qué mierda estaba pasando? Salí de la habitación para tomar el aire y me di de bruces con la vecina de antes. Y ahí fue cuando caí de la burra. Cuando me di cuenta de quién era su hija. Una chavalita de poco más de veinte años, guapísima y superdulce y muy simpática. Aunque de un tiempo a esa parte ya no lo era tanto. Es más, había notado que nos rehuía. ¿O me evitaba a mí sola?
Qué hijo de la gran puta.
La misma enfermera que, sin quererlo, destapó el engaño de mi marido infiel, fue la que me sacó de la habitación bajo la amenaza de llamar a seguridad. Porque convaleciente o no, sedado o no, mi marido se comió el pollo que le monté en cuanto abrió el ojo.
Él, que no hizo ni el amago de negarlo o de dar alguna explicación. Si es que hasta se puso a llorar, el muy capullo.
Llorar, lloró. Pero se le pasó enseguida, que ahora vive a dos calles de distancia y viene de cuando en cuando al bloque para comer en la casa de sus nuevos suegros.
Anónimo
Envíanos tus movidas a [email protected]