Puto mentiroso. Mentiroso de mierda. Así, tal cual y sin vaselina, chicas. A mí, podéis tacharme de ingenua, de ilusa. De imbécil o gilipollas, directamente. Lo tolero, lo entiendo y no seré yo la que os lleve la contraria.
Mi (ex) marido y yo tenemos (teníamos) cuentas separadas, pero vamos a gastos divididos. Os explico: él se encargaba del alquiler, suministros, gastos cotidianos; mientras que mi cuenta era para las compras del supermercado, el ocio y los gastos inesperados. Nos había funcionado bien esta técnica hasta que, de repente, echaron a mi marido del trabajo y él decidió, unilateralmente, ocultármelo durante… ¿un año? Algo más, incluso. Y os preguntaréis, ¿cómo no te has enterado? Pues, amigas, resulta que he descubierto su faceta de artista del engaño. Él mantenía sus horarios, los cambios de turno, sus días libres, vacaciones… ¡Salía con los colegas cada miércoles! Todo parecía normal. Os prometo que no noté nada raro en ningún momento.

Más mentiras y más deudas
En cambio, a mis espaldas, sus números rojos iban aumentando cada vez más y más. Empezó pagando tarde y mal al casero, cuando vio que su cuenta bajaba a un ritmo estrepitoso. Lo siguiente fueron los suministros que, por según no sé qué ley, no pueden cortar inmediatamente tras los primeros impagos y, al principio, la deuda pasó desapercibida. Lo único reseñable que noté fueron demasiadas visitas al taller o al dentista que requerían sacar dinero de mi cuenta ya que, tal y como os expliqué, se considerarían gastos inesperados y puntuales. O, por ejemplo, me pidió dinero para comprar mi regalo de cumpleaños y yo “sentí” que no correspondía el valor del regalo a lo que le había dejado. Sin embargo, nunca desconfié de él. Pensé que le habrían “timado” por comprar de última hora y no valorar otras opciones más baratas. En cualquier caso, él sacaba pasta de mi cuenta inventándose averías y empastes dentales hasta que al situación fue insostenible y tuvo que confesar.
La cantidad de impagos, y sus respectivos intereses, lo ahogaron y se vio “obligado” a compartir la realidad. Confesó que esperaba resolver su situación laboral antes de llegar al extremo. Se amparó diciéndome que no quería preocuparme, que se creía capaz de conseguir otro trabajo antes de reconocer que había sido despedido del suyo, un despido procedente derivado de un error gravísimo que cometió. Avergonzado, buscó a la desesperada opciones mientras intentaba fingir que nada había cambiado. Pero todo había cambiado. Debíamos más dinero de lo que teníamos ahorrado en mi cuenta y nos enfrentábamos al corte de suministros, a la multa por impago de la letra del coche y a una orden de desahucio.

La verdad y un divorcio
Afronté lo que pude, pero quedaron flecos pendientes, como parte del alquiler, y me tuve que ir a casa de mi madre. Sola, sin el coche y sin él. Le pedí el divorcio. Creí que me imploraría perdón, que me suplicaría volver, pero no. Lo que recibí fue una demanda en la que se me pedía, a pesar de mi esfuerzo por limpiar deudas, una compensación económica porque el señorito, con sus enormes pelotas, no estaba trabajando. Por supuesto, mi abogado consiguió que su petición no saliera adelante y pude librarme de semejante ser traidor y mentiroso. Ahora, con treintaitantos, soy un “parasito” a mi madre (le paso dinero, no sufráis: es una expresión) e intento recuperarme amorosa y económicamente.
Relato escrito por una colaboradora basado en la historia real.