Me gusta recoger el correo antes de desayunar, justo después de volver del gimnasio. Esa mañana, como todas las demás, hice la misma rutina sin saber que ese día todo sería diferente. Entre una notificación del banco, una carta de mi amiga que vivía en Holanda y un folleto de ofertas de supermercado encontré un sobre diferente a los demás. Blanco, con papel especialmente grueso y un lazo verde botella, sin remitente, y en el dorso mi nombre escrito a mano. Nada más ver el trazo de la escritura supe de donde venía la carta. Reconocí su letra inclinada, limpia, de trazo seguro. Cómo no reconocerla, si habíamos estudiado juntos. Abrió el sobre y allí estaba: una invitación de boda. Su boda, con su actual novia. Mi ex se casaba y me había invitado.

Nos habíamos conocido en nuestro último año de carrera y tuvimos una relación larga, probablemente más larga de lo que debería haber sido. Porque nos quisimos, y mucho, pero no fuimos capaces de darnos cuenta a tiempo de que estábamos viviendo etapas diferentes y de que no éramos lo suficientemente compatibles como para seguir adelante. Así que después de cuatro años de relación decidimos ir cada uno por nuestro lado. No fue una relación ni una ruptura tormentosa, pero sí muy dolorosa porque, como he dicho, sí que había amor, pero lo demás no cuadraba y solo con amor no basta para construir un futuro estable en común. Al final, éramos demasiado diferentes.
Después del duelo tras la ruptura intentamos retomar una relación de amistad. Habíamos acabado de mutuo acuerdo y en buenos términos, al fin y al cabo. No nos fue mal pero, por circunstancias de la vida, destinos laborales y mudanzas, esa relación se fue enfriando y ahora no teníamos demasiado contacto, solo muy de vez en cuando. Sabía que salía con alguien y que era feliz, que tenía trabajo estable y que las cosas le iban bien, pero poco mas. Por eso, cuando me llegó la invitación me sorprendió muchísimo, nunca lo habría imaginado.
Por mi parte, en ese momento hacía año y medio que había conocido a Leo. Era feliz, vivía en una relación sana y equitativa, o eso pensaba yo. Leo era distinto a mi ex, era un chico muy sencillo, risueño, siempre haciendo chistes y bromas que me hacían reír. Digamos que encajábamos muy bien, porque éramos parecidos. Teníamos gustos y rutinas similares, valores y gustos comunes.

Esa noche, en cuanto llegó a mi casa, le mostré la invitación. La miró extrañado, sin entender nada. «¿Por qué te invita?», preguntó con el ceño fruncido. Le expliqué que no lo sabía, que aunque habíamos mantenido una relación amistosa tras la ruptura no esperaba la invitación a su boda. «No estarás pensando en ir, ¿no?». Me quedé en silencio. No esperaba esa actitud de entrada por su parte, quiero decir, la decisión de ir o no a esa boda debía ser mía, no suya. Así que le respondí que no lo sabía aún, que tenía que mirar la agenda y ver si me venía bien la fecha, y que esperaba que si yo iba él pudiera acompañarme. Guardó silencio y me dijo que estaba cansado, que mejor se iba a su casa esa noche a dormir. Y allí me quedé yo, confusa, sin entender qué acababa de pasarnos.
Las siguientes semanas fueron confusas. Yo notaba que él estaba diferente, más irritable y de mal humor. Cuando le preguntaba qué le pasaba, me decía que nada, pero era evidente que sí ocurría algo, ya que todo estaba raro desde la invitación de mi ex. Una tarde discutimos por una bobada, pero la bola acabó haciéndose más grande. Y al final, salió el tema de mi ex. Me soltó que no entendía por qué quería ir, que si es que quería verle porque aun le quería o convencerle de que no se casase, o quizás era él quien quería reconquistarme, que a los ex no se les invita a la boda a no ser que se tengan dudas. Y que yo debería haber roto esa invitación en cuanto la recibí si es que de verdad le quería a él. Me quedé congelada.

Intenté razonar con él, explicarle que no era así, que nada de lo que se estaba imaginando era cierto. Pero no hubo manera de hacerle entrar en razón. Pasamos tres días distanciados y pensé mucho durante ese tiempo. Al final, decidí que si cedía en algo así, sentaría un precedente peligroso en nuestra relación. Mis decisiones debían ser eso, mías, exclusivamente, y no tomadas por un ataque de celos irracional de mi pareja. Dar mi brazo a torcer sería un error. Así que le dije que tenía intención de asistir a la boda de mi ex, aunque no fuese así al final. Pero quería mostrarme firme en esa idea para ver su reacción y para seguir haciéndole entender que estaba equivocado. No imaginé cual sería su respuesta: «Estupendo. Pues si vas a esa boda, lo nuestro se acaba. No pienso ser el segundo plato de nadie ni haceros el juego a ti y a tu ex. Tú decides».

Pero el que decidió fue él. Nada más darme ese ultimátum, nada más sentir cómo intentaba chantajear me, tuve claro que aquello debía acabar. Si ese hombre, al que yo creía conocer, había perdido la cabeza de esa forma por una simple invitación de boda por muy de mi ex que fuera, ¿Qué futuro iba a separarme a su lado?
No fui a la boda. No tenía ganas, sencillamente, así que me excusé y le deseé lo mejor. Mi ex se casó y ahora hasta espera su primer hijo. De Leo no volví a saber nada, por razones obvias. No le di la opción de esperar a que llegase la fecha de la boda, le dejé al día siguiente de su ultimátum. Así que ahora estoy soltera, y creo que estaré un tiempo más así. Por lo menos, hasta que encuentre a alguien que entienda que el pasado no se borra, sino que se integra en nuestro presente, y que sea capaz de confiar en mí sin convertirse en el rey de las inseguridades ante una simple invitación de boda.
Escrito por Carol M. Basado en un testimonio real anónimo.
Envía tus movidas a [email protected]