Siempre he pecado de ingenua.

Mi tendencia natural es confiar en las buenas intenciones de la gente. Tienen que joderme muy de frente para que me dé cuenta de que lo están haciendo. Si no es así, yo me limito a confiar. Y yo confiaba en mi novio ciegamente. Porque le quería, porque me quería, porque estábamos supercompenetrados y porque nos iba muy bien juntos. ¿Cómo no iba a tener fe ciega en él? Si nos amábamos por encima de todas las cosas, hombre por dios.

Llevábamos algo más de un año conviviendo cuando empecé a notarle… raro. Empezó a hacer horas extras y aumentó el tiempo que dedicaba al deporte. Yo lo vi claro: era una crisis de los cuarenta temprana. Tenía solo 35 años, pero igual le estaba dando ya. No sé, ese interés por estar en forma, el cambio de look consistente en dejarse una barbita que, a decir verdad, le quedaba muy bien. A mi juicio, todo parecía indicar que estaba atravesando una crisis existencial.

Solo que la supuesta crisis no justificaba su actitud para conmigo. Seguía siendo atento y cariñoso y tal, pero, de la noche a la mañana, dejó de buscar sexo. Y de responder a mis acercamientos para tenerlo. Eso ya sí que me pareció raro. Rarísimo. Él siempre había sido puro fuegote ¿y ahora estaba siempre muy cansado? Ya eran demasiadas cosas, incluso para alguien como yo.

Así que empecé a sospechar. A estarle un poco encima y, por último, a preguntárselo directamente.

¡Ay, madre mía, cómo podía pensar eso de él! ¿Estaba loca? El tío no daba crédito. Tenía razón, ya me valía haberme puesto en ese plan. Le creí… más o menos. Me terminó de convencer una semana después. Porque menuda sorpresa la mía cuando me dice que meta muda para tres días en una maleta.

Ese fue el inicio del festival del falso amor del capullo infiel de mi ex. Empezó con un fin de semana en un hotelito rural hipermono en el que hay un restaurante con estrella Michelin. Hincó la rodilla delante de la ventana con vistas, los camareros bajaron las luces, pusieron música… qué espectáculo. Como para decirle que no.

Una parte de mí se moría de la vergüenza, propia y ajena. Pero a otra… le encantó que se hubiera molestado tanto en sorprenderme y que se hubiera currado la pedida de mano con anillaco y todo. Además de que la cosa no terminó ahí.

Para celebrar la buena nueva (insisto, qué suerte para él que le dije que sí), el domingo aparecieron allí nuestros amigos más cercanos y las familias de ambos. Comilona en un reservado para todos. Celebración, alegría. Carantoñas, besitos continuos y amor, mucho amor. Lo hicimos más ese finde, que los tres meses previos. Oye, que igual lo del cansancio era cierto.

Con la vuelta a casa, regresó el agotamiento, es verdad. El sexo volvía a escasear, pero mi chico no quería que yo lo pasara mal con mis rayadas, así que empezó a enviarme flores al trabajo. Unas rosas blancas preciosas y enormes como cogollos de Tudela. Me traía el desayuno a la cama los domingos. Me hacía regalos sin ningún motivo. Lo que hiciese falta para que estuviese tranquila y segura de su amor, me decía.

Yo solo quería que fuera el mismo de siempre y recuperar nuestra vida sexual normal. Aunque a nadie le amarga un dulce. No obstante, a mí el dulce ya me estaba empezando a repugnar. Y, cuando su grupo de pádel amplió las pachangas de una a dos a la semana, recelé muchísimo.

Con eso y todo, fue la casualidad la que hizo que me encontrara con uno de los chicos que jugaba con él. Iba con muletas porque había tenido un accidente de trabajo. POR ESO YA NO JUGABAN AL PADEL LOS MIÉRCOLES. Porque no habían encontrado sustituto y tenían el tema parado hasta que se recuperase.

El traidor mentiroso de mi ‘prometido’ cayó con todo el equipo en cuanto le conté a quién había visto esa tarde y la conversación que habíamos tenido. Tuve que escucharle decirme que estaba ‘enganchado’ a aquella chica que había conocido de copas después de una cena del curro. Y que sus grandes actos de amor eran la tapadera que usaba mientras intentaba superarla. Porque a ella la deseaba, pero a mí me quería con el alma y para toda la vida… Puaj.

Aunque quiero pensar que tarde o temprano lo habría averiguado por mi cuenta, no sabéis lo que me alegro de haber tenido aquel encuentro que lo destapó todo. Y de haberlo descubierto antes de llegar a casarnos.

 

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