ANÓNIMO
Aunque veáis que suena a rima la realidad es la que es… A mis 33 años ya soy una mujer divorciada y aunque han pasado ya un par de años desde que firmamos los papeles todavía no he logrado superar que la persona en la que más he confiado de mi vida me hiciese tremenda putada.
No os voy a hablar de cómo fue mi matrimonio porque lo cierto es que no éramos nada diferente a las parejas habituales. Quedadas familiares, planes de futuro, una bonita casa con una terrible hipoteca por pagar, vacaciones en el apartamento familiar y semanas laborales eternas en las que apenas nos veíamos. Nos habíamos conocido en primero de carrera y nos enamoramos en cuestión de segundos, lo que vino después fue un poco lo evidente, seguir adelante e ir cumpliendo con las diferentes etapas de la vida.
Y todo empezó a oler raro en el verano en el que o cumplí los 30 años, llevábamos entonces tres años casados y habíamos decidido escaparnos unos días a un bonito hotel de la costa. Nuestros ahorros no nos permitían nada desorbitado así que elegimos algo asequible y bonito a la vez. Nos relajamos durante una semana y después regresamos a nuestra rutina. Hasta aquí todo suena muy normal ¿verdad? Pues no, amigas, ahora se viene lo que todo lo desencadenó.
Había pasado aproximadamente un mes desde que habíamos ido a aquel hotelito de la costa. Mi marido después de aquello había viajado bastante por su trabajo, al ser comercial muchas veces tenía que salir durante varios días para reunirse con clientes aquí y allí. Una tarde estaba en casa cuando sonó el teléfono, una mujer muy educada preguntaba por él y yo le respondí que no se encontraba pero que era su mujer y si podía ayudarle en algo no dudase en comentarme.
La chica, muy amable, me preguntó si habíamos estado hacía poco tiempo en este hotel en concreto y aunque me extrañó bastante la pregunta le respondí que sí, me dijo que llamaban desde allí porque nos habíamos olvidado un neceser en la habitación y que si le indicaba una dirección postal me lo haría llegar. Todo me pareció rarísimo porque habíamos viajado hacía cosa de un mes ¿es que nadie había entrado en la habitación en todo ese tiempo? A mí además no me faltaba nada en casa aunque pensé que quizás el cabeza perdida de mi marido podía haberse olvidado alguno de sus bolsos allí. Simplemente les di mi dirección y continué con mi vida.
Esa noche mi marido llamó por teléfono y recordé comentarle lo de la llamada desde el hotel, él me respondió extrañado diciendo que no le faltaba nada y solo un segundo después de decirme eso me dijo que casi era mejor no abrir nada de lo que nos enviaran porque muy probablemente no era nuestro. Puedo asegurar que en ningún momento dudé ni un poco, imaginé que los del hotel se habrían confundido aunque me habían dejado claro que la habitación donde encontraron el neceser estaba a nombre de mi marido. Estas cosas, lo que tienen es que muchas veces vivimos tan ciegas que solo vemos lo que nos interesa.
En apenas dos días tenía el paquete en casa. Efectivamente un neceser que una jamás había visto. No quise abrirlo y volví a llamar al hotel para insistir en que aquello no era nuestro pero la señorita que me atendió dejó bien claro que lo habían encontrado al recoger la habitación a nombre de mi marido, que había estado en el hotel durante la última semana. ¿La última semana? Aquello ya no me cuadraba nada y se lo hice saber a la empleada indicándole que nosotros habíamos pasado unos días a principio del mes, no entonces.
Creo que ambas fuimos un poco conscientes de todo pero no quisimos decir nada más. La mujer se quedó de lo más cortado y solo me aconsejó que si no quería abrirlo directamente me deshiciese de él y yo simplemente me quedé muda por completo. Colgué el teléfono y miré el neceser, era una bonita bolsa muy femenina y tan solo por el peso, repleta de cosas.
Una rabia horrible, pena e incredulidad recorrieron mis venas. Pensaba en de quién podía ser aquel maldito neceser, y ya no solo eso, imaginaba en cómo serían las cosas si la dueña de aquella bolsa no lo hubiera olvidado en el baño de la habitación.
Pasé la tarde sumida en la mierda y tras llorar lo más grande sin poder parar, me lancé sobre el neceser para intentar descubrir si pertenecía a alguna conocida. Pinturas, cremas, esponjas… Y entonces apareció una prueba de embarazo. No me lo podía creer. Mi corazón saltó al momento y me puse a llorar mucho más si era posible. ¿Qué era aquella pesadilla?
Se podían ver claramente el resultado de las dos líneas visibles, un positivo como una casa. Mis nervios se desbocaron y lancé el neceser y todo el contenido al suelo. Aquello era demasiado, ¿cómo podía haber estado tan ciega?
No os imagináis la tarde y noche de mierda que pasé, no fui capaz de llamar a nadie porque sabía que todos me tomarían por loca. Nadie podría creerse que ese marido magnífico que yo tenía me pudiera estar engañando de aquella manera. Se me pasaron un millón de ideas por la cabeza, momentos en los que aquel hombre pudo haberme mentido, eran muchísimos, demasiados.
Aquella misma noche, mientras ya estaba en la cama escuché la puerta de casa abrirse. Mi marido llegaba de su último viaje y, como solía hacer, vendría directo a abrazarme y a decirme mil cosas bonitas al oído. Yo continuaba sofocada y mi respiración se podía sentir entrecortada. Él se pegó a mí por la espalda y me acarició el brazo con sumo cariño. Yo tenía en la mano la prueba de embarazo y rápidamente la levanté para enseñársela.
Evidentemente su respuesta fue la de pensar que aquel predictor era mío y al segundo me abrazó orgulloso besándome con pasión. Lo aparté brusca y me levanté de la cama, en seguida pudo ver el enfado en mis ojos. Tiré la prueba hacia él y le indiqué que aquello no era mío, aunque visto lo visto él sí iba a ser padre. Primero, la negación, incluso llegando a llamarme loca enajenada. Después, gracias a mi insistencia en lo que había visto y oído por parte de la chica del hotel, él se vino abajo. Lloró, imploró y agarró mi cuerpo como si alguien lo hubiese obligado a follarse a otra.
Fue una noche que por desgracia no consigo olvidar por más que lo intento. Decidí pedirse que se largase de casa o lo haría yo, no quise más explicaciones, había sido más que suficiente. Él se fue, con la misma maleta con la que había llegado esa noche y de veras que no le di más oportunidades para intentar explicarse, ya sabía lo que tenía que saber, era todo.
Un tiempo después mi hermana se cruzó con él, de la mano de una de sus compañeras de trabajo que porteaba un rollizo bebé. Una familia feliz, claro que sí. Y yo siempre me he preguntado, de no haber ocurrido todo esto ¿qué era lo que se esperaba? ¿Una doble vida?

