Desde el principio los rumores de infidelidad por parte de mi ex fueron la tónica habitual en nuestra  relación; vecinos que avisaban a mis padres de haberle pillado con otra, compañeros de trabajo que  me contaban cómo le habían visto irse en el coche con alguna compañera muy acaramelados,  amigos que se iban de la boca sin querer… Por supuesto, él lo negaba todo tajantemente y decía ser  la única víctima de una especie de complot hacia su persona por pura envidia.

Y si os lo estáis  preguntando, sí, yo fui tan imbécil como para creerle. Ahora, con el paso del tiempo y algunos años  de terapia, soy capaz de ver que la relación que tenía mi ex con el sexo no era sana en absoluto y  que, sencillamente, él lo tomaba como una forma de control más.

No le bastaba con controlar mi ropa, mis amistades, prohibirme relacionarme con otros hombres en  cualquier ámbito de mi vida, decidir cuándo y durante cuánto tiempo podía estar con mi familia,  controlar mi dinero, si seguía en un trabajo o por el contrario debía dejarlo, vigilar mis redes  sociales y mi teléfono… No, el sexo también era algo que estaba bajo su control, era otra manera de  dominarme y de sentir que él tenía el poder; era él quien dirigía nuestras relaciones cada vez más  humillantes y violentas, quien decidía por los dos con respecto a llevar a cabo ciertas prácticas.

Fantaseaba con hacer un trío con otro hombre y conmigo, algo completamente normal si no fuera  porque le daba morbo que esa otra persona totalmente desconocida no usara preservativo. Cuando  me negué, él se enfadó y me dijo que si el otro tío me lo hacía con protección, no tenía gracia.  Nunca llegamos a hacerlo, pero aún así, no fui capaz o no quise ver aquella red flag como una  catedral. 

Lejos de avergonzarse de su actitud, me decía que debía estar agradecida de cómo se comportaba  conmigo y de su supuesta fidelidad, ya que él no pagaba por sexo como algunos de sus amigos, que  dedicaban parte de su sueldo a ello. Curiosamente, meses después, tras hacerme un examen  ginecológico de rutina, el médico me dijo que tenía antiguas lesiones en el cuello del útero  compatibles con VPH y que quería hacerme más pruebas para descartar otras ETS. Después me  enteraría de que además tenía clamidia.

Me preguntó si mantenía relaciones seguras, si tenía  muchos compañeros o compañeras sexuales a lo que yo, en estado se shock, le contesté que desde  hacía muchos años sólo me acostaba con mi pareja, que lo hacíamos sin preservativo porque yo  tomaba la píldora. Cuando le pedí explicaciones se lavó las manos y me culpó a mí, a pesar de que  él era la única persona con la que yo lo había hecho sin protección en toda mi vida. Y yo le creí. Me hizo sentir como una fulana infecta durante mucho tiempo.

Me encantaría deciros que mandé a paseo a mi ex en ese preciso momento, pero no fue así.  Tuvieron que pasar un par de años más para que yo me armase de valor y pusiera fin a aquella  relación de mierda.

Con el paso del tiempo, pude rehacer mi vida junto a otra persona que cambió  absolutamente todo para mí, que me enseñó a querer y a ser querida desde el verdadero amor, desde el respeto y la admiración. Después de mucho hablar del tema y alcanzar cierta estabilidad  económica, decidimos que queríamos dar el paso e intentar ser padres. Sin embargo, los meses  pasaban y no conseguíamos dar con ese ansiado positivo, así que decidimos ponernos en manos de  profesionales.

Tras hacernos algunas pruebas, la histerosalpingografía reveló que una de mis  trompas estaba obstruida y la otra inflamada a causa de una hidrosalpinx, por lo que  lamentablemente, nunca podría quedarme embarazada de manera natural. El palo fue muy duro.  Cuando le pregunté a la doctora a qué se debía esa inflamación, me dijo muy apurada que  normalmente estaba causada por una ETS como la clamidia. De repente, me faltaba el aire. 

De nuevo, la culpabilidad. Yo tenía la culpa de que mi chico no pudiera ser padre, no de forma  natural al menos. No sólo eso, sino que además tendría que someterme a una cirugía para extirpar  esa trompa inflamada si quería que la fecundación in vitro tuviera mayor tasa de éxito.

Aunque mi  chico jamás me echó nada en cara y trató de animarme haciéndome ver que aún quedaba esperanza  para nosotros gracias a los adelanto en medicina reproductiva, durante algún tiempo me encerré en  mi misma. No era capaz de levantarme de la cama, me enfadaba porque nadie comprendía mi duelo, lo que significaba el hecho de operarme y quedar con una única trompa, también inservible.

Lloré y  lloré durante semanas, quise buscar a mi ex y matarle con mis propias manos, quise matarme a mí  misma por haber sido tan estúpida de haber desperdiciado mi tiempo y mi salud con una persona que ni me quiso ni me respetó.

Sin embargo, un día leí algo que cambió mi forma de verlo todo y es que, en la vida nos sucederán cosas horribles que no podremos evitar ni cambiar, pero sí tenemos el  poder de decidir cómo nos enfrentamos a ello.

Finalmente, me practicaron la salpingectomía para extirparme la trompa afectada. Mi chico siempre estuvo a mi lado, queriéndome, dándome ánimos, tirando del carro por los dos cuando yo no tenía  fuerzas y le estaré eternamente agradecida. Fue un proceso duro y asimilarlo no fue fácil, nuestra  vida sexual se vio afectada porque yo era incapaz de mantener relaciones sin pensar en que nunca  podría quedarme embarazada de aquella forma.

Nunca me sentí presionada para tener sexo, sólo  pasé página cuando me vi capaz de hacerlo. Así que unas semanas después me recuperé y me dije a  mí misma: querida, una lloradita y a seguir. Y así lo hice. Ahora estamos en lista de espera para  poder someternos al primer intento de FIV, llenos de esperanza y con muchas ganas de continuar  luchando para tener a ese bebé en nuestros brazos. Aunque de vez en cuando la rabia se apodere de  mí, no voy a dejar que el pasado enturbie mi futuro, no pienso cederle de nuevo el poder a mi ex.

Escrito por Mar Martín basado en una historia real