Cuando conocí a mi ex pensé que era una mujer maravillosa. Inteligente, divertida, trabajadora y con una capacidad asombrosa para encontrar ofertas. Era capaz de ahorrar veinte euros en una compra de cien utilizando cupones, promociones y descuentos a través de mil apps. Todo iba bien hasta que cumplimos los treinta y pocos. Fue entonces cuando apareció el tema del hijo.

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Al principio era algo ocasional. Algún comentario sobre lo monos que eran los bebés, alguna foto de un sobrino, una historia sobre una compañera de trabajo que acababa de ser madre… Yo escuchaba con educación mientras pensaba en cosas importantes, como dormir ocho horas seguidas o terminar una serie sin quedarme dormido en el sofá.

Con el tiempo la frecuencia aumentó. Empecé a sospechar que existía una conspiración mundial porque, de repente, todo el mundo a nuestro alrededor tenía hijos. Amigos, compañeros de trabajo, vecinos, primos lejanos y personas que ni siquiera parecían especialmente preparadas para que les sobreviviese un cactus. Mi ex observaba aquello con ilusión. Yo observaba las ojeras de los nuevos padres. La diferencia de enfoque era considerable.

Cada vez que visitábamos a alguna pareja con un bebé, ella regresaba encantada. Yo regresaba convencido de que los métodos anticonceptivos eran uno de los mayores logros de la humanidad. Mientras ella veía sonrisas, ternura y milagros de la vida, yo veía personas que hablaban como rehenes. Siempre decían que estaban felices, pero lo hacían con la mirada perdida y una taza de café del tamaño de un florero entre sus manos.

Lo que terminó de convencerme ocurrió durante una comida con unos amigos que acababan de tener gemelos. Llegamos a las dos de la tarde. A las tres ya habían limpiado dos vómitos, cambiado varios pañales y evitado que uno de los niños intentase comerse el mantelillo de la mesa. A las cuatro el padre se estaba quedando dormido sentado mientras sosteniendo una cucharilla. Aquello no parecía una familia. Parecía un documental de supervivencia extrema. Me río yo de Supervivencia al desnudo.

Cuando nos fuimos, mi ex comentó que los bebés eran preciosos. Yo comenté que el padre había pestañeado tres veces en toda la tarde. Ella seguía insisting en que exageraba. Decía que tener hijos no era tan duro como parecía. Curiosamente, todas las pruebas que utilizaba para sostener esa teoría procedían de personas que no habían dormido una noche completa en años. Era como pedir consejo financiero a alguien que vive debajo de un puente.

Todo esto no bastaba para que entendiese que yo no quería hijos (y creedme que sabía mi opinión desde que empezamos la relación), porque empezó a enviarme vídeos de redes sociales. En ellos aparecían bebés sonriendo, riendo o dando sus primeros pasos. Jamás aparecían las partes interesantes. Nunca enseñaban al niño llorando a las tres de la mañana porque sí, a los padres discutiendo por quién había dormido menos, o de dónde había salido la mancha pegajosa del sofá. Aquello era publicidad engañosa. Yo respondía enviando artículos sobre la importancia del descanso, los efectos de la privación de sueño y las ventajas de una siesta bien aprovechada.

Nuestra relación se convirtió en una especie de guerra fría. Finalmente tuvimos una conversación seria. Ninguno de los dos estaba equivocado. Simplemente queríamos cosas distintas. Ella soñaba con formar una familia numerosa, aunque se conformaba con uno. Yo soñaba con despertarme un sábado a la hora que me diese la gana. Y por mucho que algunas personas quieran venderlo como una decisión sencilla, la realidad es que no lo era.

Terminamos separándonos de forma bastante civilizada. Sin peleas ni echándonos nada en cara. Simplemente entendimos que ninguno iba a cambiar de opinión. Han pasado varios años desde entonces. Ella rehízo su vida. Tuvo dos hijos. Por las fotos parece feliz. También parece cansada, pero feliz. Yo también rehíce mi vida. Sigo sin hijos. A veces me encuentro con conocidos que me preguntan si me arrepiento. La respuesta siempre es la misma: no. Los dos acabamos consiguiendo exactamente la vida que queríamos. La diferencia es que ella la comparte con dos niños. Y yo la comparto con una almohada viscoelástica que jamás me ha despertado a las cuatro de la mañana.