Me niego a usar el carro de la compra

Bueno amigas, no sé si os pasará lo mismo, pero he llegado a un punto de mi vida en el que hacer la compra en una gran ciudad se me hace un poco cuesta arriba por eso de ir cargada y las distancias. Tengo a mi círculo más cercano dividido en dos bandos: los que me dicen que haga con un carro de la compra y los que aseguran que si me hago con uno estaré un paso más cerca de jubilarme en Benidorm. Por mi parte, tengo claro que no quiero usarlo y os explico por qué.

Para empezar, me parece un artilugio incómodo.

En una sociedad en la que tenemos todo tipo de tecnología de última generación me parece de chiste que no mejoren esas ruedas que, al igual que los carritos del súper, funcionan cuando les da la gana. No pido que traigan ingenieros de la NASA a ponerle piezas de titanio, pero leñe, al menos unas rueditas giratorias como las de las maletas de viaje, ¿no? Algo que no se atasque, sobre todo cuando te toca subir o bajar escalones. 

Más allá de lo rudimentarios que me resultan, no soporto la estética de los carros de la compra. O mejor dicho, la falta de ella. De la misma manera que no pretendo que venga un señor de Houston a cambiarle las ruedas, no espero que la casa Gucci diseñe carritos de la compra, pero tampoco me parece necesario limitarse a esa paleta de colores “Deseo que el Señor me lleve pronto”. ¿No os habéis fijado? Todos son verde oscuro, azul marino, marrón caoba… liso o con algún listón.

Las más atrevidas lo llevan a cuadros, tipo escoceses marca blanca, que ni siquiera te recuerda mucho a los cuadros escoceses porque siguen siendo todos en esos tonos toldo casa de verano en Matalascañas.

Tampoco hay que perder de vista que, en realidad, por muy prácticos que parezcan así a priori, son una trampa. Sí, porque si vas a hacer la compra a pelo, compras lo que necesitas de verdad y no te lías a echar por si acasos. En cambio, si llevas el carro, te confías y luego lo cargas hasta los topes que vas por la calle haciendo zigzag. Entre el peso y las ruedas esas que, os digo yo, el carruaje de María Antonieta las llevaba más modernas, te cuesta la vida manejarlo. 

carro de la compra

Pero lo cierto es que el principal motivo por el que me niego a comprarme uno es porque no me quiero sentir mayor.

No sé en vuestros barrios, pero en el mío, de toda la vida, el carrito de la compra ha sido un artefacto exclusivo de las señoras, al igual que el abanico o el monederito debajo de la axila.

Todavía no he visto a ninguna chica con estética motomami volviendo del Mercadona con su carro Rolser. Ninguna amiga mía se ha preocupado por el último modelo de carro como si de un Jacquemus se tratara. Tampoco he visto a nadie comparar modelos, dudosa ante la compra de un cuatro ruedas con doble amortiguación y llantas de aleación o un modelo más económico, con menos extras (en este caso, menos extras, sería sinónimo de no incluir un bolsillo interno o algo así). 

En fin, chicas, no sé qué pensaréis al respecto, pero a mí se me hace cuesta arriba (nunca mejor dicho) esto de cargar a pulso toda la compra.

Ante la negativa de hacerme con un carro de la compra, me llevo al súper una mochila y un par de bolsas reutilizables y con eso me apaño bien. La mochila me queda que parezco una tortuga Ninja, pero al menos no me avejenta. Aunque tengo asumido que algún día mutaré en señora de pelo cardado y abanico, quiero pensar que, en lo que llega ese momento, prefiero parecer una tortuga mutante a llevar un carro de la compra

 

ELE MANDARINA