Estaba harta.

Quería a mi marido, de verdad que le quería, pero hacía mucho tiempo que mi paciencia se estaba empezando a agotar.

Llevábamos muchos años casados y hacía menos de uno que habíamos tenido a nuestro segundo hijo. A pesar de que él siempre se había comportado como un buen marido y padre amoroso, la mayor parte de la carga de trabajo en casa recaía sobre mí puesto que él tenía bastante trabajo que, además, le obligaba a viajar en muchas ocasiones, y yo me sentía sola y agotada.

Para colmo, su oficio le obligaba, como relaciones públicas, a aparecer en eventos nocturnos y frecuentar discotecas y otros actos.

Y él no desaprovechaba la oportunidad de beber y ponerse hasta arriba para disfrutar al mismo tiempo que estaba trabajando.

 

 

Las primeras veces que le oía llegar a casa, de madrugada, y meterse en la cama a mi lado, no le di demasiada importancia y decidí armarme de paciencia y entender también su postura, a pesar de que el olor a alcohol me causaba bastante desagrado y hacía que le rechazase cuando se me acercaba, cariñoso, buscando mi contacto.

Pero poco a poco, aquello me fue llenando cada vez de más ira. Ya no soportaba el sonido inconfundible de esas torpes pisadas subiendo la escalera hacia el dormitorio, ni el tintineo de las llaves tardando más de lo normal en abrir la puerta, ni su voz dirigiéndose a mí vocalizando tan mal que no había quién lo entendiera…

Mis días eran todos los días iguales: ocuparme de la casa, de los niños, de todas las responsabilidades. El cansancio y no tener tiempo para mí, para mi ocio y mis propias inquietudes, no me dejaban pensar con claridad.

Y, para colmo, el sentimiento de soledad e incomprensión, pues cada vez que le reprochaba o hablaba con él del tema, se lo tomaba a guasa o directamente se enfadaba.

 

 

Todo esto hizo que estuviésemos bastante distanciados. A pesar de amarnos y ser buenos compañeros, no pasábamos nuestra mejor época y yo estaba a una gota que colmase el vaso de decir “hasta aquí”.

Y esa gota cayó, desbordando todo…

Una noche más, me encontraba en la cama. Hacía rato que dormía, exhausta después de un par de despertares de mi bebé y de un día duro en el que me hijo mayor se había encontrado enfermo.

Sentí el ruido de la puerta al abrirse y cerrarse a continuación, en mitad de la noche, entre sueños, pero dejé de oír sonidos así que seguí durmiendo ligeramente.

 

 

Lo siguiente que recuerdo es el ruido de la puerta de nuestro dormitorio. Aunque el hombre intentaba ser silencioso, las condiciones en las que llegaba no le permitían conseguirlo…

Como no quería despertarme del todo e interrumpir mi descanso, ni siquiera abrí los ojos ni moví un músculo, pretendiendo seguir con mi sueño.

Hasta que sentí algo extraño en sus sonidos a mi alrededor. Me pareció que hacía movimientos incomprensibles, que bordeaba la cama sin sentido alguno, en dirección a la cuna y a mi lado de la cama, cosa que nunca hacía puesto que directamente se acostaba en el suyo.

Pensé para mis adentros que querría mirar al bebé durmiendo antes de acostarse y continué con mi propósito de seguir descansando.

 

 

Pero algo en el largo tiempo que duraba ese silencio posterior sin movimientos que indicasen que regresaba a la otra parte del cuarto, me puso en alerta…

Y, a continuación y en mucho menos tiempo de lo que tardo en contarlo, escuché un sonido extraño en mitad del silencio de la noche, como si se hubiera abierto un grifo.

Abrí los ojos automáticamente y la estampa que estos vieron fue dantesca.

ESTABA MEANDO EN LA CUNA DEL BEBÉ.

Sí, estaba haciendo sus necesidades, tambaleándose, borracho perdido, prácticamente sobre nuestro hijo, que se salvó de mojarse porque afortunadamente se encontraba en el otro extremo de esta y no dio tiempo a que llegase allí el chorro, ya que yo me levanté como un resorte y lo cogí en brazos.

Furiosa, a mi marido le quité el cebollazo rápidamente. Le dije de todo menos bonito y le obligué a meterse en la ducha y a dormir en el sofá.

Le comuniqué inmediatamente que quería separarme de él y que no iba a aguantar ni una más.

 

 

Tuve que volver a repetirlo al día siguiente cuando se encontró más capacitado para escucharme, por fin sobrio. Él estaba avergonzado y se arrepentía totalmente de lo sucedido.

Me prometió que no iba a volver a pasar, me pidió que le diese una oportunidad para demostrarme que iba a cambiar, que dejaría de descontrolar con el alcohol y nunca más volvería a llegar a casa de esa guisa.

Pero yo ya no podía más y, lamentablemente, esa imagen no se iba a borrar tan fácilmente de mi cabeza haciendo que no le pudiese volver a mirar con el enamoramiento de antaño…

 

Relato escrito por una colaboradora basado en la historia real de una lectora

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