Estaba paseando por el centro de la ciudad con mi mejor amiga cuando de repente pasó como una estrella fugaz un tío con un carrito de bebé. Alto, con camisa de cuadros, converse y barba de una semana. En el carrito el niño iba dormido y él le miraba embobado. Madre mía de mi vida y de mi corazón que cachonda me puse en un momento.

Sí, coleguis, me ponen los papis. No hay nada en este mundo que más morbo me de que un tío con un bebé. Es algo superior a mí. Quiero pensar que es un instinto evolutivo que me dice que ese señor es un empotrador con un semen megapotente o algo así, porque sino no lo entiendo, pero os juro que se me cae la baba.

Lo peor de todo es que tampoco me entusiasma la idea de tener hijos, al menos ahora mismo, pero es ver a un hombre con carrito y mis neuronas colapsan y empiezan a bailar La Lambada. No lo puedo evitar, mi chochet se convierte en una de esas atracciones del aguapark con chorros.

Me pone la ternura que desprende un tío preocupado por un bebé, tanto si es su hijo como si es su sobrino o el niño al que está cuidando. No me importa, con verle cogiendo al niño yo ya me imagino todos los polvos que podríamos echar hasta que me salgan mellizos impares.

Para que os hagáis una idea, hace un par de semanas conocí a un tío en una fiesta. De primeras me hizo tilín, pero cuando empezamos a hablar y me empezó a contar cosas de su sobrino yo ya estaba ojiplática perdida. Si ya de por sí estaba on fire escuchándole hablar del crío, imaginaos mi carita cuando me dice “¿Te enseño una foto de estas navidades?”. Mi “sí” fue más sonoro que los gritos que pegué en la manifestación del 8M.

Saca el móvil, abre la galería y me empieza a enseñar fotos y más fotos de él con el niño en brazos o jugando, y cuando yo ya estaba dejando charco en las bragas me pone un vídeo. ESO ES TORTURA, TÍAS.

Total, que acabamos follando y yo me di cuenta de que en esta vida hay tres cosas que le dan mucho morbo a los tíos: que sean feministas, que sepan comer bien el coño y que les gusten los niños.