Estaba estudiando en la universidad y compartiendo piso con una buena amiga cuando ella me dijo que debía volver a mudarse con sus padres. Se iban a venir a vivir cerca de allí y consideraban que era un gasto de dinero absurdo que ella viviera por su cuenta. A mí se me cayó el mundo encima porque la convivencia era fantástica entre ambas, y ahora me tocaba volver a buscar compañera de piso a cuatro meses de acabar el curso, y todos sabemos que eso es una lotería, puede tocarte alguien genial o alguien que te amargue la vida.

Testimonios reales en whatsapp

Puse un anuncio en el tablón de la Universidad con mis datos y las características y precio del piso. Pensé que si era alguien de mi mismo lugar de estudios sería más fácil que tuviéramos algún contacto en común que me hablase de ella. No quería chicos, porque el piso era pequeño y no me iba a sentir del todo cómoda. Así que eso reducía aún más las posibilidades.

Sin embargo, no me hizo falta esperar a que nadie me llamase a través del anuncio. Una amiga de una amiga me dijo que su prima también estaba buscando piso y nos puso en contacto. Estudiaba en mi uni y parecia una chica maja, así que di luz verde y cuando mi amiga se mudó, entró ella a vivir conmigo. No tenía ni idea de lo que me esperaba.

Hizo la mudanza ayudada por su madre, una señora con unos modales bastante toscos, como muy descarada y con un tono de voz un poco borde, que no me pareció demasiado simpática. No es que la mujer fuese maleducada conmigo ni nada por el estilo, pero hubo algo en ella que me echó para atrás muchísimo. Pero bueno, qué más daba, pensé, no era con ella con quien yo iba a convivir. Qué equivocada estaba.

Sólo tres días después de entrar a vivir en casa, mi nueva compañera de piso me dijo que iba a venir su madre a pasar un par de días. Venía desde Valencia, de donde eran ambas, y así se ahorraba el hotel, me dijo. Sin que me apeteciese mucho, por supuesto le dije que sí.

La señora llegó a la casa un sábado a las siete y media de la mañana. Me hubiera encantado no enterarme de su llegada, quería descansar ese día, pero fue imposible. No llegó solo ella, sino también su perro, del que nadie me había hablado, y no paraba de ladrar. Mi compañera me mandó un whatsapp inmediatamente al móvil diciéndome que no sabía que su madre iba a traer al perro, que esperaba que no me importase, que era muy bueno y educado. Lo que no me dijo es que además era enorme. Nuevamente, sin que me apeteciese nada la idea de tener un animal en casa, le dije que no pasaba nada. Al fin y al cabo, ya estaba allí y solamente serían un par de días. Para la próxima le diría que se asegurase de que no lo trajese.

El par de días pasó, llegó el lunes y cuando volví de clases allí seguían la señora y el perro. «Se irán por la noche», pensé. Pero no. Al día siguiente seguían allí. Y al siguiente. Para colmo, la señora dormía en el sofá-cama de nuestro minúsculo salón y tenía unos horarios de comida y sueño muy concretos que había que respetar. Me parecía un fastidio no poder disponer de mi salón, pero prefería aceptarlo a confrontarlo, ya que supuestamente la señora se iría en breves y no quería mal rollo nada más empezar a convivir con mi nueva compi.

Y llegó el viernes y ella seguía allí, con su perro, que se subía al sofá y lo llenaba de pelos. Prácticamente se había adueñado de las baldas del frigorífico. Había hecho varios guisos, solo para ella y su hija, y había llenado las baldas y el congelador de tuppers. Harta de la situación, ese día me fui a cenar a casa de una amiga y luego salimos de fiesta. Volví a casa a las tres de la mañana. Para poder llegar a mi dormitorio debía pasar por el salón, donde ella dormía. Giré la llave de la forma más sigilosa que pude, me quité los zapatos y entre descalza y a oscuras para no molestarla. Pero el perro empezó a ladrar. Imaginad mi cara de susto cuando la señora se levantó de golpe y me dijo cabreadísima que qué horas eran esas de llegar, que había asustado al perro, la había despertado y ahora pasaría la noche en vela por mi culpa. Automáticamente me disculpé y corrí a mi cuarto para no molestar más, aunque más tarde me dio una rabia tremenda haberlo hecho. No debería tener que disculparme por entrar en mi casa a la hora que me apeteciese, demasiado era ya que había tenido todo el cuidado del mundo para evitar molestarla. Era su perro el que la había liado. Esa mujer llevaba en mi casa viviendo una semana cuando se suponía que venía un par de días y encima se permitía el lujo de bronquearme.

A la mañana siguiente, aprovechando que la señora había ido a sacar al perro, le pregunté a mi compañera de piso cuándo tenía previsto irse su madre. Me dijo que se iría al día siguiente seguramente, domingo, que sabía que se había quedado más de lo que me dijo, que lo sentía mucho. Me contó que su madre vivía sola desde el divorcio y que lo llevaba fatal. Además, tenía otorgada la discapacidad por importantes problemas de huesos y no trabajaba, y eso la deprimía mucho. Por eso se había quedado más tiempo de lo previsto, para estar acompañada. Ante eso, no le eché en cara nada, porque en el fondo me dio pena la mujer.

Pero pasó una semana más y allí seguía. Había establecido horarios de cocina y hasta de ducha. Si yo llegaba más tarde de la hora a la que ella se dormía, no podía ponerme a cenar, porque haría ruido y la molestaba. Igual con la ducha, si ella ya se había dormido, yo debía evitar incluso salir de mi cuarto para ir al baño, porque tendría que pasar por el salón y eso la despertaba. Y yo, joven e idiota, acepté por apuro y no supe poner límites. Mi compañera me dijo que sólo serían unos días más y volvió a disculparse. Le dije que por favor esta vez fuese verdad, diciéndole que el piso era muy pequeño para tres personas, para no tener que soltarle que su madre era una tirana que me tenía amargada.

Pero la gota que colmó el vaso llegó unos días después. Llegué a casa, cansada, y vi que no estaban. «¡¡SIII!!», pensé feliz. Las maletas seguían allí así que aún no se había ido, pero al menos podría pasar un rato a solas en mi salón. Me quité las botas y me tumbé en el sofá cuan larga era con un libro. Pasaron solo unos minutos cuando me empecé a sentir mojada por la espalda. Extrañada, me levanté y constaté que mi jersey por detrás y parte de mis vaqueros estaban mojados. Levanté la tela que hacía de funda del sofá y me encontré un charco enorme. Era pis. El perro se había orinado. En el sofá. Me quise morir en el acto del asco que me dio. Corrí a la ducha y lavé mi ropa a 90 grados. Cuando volvieron les pregunté de mala leche qué era aquello.

Pues no os lo perdáis: el perro se había orinado en el sofá, así que ellas habían decidido salir un rato de paseo mientras se secaba. «¿Pero cómo que mientras se secaba? ¿No lo pretendéis limpiar?», dije indignada y asqueada. A lo que la señora me dice que le habían dado con agua caliente y que era más que suficiente, que no es la primera vez que ocurría y que mirase si en el sofá quedaba mancha alguna. Se me desencajó la mandíbula. Les dije me parecía un asco, y además les eché en cara lo que me había ocurrido, que había acabado llena de pis de perro. «Chica, lo lamento mucho, pero vamos, tampoco exageres que no es para tanto, cálmate y baja ese tono ahora mismo», me dijo levantándome la voz. Miré a mi compañera de piso, que bajó la cabeza y no dijo nada. Y exploté. Hubo una gran discusión. Le comuniqué que quería que se largase al día siguiente sin falta. Y ella me dijo que la mitad de ese piso lo pagaba ella y que estaba en su derecho de estar allí el tiempo que le diese la gana, y que nada más que por eso, no pensaba irse. Impotente, hice una pequeña maleta y me fui a casa de una amiga esa noche.

Hablé con mi compañera de piso en privado al día siguiente, pero me dijo que lo sentía, que su madre llevaba razón y que no podía hacer nada. Esa misma tarde volví a colgar carteles en el tablón de la uni, pero para buscar yo otro piso. No podía seguir viviendo así, aquello estaba acabando con mi estabilidad emocional.

A la semana siguiente, mi compañera se quedó boquiabierta cuando me vio iniciar la mudanza. Me dijo que no me podía ir, que su madre no iba a querer pagar el piso entero, y le dije que lo sentía, pero que no podía hacer nada más, lo mismo que ella me dijo a mí. Lo que ella no sabía es que yo había llamado al casero, con quien tenía muy buena relación, y le había contado todo el plan que se había formado en su piso, perro que se meaba en el sofá incluido, y que al mes siguiente, que vencía el alquiler temporal, las iba a echar de allí y no iba a devolverle su parte de la fianza por los daños causados por el perro.

Yo comencé a vivir en el piso de otra chica, y ya estuve allí hasta que acabé la carrera. De hecho, se convirtió en mi mejor amiga y somos inseparables. Lo pasé muy mal con esa situación, pero si no hubiera ocurrido, no la habría conocido nunca, así que me gusta pensar que, al fin y al cabo, no hay mal que por bien no venga.

Carol M.