Sólo éramos un par de críos cuando Salva y yo empezamos a salir y, aunque al principio yo no estaba muy convencida con aquella relación, terminé enamorándome hasta las trancas de quien había sido mi mejor amigo. Formábamos parte de la misma pandilla desde hacía siglos, pero durante la época del instituto coincidimos un par de años en la misma clase y desde entonces pasamos de ser colegas a hacernos íntimos. Era un secreto a voces que Salva estaba colgado de mí desde mucho antes de hacernos tan amigos. Y digo que era un secreto a voces porque él mismo se encargaba de decirme abiertamente que le volvía loco, pero yo no me sentía atraída por él.
Y entonces, cuando más convencida creía estar, algo cambió. No puedo explicar qué fue ni tampoco cuándo, pero lo cierto es que a medida que fueron pasando los años, me di cuenta de que empezaba a sentir una especie de hormigueo en la boca del estómago cuando le veía aparecer y una noche, sin comerlo ni beberlo, cuando nos fuimos a despedir para irnos a casa, me di cuenta muy sorprendida de que me iba con ganas de haberle besado. Aquello fue un shock para mí, después de tanto tiempo dándo largas y quitándole hierro al asunto, días después terminamos liados y empezamos a salir.
Desde el principio hubo algo dentro de mí que me decía que quizá me estuviera precipitando y confundiendo el cariño con algo más profundo. Qué distinto hubiera sido todo si le hubiera hecho caso a esa vocecita que murmuraba en mi interior en lugar de acallarla y dejarme llevar. Los primeros meses fueron como la seda, era como si nada hubiera cambiado; él y yo seguíamos siendo los mejores amigos del mundo pero ahora, además, salíamos juntos. Era perfecto. Sin embargo, todas sabemos que los cuentos de hadas no existen y que los príncipes azules terminan destiñendo. Y eso fue precisamente lo que ocurrió con Salva.
Yo me enamoré era una persona divertida, noble y con un corazón enorme; un tío que nunca jamás hubiera hecho nada que pudiera lastimarme. Pero el chico que estaba a mi lado resultó ser alguien sumamente egoísta, misógino, inmaduro y celoso; aquel chico que me había tratado tan bien y me había querido y respetado tanto, se había evaporado. A pesar de todo, yo intenté salvar lo nuestro a capa y espada pero lo único que recibí fueron continuas humillaciones y faltas de respeto amén de unos cuernos como una casa. Un amigo en común me confesó que mi novio me los estaba poniendo muy bien puestos con otra chica, así que con todo el dolor de mi corazón decidí que no podía soportar que me hiciera más daño y corté con él.
Durante un tiempo intentamos ser amigos por el bien de la pandilla pero los celos de Salva volvieron a aparecer de nuevo cuando se enteró de que estaba conociendo a otro. Nos enzarzamos en una discusión vía whatsapp porque valiente, lo que se dice valiente, Salva nunca había sido. Después de un rato discutiendo, me extrañó muchísimo dejar de recibir respuesta, pero lo comprendí todo cuando escuché a mi padre blasfemar como un poseso y acordarse de los muertos más frescos de Salva desde la otra punta de la casa.
Resulta que el muy imbécil me había escrito el típico mensaje de despecho en el que me decía que yo había sido su juguete, que sólo me había utilizado para echar unos cuantos polvos, que no servía para nada más, que no se arrepentía de haberme engañado y que tarde o temprano el chico con el que estaba ahora también se daría cuenta de lo poco que valía como mujer. Pero meeeec. Error.
Había sido tan inútil de enviárselo a mi padre por error, quien me enseñaba el mensaje con la cara encendida de rabia amenazando con ir a su casa y “borrarle la cara a guantazos”. Por suerte, pude tranquilizar a mi padre y todo quedó ahí. Pero mi padre no olvidó nunca ese mensaje.
Semanas más tarde, (sí, semanas) Salva se disculpó conmigo y me dijo que trasladara sus disculpas a mi padre, que quería que fuéramos amigos y que todo volviera a ser como antes. Como acto de buena fe, decidimos ir todos juntos a un concierto y la verdad es que todo iba sorprendentemente bien, pero cuando nos disponíamos a entrar empecé a encontrarme tan mal que terminé llamando a mi padre para que viniera a buscarme no sin antes rogarle que no montara el pollo cuando viera a Salva. Cuando apareció con cara de asesino, Salva no sabía dónde meterse y, no sé si por sus ganas de aparentar ser más machote de lo que realmente o porque realmente quería enmendar su error, fue a saludarle amigablemente pero cagado de miedo. Intentó sacarle conversación, preguntarle cómo iba todo, pero mi padre le dio la mano con una expresión pétrea en el rostro sin decir una sola palabra y, sin dejar de mirarle, me pidió que subiera al coche para volver a casa.
Me despedí de mis amigos y antes de marcharme, eché un último vistazo a Salva, que seguía en el mismo lugar como si se hubiera petrificado, con la cara descompuesta. Reconozco que una parte de mí se sintió complacida. Con todo, agradecí a mi padre que se hubiera comportado y no hubiera montado el pollo por el tema del mensaje, ya que habría sido muy violento y mis colegas no tenían culpa de nada. Al día siguiente me enteré de que Salva tenía varios dedos de la mano (la que mi padre le había estrechado) inmovilizados a causa de una serie de fisuras. Cuando le pedí explicaciones a mi padre, sólo me dijo “te prometí que no montaría el pollo y no lo hice”. Desde aquel día, Salva siempre me trató con educación pero no volvimos a ser los amigos que fuimos y mi padre pasó a ser el “Chuck Norris” entre mis amigos.
