Puedo prometer y prometo que no soy de esa clase de mujeres celosas que no ven con buenos ojos que su novio conserve la amistad con sus antiguas ex novias. De hecho, me parece genial ser capaz de llegar a ese punto de madurez en el que uno deja atrás su historia como pareja y abraza una sincera amistad con alguien que significó tanto en el pasado.
Cuando empezamos a salir, quise dejarle bien claro este punto a mi chico, ya que soy la primera que guarda muy buena relación con mi ex y por nada del mundo querría que esto cambiase. Por suerte, él comprendió mi postura ya que él también era colega de algunos de sus ex rollos a excepción de su última pareja. Después de cuatro años de relación, ella le había sido infiel y aquello terminó como el rosario de la Aurora, así que no quería saber nada de ella, lo cual me pareció totalmente lícito.
Llevábamos juntos un año cuando mi chico decidió dejar su pueblo y venirse a vivir a mi ciudad. Durante todos aquellos primeros meses pusimos todo de nuestra parte para hacer que la relación funcionara, pero la distancia empezaba a pesarnos demasiado, así que cuando tuvo la oportunidad en su trabajo de pedir un traslado, no se lo pensó. Aquel cambio de vida fue un poco duro para él al principio, estar alejado de su familia y sus amigos no fue nada fácil pero con el tiempo supimos encontrar el equilibrio y viajábamos a su pueblo cada vez que podíamos.
Durante aquellas visitas aprovechábamos para juntarnos con sus amigos y en una de esas quedadas, supimos que su ex ahora formaba parte de la cuadrilla y que a pesar de que ya no vivía allí, se juntaba con ellos de vez en cuando. A mí no me importó en absoluto, de hecho fui yo quien menos importancia del dio al tema, pero a él no le hizo ni pizca de gracia, a pesar de que ambos se comportaban como si el otro no existiera. Resulta que era muy amiga de la novia de uno de nuestros colegas y como había tenido problemas con su pandilla, la nuestra había tenido a bien acogerla. En resumidas cuentas, en la mayoría de las fiestas, cumpleaños o celebraciones, ahí estaba la chavala como una más del grupo y mi novio con la cara hasta el suelo hasta que, con el tiempo, terminó por acostumbrarse.
Tiempo después, el mejor amigo de mi chico nos dio la gran noticia de que se casaba y de que, por supuesto, contaba con nosotros. Durante los meses siguientes él estuvo como loco de contento, le veía súper feliz mientras me hablaba de sus avances en la búsqueda de traje, de sus planes en cuanto a la despedida de soltero, del permiso que tenía que pedir en el trabajo para coger un par de días… Sin embargo, de la noche a la mañana dejó de estar implicado con la boda y empezó a poner trabas para no ir. Me dijo que le daba apuro pedir días en el trabajo y que además no andábamos muy bien de dinero y aquella boda iba a suponernos un gasto considerable.
Me extrañó mucho aquel cambio de planes tan repentino pero lo cierto es que no le faltaba razón. Acabábamos de comprarnos un piso y entre reformas, notarías y gastos varios, estábamos atravesando una racha económica bastante complicada. Me dio mucha pena porque sabía que aquella boda era muy importante para él, así que intenté hacerle cambiar de idea. Le propuse que fuera él a la boda, que yo me quedaba en casa y así nos ahorraríamos el gasto de mi vestido y mi parte del regalo. Después de darle muchas vueltas, aceptó. Total, a mí me hacía gracia ir a la boda, pero no me suponía un trauma perdérmela.
A los pocos días, avisó a su mejor amigo de que yo no podía ir y el asunto terminó ahí, o al menos eso era lo que yo pensaba. Meses más tarde, fuimos al pueblo a visitar a su familia y una mañana en la que salí a hacer la compra con mi suegra, nos encontramos con el mejor colega de mi chico. Le di la enhorabuena y le dije lo mucho que me hubiera gustado estar allí, en un día tan importante. Él le quitó hierro al asunto no sin antes añadir en tono de broma que ya me valía no haber ido por «no haber querido cruzarme con la otra». En aquel momento no fui capaz de articular palabra.
Resulta que la pasta no había sido el único motivo por el cual mi chico tenía tantas reservas para no ir a la boda, sino que por alguna razón que yo desconocía, no quería que yo asistiera y además había puesto la excusa de que era yo quien tenía problemas con su ex. Por supuesto, cuando volvimos a casa después de la compra más larga de toda mi vida, le pedí explicaciones tratando de acallar las voces que me decían que ahí había gato encerrado. ¿Qué sentido tenía todo aquello? Me dijo que no quería que yo sufriera las malas caras de su ex, que si había alguien que tenía que soportar aquella situación «tan violenta» era él. Lógicamente, se armó la de San Quintín. ¿Quién era él para tratar de protegerme de un problema que, por otro lado, sólo existía en su cabeza?
Yo, la persona menos celosa del mundo se moría de celos. Sabía que ni si quiera se habían mirado ni dirigido la palabra durante toda la ceremonia, pero no lo podía evitar. ¿Por qué me había mentido? Finalmente admitió que al principio estaba ilusionado porque dio por hecho que su ex no estaba invitada, pero al enterarse de que, efectivamente, iba a asistir, pensó que lo mejor era no ir pero que le sabía mal perder la boda de su mejor amigo. Decidió que era una gran idea poner la excusa del dinero para quedar bien con sus colegas, pero al ver que yo insistía, finalmente asistió sin mí para que «yo no tuviera que sufrir a su ex». Se disculpó por no haber sido sincero conmigo desde un principio, ya que sus intenciones no eran malas.
Aquella discusión nos llevó a estar un tiempo separados. Me costó volver a confiar en él y sobre todo, comprender cómo era posible que permitiera que la presencia de su ex novia, con la que no tenía ningún vínculo, hubiera enturbiado lo nuestro. Por suerte y con mucho esfuerzo, conseguimos pasar página y dejar atrás ese capítulo de nuestras vidas.
