Estas navidades, del mismo modo que en las cinco anteriores, nos hemos reunido toda la familia en casa de mis padres para celebrar las fiestas. Mi hermana y su marido viven a 600 kilómetros de ellos, nosotros no tan lejos pero aún así a una hora en coche, así que aprovechamos estas fechas para reunirnos allí todo el tiempo posible. Además, por la distancia apenas vemos a los hijos de mi hermana, que ya tienen seis y ocho años, así que con más razón nos apetece estar todos juntos. Aunque eso forma parte del problema. Los quiero con locura, os lo juro, pero hay algo que no soporto hacer con ellos porque paso una vergüenza atroz: ir al cine.

Hace ya tres años que se ha impuesto como tradición familiar ir una tarde todos al cine cada vez que nos reunimos. Debería ser un plan entrañable y divertido, pero para mí son horas de morderme la lengua para evitar conflictos con mi hermana y su marido. Son de esas personas que piensan que los niños son niños y hay que dejarles ser niños en todos los espacios. Y a ver, no me malinterpretéis, yo opino igual, pero creo que eso no está reñido con educarlos y enseñarles a saber estar de forma adecuada en cada sitio.

Mis sobrinos son esos niños que te tocan en la sala y acabas odiando. Hablan en voz alta o gritan llegado el caso, tiran palomitas para hacer la gracia, dan pataditas rítmicas en los asientos de delante, lloran a pleno pulmón si les ocurre algo y se levantan y cambian de asiento entre ellos todo el rato. La primera vez no dije nada, me aguanté todo el rato y solo hice un par de «shhhh», al igual que el resto de la sala, que también estaba harta del jaleo.

Pero a la siguiente ocasión, como estaba sentada a su lado, les reñí y les dije que debían estar quietos y callados por respeto a las demás personas, lo que provocó que mi hermana me llevase a parte al salir para decirme que no quería ofenderme pero que de la educación de sus hijos se encargaba ella, no yo. Le dije que lo sentía, pero que estaba claro que no les estaba enseñando a comportarse correctamente en lugares públicos como ese, y ella me dijo que los niños eran niños, y que quien va a ver una película que también es para niños tiene que aguantarse y punto, y que si no, que se metan a ver otra película. Me callé la boca para evitar discusiones y asumí que al fin y al cabo eran sus hijos y no los míos, y que ella decidía.

El problema es que veía cómo mis sobrinos cada vez eran más mayores y seguían comportándose igual. Le he cogido auténtica manía a ir al cine en familia y me da rabia no poder disfrutar de un momento así. Así que estas navidades tramé un plan.

Nos metimos a ver Inside Out 2 aprovechando que la reponían en nuestro cine habitual durante un par de días. Evidentemente es una película de niños, pero es la típica peli que también van a ver personas de todas las edades, por lo que preveía que la sala tendría un público bastante combinado. Mis sobrinos estuvieron callados aproximadamente diez minutos. A partir de ahí, empezaron a liarla de la manera habitual. Cuando comenzaron a escucharse los resoplidos y los «ssssshhhh» de las demás personas de la sala, le dije a mi marido que iba al baño un segundo y salí de la sala. Busqué al acomodador de la entrada y le resumí la situación.

No podía quejarme anónimamente porque me iba a reconocer al ir a la sala a llamarles la atención, así que le pedí que hiciera como que no me conocía. Me dio un margen de quince minutos y apareció por la sala con la linterna. Mis sobrinos no le vieron venir y él encendió la linterna justo cuando llegaba hasta ellos. Se callaron de inmediato. Les llamó la atención y se dirigió a nosotros como grupo diciendo que había recibido quejas, que así no se podía ver la película y que si seguían comportándose de esa forma tendríamos que salir de la sala. Mi sorpresa fue que un par de personas en la fila de atrás dijeron «gracias, menos mal», con lo cual mi coartada quedó reforzadísima.

Mis sobrinos no abrieron el pico en lo que quedó de película. Mi hermana salió del cine indignada, diciendo que la gente tenía niñofobia y que se olvidaban de que ellos también habían sido niños antes. Nadie de la familia compartió su opinión, ni siquiera mi cuñado, lo cual fue bastante sorprendente. Él, que en general siempre ha pensado como ella, acabó llevándole la contraria. Imaginad el barullo que estaban montando mis sobrinos en el cine para que su padre acabase posicionándose a favor del acomodador.

En definitiva, mi plan salió a la perfección. Nadie sospechó que fui yo quien dio las quejas, lo cual me hace sentir aún más satisfecha. Solo espero que mis sobrinos hayan aprendido la lección que su madre nunca será capaz de darles.

 

Escrito por Carol M., basado en un testimonio real anónimo.