Miriam y yo nos conocimos en el trabajo hace varios años y, aunque nuestra amistad no es la típica que se remonta a la infancia, llegó a demostrarme bastante más y en menos tiempo que muchas de mis amigas de toda la vida. Es de esas personas a las que es imposible no querer, que siempre tienen una sonrisa pintada en la cara y contagian su alegría y su optimismo allí donde van. A pesar de que ella sólo trabaja en mi empresa los fines de semana y no nos veíamos todos los días, enseguida pasó de ser una simple compañera a una buena amiga.
Cuando hablé con ella por primera vez, me di cuenta enseguida de que aquella chica tan simpática y un poquito loca se convertiría en alguien especial para mí. Y efectivamente, así fue. Nos veíamos fuera del trabajo para tomar algo, ir al cine, de compras, a conciertos o cualquier cosa que se nos ocurriera, porque teníamos infinidad de cosas en común. Pasar tiempo con Miriam era genial y con el paso del tiempo, más allá de ser simples colegas, empezamos a coger mucha confianza la una y con la otra; nos contábamos todo lo que pasaba en nuestras vidas sabiendo que la otra siempre iba a estar ahí, sin juzgar.
Hacía mucho tiempo que sabía que a mi amiga le atraían las mujeres, no porque ella me lo hubiera dicho abiertamente, sino porque muchas veces veía cómo miraba o cómo se comportaba con algunas compañeras o clientas. Y no sólo eso, sino que además en el nido de víboras en el que trabajamos siempre se está murmurando sobre las demás y se comentaba -a sus espaldas, por supuesto- que Miriam era lesbiana. Todas me advertían, como si ser homosexual fuera una especie de enfermedad contagiosa. Nunca le dije nada a mi amiga, primero porque no quería que se enfadara y en segundo lugar, porque si efectivamente era lesbiana era algo secundario y sobre todo, algo que debía contarme ella si lo consideraba necesario.
Ese día no tardó en llegar. Una tarde, Miriam me dijo tenía que confesarme algo, y es que le gustaban las chicas desde siempre. Recuerdo que me lo contó súper apurada y yo me reí, porque pensar que yo podría rechazarla por ser lesbiana me parecía una tontería enorme. Obviamente, nuestra amistad continuó como si nada, sólo que desde entonces la notaba más liberada y me contaba sus escarceos amorosos con otras chicas para que yo la aconsejara. Me hacía feliz saber que mi amiga se sentía más tranquila y tan cómoda conmigo y con su verdadero yo como para contarme sus cosas.
Por supuesto, los rumores sobre una supuesta relación entre ambas no se hicieron esperar. Nosotras nos lo tomábamos a risa, era algo que a ninguna de las dos le preocupaba lo más mínimo, por eso continuamos comportándonos exactamente igual que siempre la una con la otra. Ella siempre había sido una chica súper cariñosa, de ir dando abrazos a todo el mundo, así que estaba más que acostumbrada a tenerla colgada de mi cuello o estrujándome a base de achuchones. Y lo cierto es que nunca me había importado, hasta que empezó a hacerme sentir un poco incómoda. De la nada, Miriam empezó a decirme lo buena que estaba cada vez que me peinaba de una determinada forma, a decirme que me pondría mirando a Cuenca y otras cosas por el estilo.
Aquello, independientemente de su homosexualidad, me hacía sentir rara. Mi amiga me tiraba los trastos como un tío, es decir, es broma pero si quieres no es broma. Que si madre mía, que si te cogía y te enseñaba lo que es bueno, que si ahora te miro de arriba a abajo,… No me gustaba que mi amiga me tratase así porque nunca lo había hecho, así que pensé que igual era coña y que eran imaginaciones mías. Sin embargo, cuando empezó a pellizcarme el culo cada vez que nos cruzábamos, tuve que hablar con ella. Le dije que no lo hiciera más, que me hacía sentir incómoda. Flipé cuando ella se enfadó conmigo y me acusó de ser «una homófoba de mierda».
Me gritó que había sido un error contarme nada, que yo era tan cerrada de mente como las demás y que pensaba que cualquier cosa que ella hacía era con segundas
intenciones. Traté de explicarle que si una amiga o un amigo hetero se dedicaran a tocarme el culo y a decirme guarradas, me habría hecho sentir igual de mal, que aquello no se trataba de ser gay o no, sino de límites y de incomodar al otro. Y es que en ningún momento me paré a pensar en que la raíz del problema fuera su orientación sexual, pero ella no quiso entenderlo. Se cerró en banda, súper ofendida por mi «petición» con respecto a sus toqueteos y dejó de hablarme durante un tiempo.
Nunca llegamos a resolverlo ni tampoco nuestra amistad volvió a ser igual. Sí que volvió a hablarme, pero nunca recuperamos la relación tan bonita y cercana que una vez tuvimos. Me entristece pensar que, en el fondo, en su mente yo continúo siendo una antigua y una homófoba de cuidado.
Mar Martín.