Conocí a Álvaro en un momento de mi vida bastante feo y complicado. Yo acababa de llegar de mi país, Argentina, acompañada de mi novio de aquel entonces; un niñato con la responsabilidad emocional de un ladrillo. Fue él quien me convenció para dejarlo todo, amigos, familia y trabajo, para venir a España a ganarnos la vida y empezar desde cero. Yo lo veía tan increíblemente romántico que acepté sin pensarlo dos veces. Como cabía esperar y todo el mundo sabía de antemano menos yo, la cosa acabó fatal. Me dejó a los tres meses de estar aquí, volvió a Argentina y me quedé completamente sola y sin un duro.
Por suerte, soy una mujer bastante resolutiva, positiva y echada para adelante, así que no me amedrenté y en seguida encontré trabajo y casa. No obstante, me sentía tremendamente sola y aunque todo empezaba a ir bien, yo no lo estaba en absoluto. Fue en ese momento que conocí a Álvaro, el amigo de una compañera de trabajo. Me encantó desde el principio, era todo lo que mi ex nunca había sido: un chico formal, serio, responsable, con las ideas claras. Sin embargo, lo que más me sorprendió de él fue que no trabajaba, yo no entendía nada. ¿Cómo era posible?
Llevaba un tren de vida bastante alto, íbamos a cenar o de viaje a sitios que a mí se me iban totalmente de presupuesto pero que a él no le suponían nada, se gastaba bastante dinero en relojes y ropa… Resulta que su familia tenía mucho (y cuando digo mucho es MUCHO) dinero, tenían decenas de pisos por la ciudad y vivían, entre otras cosas, de las rentas. Cuando conocí a su madre no pude sentirme más fuera de lugar; yo venía de una familia humilde y aquella mujer parecía una duquesa con collar de perlas. Me miraba como si yo fuera un insecto.
No me pilló por sorpresa comprobar que tenía a su hijo completamente manipulado a su antojo, que era ella quien decidía casi todo en la vida de mi pareja y que a él le parecía estupendo. Durante el tiempo que estuvimos juntos, él no hizo nunca por vivir su propia vida lejos de las faldas de su madre y tampoco abrió la boca cada una de las veces que me humilló debido a mi procedencia. Cuando ya llevábamos unos meses juntos, mi casero me subió el alquiler y me puso un precio desorbitado al que difícilmente podría hacer frente, así que Álvaro me ofreció uno de sus pisos a un módico precio. Yo acepté.
La casa en sí era pequeñita, un bajo en el que apenas entraba la luz, pero yo estaba encantada con el precio y con saber que el casero era mi pareja y que no tendría problema alguno. Digamos que me dio bastante tranquilidad. Sin embargo, con el paso del tiempo nuestra relación empezó a resentirse; yo no podía vivir con su madre entrometiéndose en nuestra vida constantemente, haciéndome de menos, y él se puso de su parte, así que después de cuatro años de relación, decidimos romper. Con todo, Álvaro me dijo que podía seguir allí de alquiler y así lo hice.
Durante el año siguiente, pagué mis mensualidades religiosamente aunque no volvimos a dirigirnos la palabra. Cada uno rehizo su vida y santas pascuas. Hasta que un día, supe que su madre había fallecido y, por supuesto, me puse en contacto con él para darle el pésame. Hablamos durante un rato, nos pusimos al día y me propuso tomar un café algún día. Desde aquella conversación, empezó a escribirme casi diariamente hasta que me confesó sus intenciones: quería volver conmigo. Yo le dije que lo sentía pero que ya no estaba enamorada y él me pidió que al menos hiciera el esfuerzo para seguir siendo amigos, lo cual me pareció genial.
Sin embargo después de aquello tuve como un presentimiento, como si algo dentro de mí me dijera que debía tener cuidado porque quizá hubiera herido su ego y él podía vengarse dejándome en la calle. Y debo tener mi parte de bruja, porque acerté de lleno. Días después le escribí diciéndole que esperaba no haberle hecho daño y que como buenos amigos que intentábamos ser, me preocupaba su bienestar. Me dijo que estaba perfectamente, que no me preocupara por nada. Las semanas fueron pasando y un día que volvía del trabajo tan tranquila, un repartidor me entregó una carta certificada. Firmé esperando cualquier cosa menos lo que encontré dentro.
Era un burofax en el que Álvaro, a través de sus abogados de apellidos compuestos, me informaba de que debía abandonar la vivienda por «necesidad del arrendador». Es decir, que tenía ochocientos pisos por ahí, pero daba la casualidad de que necesitaba con urgencia el mío. Y ni siquiera tuvo el valor de decírmelo a la cara después de cuatro años de noviazgo. Tal y como mi intuición me había avisado, se había cobrado su venganza. Intenté llamarle pero me había bloqueado de todas partes.
Me costó dios y ayuda dar con una casa que reuniera las condiciones idóneas y que sobre todo, me pudiera permitir, pero lo conseguí. Cuando llegó el día de devolver las llaves, Álvaro ni siquiera se presentó, envió a un gestor a recogerlas en su lugar. Cobarde hasta el final. Pero lo cierto es que lo agradecí. Salí por la puerta sin mirar atrás, de camino a mi nueva casa y pensé en lo cierto de aquel refrán: hay gente que cuanto más tiene, más quiere.
Escrito por Mar Martín basado en un testimonio real.
