Cuando finalmente pronuncié en serio y con todas las letras la palabra «divorcio», sentí que por fin estaba apostando por mi felicidad. Sabía que era lo que había que hacer, aunque tuviera muchísimo miedo de los cambios que vendrían. Llevábamos años y años arrastrando un malestar asfixiante en casa, una convivencia que se había convertido en un campo de minas. Si no habíamos dado el paso antes fue por el estúpido «qué dirán» y por el terror a desestabilizar a nuestros hijos, un niño de diez años y una niña de catorce, a qué el divorcio fuese peor para ellos que mantenernos unidos. Pero llegó un momento en que lo vi: era completamente absurdo seguir juntos así. Nos pasábamos el día discutiendo y los niños eran los primeros que sufrían las consecuencias al escucharnos. Además, yo ya le había perdonado dos infidelidades pasadas en un intento desesperado de mantener a la familia unida, pero cuando empecé a sospechar firmemente que había una tercera, supe que por ahí no iba a pasar. Nunca pude demostrarlo y él, por supuesto, siempre lo negó todo. Al final, fui yo quien le pidió el divorcio; sencillamente, no podía más.
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Curiosamente, y a pesar de lo mal que estábamos, él se lo tomó fatal. Se inició una dura batalla en los juzgados. El divorcio se formalizó con custodia compartida, cosa que mi ex no quería bajo ningún concepto; él quería la custodia completa para sí mismo. Creyó que podría castigarme arrebatándome a mis hijos solo porque estaba rabioso de que yo hubiera sido quien le pidió el divorcio formalmente. Durante el proceso, usó los métodos más rastreros imaginables. Alegó que él ganaba muchísimo más dinero que yo, que teletrabajaba mientras que yo estaba todo el día trabajando fuera de casa, e insinuó ante el juez que no los atendía debidamente o que les mal-alimentaba con comida rápida cada dos por tres, cuando el adicto a cierta cadena de hamburguesas de comida rápida era él, y por eso las comían al menos una vez en semana. También dijo que los niños preferirían, aunque no lo dijeran, estar con él, porque pasaban más tiempo a su lado en su día a día (como si hubiera sido alguna vez el padre del año, vamos, que la que estaba siempre encima de los niños era yo, el solo hacía lo justito) y un largo etcétera de acusaciones. Pero por fin se había acabado y la justicia nos dio la compartida. Todo había salido lo mejor posible, o eso pensaba yo en mi ingenuidad.

Me equivocaba. Mis hijos empezaron a llegar de cada periodo en casa de su padre cargados con regalos carísimos y desproporcionados. Aparecían con teléfonos móviles de último modelo, tablets y iPads, videoconsolas nuevas, decenas de videojuegos recién salidos, e incluso maquillaje para mi hija. Él adoptó de forma muy calculada la postura de ser el padre permisivo para que yo quedase como la aguafiestas que establecía las restricciones.
Siempre habíamos dicho que los niños no debían tener dispositivos electrónicos a tan pronta edad, así que en el caso de mi hijo pequeño aún no debía tenerlos, y ahora los tenía por decisión unilateral de él, y para colmo sin control parental. Los videojuegos debían tener horarios límite y eso de comprar todo el tiempo el último modelo que salía no ocurría jamás antes. Ahora jugaban a todas horas cuando estaban con su padre y le faltaba tiempo para comprarle todo lo que pedía el niño. El tema del maquillaje de mi hija había sido muy discutido conmigo en casa, y ahora su padre le compraba el maquillaje cuando antes él mismo pensaba que no debía usarlo a tan pronta edad. Mis hijos, efectivamente, empezaron a preferirle a él, simplemente porque él siempre quedaba como el bueno de la película. Estaba consiguiendo manipularlos a su antojo y a mí se me partía el alma.

Pero entonces cometió un grave error: subestimó el cariño que me tenían mis hijos, a pesar de todo su plan. Ahora que creía que ya les tenía en la palma de la mano, se le ocurrió la feliz idea de empezar a hablar mal de mí en presencia de los niños. Ellos me lo contaban cuando llegaban a mi casa, visiblemente incómodos. Y un día, al parecer, se pasó de la raya. Les dijo que, si querían, no tenían por qué volver a verme, que podían quedarse viviendo con él para siempre. Que ya buscarían la manera de arreglarlo.
Entonces mi hija mayor saltó como un resorte, cabreada, y le soltó que no volviera a decir eso jamás en la vida, que ellos querían a su madre y que no pensaban lo mismo que él. Mi hijo pequeño, que era el más tímido de los dos, se armó de valor y dijo que él quería me quería mucho aunque también le quisiera a él, y que tenía amor para los dos. Pese a su timidez, no se quedó callado, cosa que yo valoré muchísimo ya que le conocía muy bien y sabía que le habría costado un mundo hacerlo. La mayor, sin embargo, manejaba mucho más carácter, y ese día explotó. Se escapó de casa de su padre y apareció por mi casa llorando y diciendo que no quería volver a verle.
A pesar de que odiaba profundamente lo que había hecho mi ex, me tragué mi rabia. Senté a mi hija, la calmé y le aconsejé que no pensase así, porque al fin y al cabo era su padre y le quería, igual que él a ella. Tenía muy claro que no iba a ponerme a la altura de mi ex intentando alejarles de él o envenenándolos en su contra. Eso no sería bueno para mis hijos, lo tenía cristalino. Ellos eran y siempre serían la prioridad.

A partir de entonces, no hubo regalo o consola que pudiera convencerles de que estaban mejor con él. Porque, como le dijo mi hija mayor el día que se escapó de casa de su padre, para ellos su madre era sagrada. Yo lo notaba, volvía a sentir a mis pequeños conmigo, apoyándome incondicionalmente. Y a partir de entonces, al fin, sí que sentí que podía relajarme de verdad.