Hace un par de meses que salgo con un chico. Es verdad que dijimos que íbamos sin ningún tipo de pretensión, pero también es verdad que, a mí, me ha empezado a gustar de verdad.

Pasamos todos los fines de semana juntos: en su casa o en la mía, y él ya ha conocido a algunos de mis amigos. Me he encoñado y lo sé. Pero lo peor no es darte cuenta de que te estás pillando por alguien, lo difícil es hacerlo cuando descubres que esa persona no siente lo mismo.

En el sexo funcionamos genial y por eso sé que sigue conmigo. Me diréis: “Pues si lo sabes y a ti te gusta más allá, deja de hacer el gilipollas”. Sí, pero es que estoy muy encoñada y me vale la pena… aunque sé que esto no va a ir a ninguna parte.

El caso es que el fin de semana pasado estábamos en mi casa y me puse en modo cocinitas e hice croquetas. No es por nada, pero la receta de mi abuela es infalible.

Mientras yo cocinaba, vivíamos el típico momento romántico de peli americana: él me cogía por detrás, me daba besos en el cuello, jugábamos a mancharnos de harina… Yo estaba en pleno sueño.

Cuando nos sentamos a comernos las croquetas, dijo que eran las mejores que había probado nunca. Y, sin más, soltó:
“Aunque lo nuestro es simplemente sexo loco, te contrataría para que me hicieras croquetas (y otras comidas).”

Ese simplemente me sentó como una patada en el alma. Dos meses juntos, escenas de comedia romántica, yo esforzándome por integrarlo en mi vida… Y él bajándome a tierra de un sopapo verbal. Que sí, que yo ya sabía lo que había, pero todavía guardaba la absurda esperanza de que se iluminase y dijera que soy el amor de su vida.

Pues no.
No soy el amor de su vida.
Pero sí soy la mejor croquetera que va a conocer.

Ahora estoy en ese punto del adicto que quiere dejarlo pero necesita su chute. Sé que tengo que ir a un centro de desintoxicación emocional, pero soy incapaz. No quiero verlo, pero no puedo parar de pensar en él. Y él lo sabe… y se deja querer.

He estado un par de días sin escribirle porque el domingo se fue y la cosa quedó un poco fría. Ayer recibí un mensaje suyo:
“¿Este finde me haces croquetas?”

Ese fue todo su mensaje. Ni un “cómo estás”, ni un “hablamos”, ni un “te echo de menos”. Solo croquetas. Ese mensaje resume perfectamente lo que soy para él: una dispensadora de comida, literal y metafórica.

No quiero quedar porque me va a hacer daño. Me lo está haciendo ya. Y, sin embargo, no dejo de mirar si está en línea, esperando que me pida croquetas pero con amor, croquetas para siempre.

Pero los cuentos no siempre tienen finales felices.
Y este, por desgracia, tiene croquetas pero no tiene príncipe.