Sé que es muy difícil ponerse en la piel de alguien sin saber los motivos que la llevan a tomar las decisiones que toma. Sé que desde fuera es obvio lo que debería hacer y no hace, lo que no debería consentir y consiente. Pero nadie debería juzgar si no está exactamente en la posición del otro, si no vive su vida, si no calza sus zapatos… Por eso pido el máximo respeto para este relato que me fue transmitido con mucho dolor todavía a pesar de los años, pero que su protagonista creyó que sería terapéutico para ella compartirlo y creer que a alguien le puede resonar algo en su mente y mejorar su futuro sabiendo que no está sola.
“Mi nombre es Virginia y estuve 15 años con un hombre que no fue bueno para mí. Al principio si, claro. Todo eran flores y palabras bonitas. Pero desde el primer día de convivencia tuve claro que en esa relación yo no valía lo mismo que él y debía ganarme el derecho a estar allí, a merecer su cariño. Si me castigaba con su desprecio yo entendía que me lo merecía.

A las que preguntan por qué no nos vamos cuando recibimos la primera bofetada: porque hace tiempo que crees merecértela, porque es casi un alivio, porque el dolor del golpe no es ni una milésima parte de lo que hace tiempo que te duele el alma…
Tras 15 años con aquel hombre conseguí separarme. No fue fácil y, aunque lo amenacé mil veces con denunciarlo y él se burlaba de mí, un día tuve tanto miedo que, cuando me pude levantar solamente dije “Me voy” y él, como si entendiese que había llegado al límite, me dejó marchar.
Me pidió que no contase nada a nadie, dos semanas más tarde me contó que había empezado a ir a terapia, que sabía que lo había hecho mal conmigo y que se arrepentía muchísimo. Me prometió que sería un buen hombre pronto. Sabía que yo no querría nada con él nunca más, pero creía que era justo que supiera que ninguna mujer sufriría lo que yo por su culpa.
Podéis llamarme tonta, pero me lo creí. Pensé que se curaría. Creí que su conciencia había podido y que lo haría bien. Me contaba cómo le iba la terapia. Que la psicóloga le decía que no debía hablar conmigo, pero que eso era porque no entendía la relación tan especial que teníamos.

Él se echó novia. Era una chica bastante rara y con carácter. Lo sabía por él y porque había venido a mi trabajo a decirme que sabia quien era y me quería lejos de su hombre. Muy normal todo…
El caso es que él seguía confiando en mi para hablar, para compartir preocupaciones, para expresar sus miedos, sus dudas… y yo creía que podía ayudarlo.
La primera vez que ella se fue unos días de la ciudad a ver a su familia, él me pidió vernos. No habíamos hablado en persona desde que me había ido de su casa llena de negrones con dos costillas y el pómulo roto. Después de dos años de amistad sana, podía verle y ser su amiga.
Tomamos un café en un lugar público. Me agradeció con sinceridad que acudiese a su llamada. Me dijo que quería disculpase de nuevo por todo lo malo que me había hecho, por todo lo que había vivido a su lado sin merecer nada de aquello. Lloro con un niño pequeño de arrepentimiento. Me dio mucha ternura.
Me contó de su relación. Me dijo que ella era muy celosa y que le venía bien estar con alguien con tanto carácter para poner a prueba su terapia.
La conversación fluía. Era tan normal, tan natural, que no desconfié cuando me pidió que lo acompañase a su casa un momento.
Entré en aquella casa de horrores para mí en el pasado sin saber que sería nuevamente mi jaula de tortura. Al momento de entra, él cerró la puerta con llave, me tiró al suelo de una bofetada y no sé cómo lo hizo, pero antes de que pudiera sujetarme la cara con las manos, él ya estaba encima de mí sin ropa.
Fueron 3 días de abusos, golpes e insultos sin parar. Tres días en que solamente quería entender en qué momento había vuelto a aquello.
El tercer día, después de varias horas de tortura sexual, se fue a la ducha y al salir volvía a ser aquel cachorro arrepentido. Me dijo que lo sentía mucho, que sentía una enorme rabia por no haberse podido despedir de mi en condiciones tras tantos años juntos, que aquello había sido horrible por su parte, pero que lo necesitaba para cerrar un ciclo. Que lo sentía mucho, que no volvería a ocurrir. Que nunca nadie ocuparía mi lugar en su corazón y que siempre me querría.

Podéis creer que soy idiota, pero me conmovió verlo tan destrozado. En su cabeza él me quería y sabía que si no era a la fuerza no volvería a estar con él.
Unos meses después tuvo un accidente y me llamó. Fui a verlo. Estaba muy mal y, creyendo que moría, se disculpó de nuevo conmigo. Yo le ayudé con la recuperación. No quise verlo más, pero le dejaba que me llamase si me necesitaba y, al parecer, me necesitaba siempre.
Nos volvimos muy amigos y, cuando se recuperó, su novia fue a ver su familia de nuevo. No sé en qué pensaba cuando accedí a ir a verle. Creía que no podría moverse mucho, pero a los dos minutos de entrar, en el suelo y con la ropa interior rota comprobé que mentía de nuevo.
Esta vez fueron cinco días.

No. No denuncié. Sé que debería, todavía sigo en terapia. No sabéis cuanto me costó romper el contacto definitivamente. La dependencia emocional que yo tenía de él, la culpa que sentía por dejarlo solo cuando él quería mejorar… Es muy complejo todo lo que siento. Es muy doloroso saberse víctima y, sin embargo, seguir sintiéndome culpable. Porque él es así solo conmigo, solo yo despierto a le bestia que lleva dentro. Soy yo. Es mi culpa.
No pretendo que me entiendas, pero por favor, respeta mi dolor y mis decisiones. Y, si vives algo similar, aunque duela, sal de ahí. Y si puedes hacerlo, denuncia. Y si no puedes hacerlo, no te sientas mal por ello. El objetivo principal es sobrevivir y, si puedes lograrlo, cada nuevo día será un regalo. “

Y hasta aquí una parte del relato de Virginia. Una superviviente. Una víctima.
Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.
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