Hola, amigas. Empezar por el inicio de todo es un poco complicado, pero me parece muy necesario para que tengan contexto.
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Tengo como vecinas a una cuerda de viejas insufribles que se quejan de absolutamente todo. Me han llamado guarra porque mis sábanas en el tendedero llegan a su ventana, han subido a reclamar por poner la lavadora un poco pasadas las ocho, me han llamado a la policía por tomar una ducha a medianoche (tenía fiebre, no estoy loca, y aunque no la hubiese tenido, estoy en mi derecho de ducharme cuando me plazca porque para eso pago mi piso)… Pero su queja más recurrente es que mi perro ladra cuando ni mi novio ni yo estamos en casa.
Cada vez que salíamos los dos juntos, o al mismo tiempo, comenzaban a enviar mensajes para quejarse. No quiero hacer la historia más larga, pero empezamos a sospechar que mentían y que el perro no estaba ladrando una mierda.
Decidimos poner una cámara en el piso para vigilar al perro, de esas casi desechables y económicas de calidad cuestionable. Para no dejar el punto en el aire: el perro a veces (si nos demorábamos mucho) ladraba, y si no, no.
Volviendo al meollo principal: en diciembre, la empresa donde trabajaba mi entonces chico hizo la fiesta de fin de año y él no me invitó. No me enganché demasiado en ello, en primer lugar porque tenía planes con mis amigas y, en segundo (y para ser honesta), porque no quería estar en un lugar donde no me quisieran. Lo vi raro, pero decidí dejarlo para después. El plan con mis amigas era irnos a esquiar el fin de semana y ahí estaba yo, en una montaña bien alta en La Molina, cuando la aplicación de la cámara comenzó a pitar como loca en mi teléfono.
El perro ladraba, sí, pero porque mi ex estaba empotrando a otra chica contra la encimera y yo podía ver absolutamente todo desde mi móvil.
La sensación fue extraña: no podía parar de mirar, pero quería que pararan. El hecho de que estaba con mis amigas y lo pillaron todo enseguida no me ayudó a calmarme. Comencé a llamar al bastardo para gritarle que lo estaba viendo y ahí, amigas, en ese preciso momento, sí que conocí el odio: lo vi detenerse un momento, parar de acariciarle el culo a su amiga para observar mi llamada en la pantalla de su móvil y colgar. Sin más.
Por algún motivo, eso me molestó incluso más que los cuernos. El hijo de la gran puta no se inmutó en absoluto.
Fun fact: él había comprado la cámara conmigo, la había instalado, la habíamos visto juntos. Y lo único que puedo sacar de esto es que un hombre cachondo no piensa. Al menos no con la cabeza grande. Vale, pero es que si ya les cuesta en estado regular, no me quiero imaginar cómo se les altera el tren de pensamiento cuando cambia el flujo de la sangre.