Ojalá esta fuera una historia de amor y de cosas que salen bien tras luchar contra la adversidad, pero se aleja bastante de eso.

Conocí al padre de mi hija en un mercado artesanal. Yo soy artesana, trabajo con metales, piedras preciosas y varios materiales para hacer joyas. Él estaba ayudando a un amigo suyo en otra parada, coincidimos en los descansos y hubo química desde el primer momento.

Empezamos a tener citas, hacer viajecitos y compartir todas mis salidas a mercados itinerantes. Disfrutábamos mucho de la compañía del otro y nos admirábamos y respetábamos mucho. Él es sanitario y siempre me decía que le encantaba estar conmigo porque le podía enseñar el lado bonito de la vida, ya que, en su trabajo, solía ver el feo.

Tras varias semanas, tuvimos la charla, aunque creo que ambos sabíamos que no hacía falta. Decidimos formalizar lo nuestro, pactar exclusividad y poner fecha de inicio para lo que esperábamos que fuera una relación preciosa.

Los primeros meses fueron maravillosos, ambos vivíamos solos y pasábamos mucho tiempo en el piso del otro, teníamos ropa, cepillo de dientes y demás, en los dos pisos. Estábamos empezando a tantear el tema de vivir juntos cuando, después de un retraso y una sensación de que algo pasaba, el test salió positivo.

Ninguno de los dos buscábamos el embarazo, acabábamos de empezar y aunque todo iba bien, no entraba en nuestros planes. La primera sensación fue de shock y de pánico, yo estaba convencida de interrumpir el embarazo y él me apoyaba y decía que haríamos únicamente lo que yo quisiera.

Pasado el susto, hablamos de cómo sería sacarlo adelante. Él tenía 34 y yo 31 años, ambos queríamos ser padres en un futuro y cuando nos paramos a pensarlo, vimos que realmente tampoco podíamos esperar mucho más.

Esa sensación de falta de tiempo, lo bien que estábamos en la relación y el miedo a que en un futuro hubiera complicaciones o problemas para quedarme embarazada, nos hicieron tomar la decisión de tener al bebé.

Antes de que pasase el primer trimestre, lo comentamos a muy pocas personas, pero, como imaginaréis, la noticia no fue muy bien recibida.

En general nuestros entornos nos dijeron que era una locura, que apenas nos conocíamos y que nos estábamos ligando de por vida al otro, cosa que era cierta. Pero los dos confiábamos en el otro y en tener ese proyecto juntos. Al final, cuando tú estás comprometida con una persona, es porque crees y confías en una relación a largo plazo. Nosotros apostamos por ello.

Pasados los primeros tres meses, cuando ya vivíamos juntos, hicimos público el embarazo y hubo un poco de todo. En general todo el mundo tenía expresión de sorpresa y, en algunos casos cercanos, de desaprobación. No podía juzgarles, yo misma sabía que era una locura y tenía muchas dudas y miedos, como es normal, así que hubiera agradecido más apoyo y menos voces que alimentasen mis pensamientos.

La convivencia resultó ser muy complicada. Él resultó ser un maniático del orden y la limpieza, que justificaba sus conductas que rozaban el TOC, con dejes de su profesión. La casa tenía que estar siempre perfecta, si no, empezaba una discusión que siempre se iba de madre por cosas como que el baño se había limpiado, pero no desinfectado.

También teníamos discusiones por el dinero. Él ganaba bastante más que yo y llevaba las cuentas al dedillo para no tener que poner ni un euro más que yo.

Por una parte, entendía estas actitudes, pero pronto empecé a sentirme una extraña en mi casa. Una invasora que generalmente molestaba y que tenía que adaptarse sí o sí a esas normas.

Supimos que era una niña y llegaron las discusiones de crianza. De repente me enteré que ponerle pendientes era maltrato y sexista, que no quería que el nombre que le pusiéramos tuviera nada que ver con nuestra familia (para darle identidad propia) y que íbamos a seguir el método Montessori y hacer BLW, así, sin discutirlo ni preguntarme.

Todas estas cosas, junto al cambio de mi cuerpo (que llevé muy mal), las hormonas y el cansancio y malestar del embarazo, complicaron mucho la relación.

Empezamos a tener discusiones cada día, cada vez más subidas de tono. Yo acabé no soportando su paternalismo y él me decía que yo era una inmadura infantil. Nunca tenía ganas de volver a casa del trabajo y dejamos de dormir en la misma cama.

La situación se volvió insostenible y a los 7 meses de embarazo, cuando llevábamos casi un año juntos, decidimos que lo mejor era romper. Pactamos una co-crianza de la peque, al menos los primeros años, y prometimos ser civilizados.

Seguimos viviendo juntos por temas logísticos, cada uno con su habitación y sus gastos. Pasamos a ser compañeros de piso que iban a tener un bebé.

Con la llegada de nuestra hija, todo se magnificó y fue a peor. Nuestras diferencias se acentuaron y había aún más discusiones que durante el embarazo. Llegó incluso a irse de casa y vivimos separados una semana, pero me fue imposible estar sola con mi hija y le acabé pidiendo que volviera.

Tuvimos que hacer un gran esfuerzo para convivir y criar a nuestra hija el primer año, y, ahora que tiene uno y medio, por fin nos vamos a separar definitivamente.

Dentro de poco ella empezará a ir a la guardería y nos facilitará mucho la organización. Ya tenemos pensado dónde y cómo vamos a vivir, nos hemos organizado horarios y economía, y hemos pactado normas.

Lo peor de todo es que nos hace ilusión. Los dos creemos que esta va a ser nuestra mejor etapa, estando separados.

Yo no puedo evitar sentir que he fracasado y que mi hija va a tener una familia rota, como me pasó a mí. Echando la vista atrás, siento que fue un error aventurarme a seguir adelante y que todo lo que me dijo mi entorno, era verdad.

No conocía toda la complejidad y el agotamiento de la maternidad, no sabía cómo me iba a afectar física y emocionalmente, y no sabía cuánto me iba a doler sentir que tenía que compartir para siempre un vínculo con su padre.

Amo a mi hija más que a nada, ha traído luz a mi vida y no imagino mi vida sin ella. Pero he de admitir, que de haber sabido todo lo que me vendría encima, hubiera interrumpido el embarazo y la hubiera tenido más tarde y con otra persona.

Me da apuro y vergüenza escribir esto, pero quiero creer que también hay madres que se han sentido así en algún momento y que me entenderán.