A lo largo de mi vida, he sufrido fracasos amorosos debido a muchos y variados factores, pero este es sin duda el más surrealista, y seguro que al terminar de leer me daréis la razón.

Siempre he pensado que una relación debe sentar sus bases en la confianza y la sinceridad. Es algo que me parece fundamental. Andar con medias verdades o incluso ocultando cosas hace que la relación se enturbie y fracase. Y yo jamás había desconfiado de él, tenía plena confianza. De hecho, siempre dijo que para él era igual de importante todo esto, lo cual me hacía sentir tranquila. Sí, teníamos nuestros baches y discusiones, pero como todas las parejas, nada que me hiciese pensar que uno de los pilares fundamentales de nuestra relación pudiera ser una mentira grande como una casa.

Nos conocimos el último año de universidad. Él compartía un modesto piso de alquiler con su hermano pequeño y yo otro con dos amigas. Además, trabajaba de repartidor los fines de semana. Ninguno veníamos de una familia adinerada precisamente y estábamos acostumbrados a tener una vida sencilla y sin lujos. Éramos felices con lo que teníamos y pasando tiempo el uno con el otro.

Tras un par de años de relación en los que nos había ido bastante bien, él empezó a cambiar un poco. Había encontrado trabajo en una empresa un año atrás y había conseguido ascender rápido, por lo que ahora su nivel de vida era bastante mejor. El mío también había mejorado, tenía un salario en condiciones, sin fuegos artificiales, pero que me parecía más que suficiente. Él empezó a hablar de inversiones y a interesarse por hacer crecer el dinero que iba ganando, cosas que yo no veía necesaria, pero que tampoco me molestaba. Me solía decía que iba bien, pero que no ganaba mucho más de lo invertido, que era un pequeño sobresueldo. Me alegraba por él, me encantaba verle tener éxito en lo que se proponía. Lo que no imaginaba es que ese éxito estaba muy lejos de ser tan normal como él me hacía creer.

dinero

Pasaron los meses y las cosas parecían seguir yéndole bien. Ahora vestía con ropa algo más cara, me hacía regalos que yo no necesitaba pero que aceptaba porque a él le encantaba hacérmelos y empezó una colección de relojes de marca. Le pregunté si tan bien estaba económicamente como para permitirse esos caprichos y me dijo qua había conseguido tener algunos ahorros, y que de cuando en cuando había que darse alguna alegría, que para eso trabajábamos.

Pero una tarde en su casa descubrí algo que no esperaba. Estaba trabajando en su portátil y se fue al baño, dejándolo abierto sobre la mesa. Teníamos previsto ir al cine esa noche, así que aproveché para mirar la cartelera en el ordenador. Abrí una pestaña nueva para revisar el horario y al salir cerré dos por accidente. Y entonces quedó a la vista la siguiente pestaña: su banca online. No quería curiosear nada, pero la cifra me saltó a la vista. Mejor dicho, las cifras, en plural, pues eran seis.

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En ese momento se me hizo un nudo en el estómago. No sabía qué estaba viendo ni cómo era posible. Era prácticamente rico. Nuestra relación había nacido y crecido sobre la normalidad y la sencillez, pero en algún momento su situación había cambiado radicalmente para bien y había decidido ocultármelo deliberadamente. ¿Por qué lo había hecho? Necesitaba una explicación y la necesitaba de inmediato.

Al volver del baño le esperé con la pantalla bien abierta y los brazos cruzados. Al verse descubierto, se empezó a agobiar. Primero se enfadó al ver que había abierto esa pestaña en su ordenador, pero le aclaré que había sido por error y que además no estaba en situación de poder indignarse. Entonces me dijo que solo pretendía que nuestra relación no cambiase, protegerla. Se había visto con muchísimo dinero por una serie de inversiones que habían ido muy bien y de repente le entró miedo de que eso pudiese enturbiar lo nuestro, así que decidió ocultarlo. Así siempre estaría seguro de que le quería por lo que era y no por el dinero que ahora tenía. Definitivamente, la explicación fue incluso peor que la mentira. Aquello me dolió como una puñalada. Supongo que en su cabeza sonaba genial, pero la realidad es que si pensaba que yo podría llegar a quererle por interés, es que no me conocía en absoluto. ¿Qué habían significado esos tres años de relación para él si había decidido ocultarme sus ganancias por ese motivo?

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La relación acabó al día siguiente. Intentó que volviese con él en varias ocasiones y juro que tuve auténticas tentaciones de ceder. Al fin y al cabo, yo estaba enamorada de aquel hombre. Pero la falta de transparencia era algo intolerable para mí. Nuestra relación estaba manchada por la desconfianza y volver juntos solamente serviría para hacernos más daño en el futuro, para acabar sufriendo el doble. Porque como he dicho al principio, sin confianza y sinceridad yo no sé mantener una relación y en la nuestra, por desgracia, ambas habían desaparecido por completo y para siempre.