Odio viajar en avión, pero esta vez no tenía escapatoria. La boda de mi prima se celebraba al otro lado del país y no me apetecía pasar un porrón de horas en tren o autobús para llegar agotadas. Así que me hice a la idea y compré mi billete de avión. Aerolínea lowcost, por supuesto, que está la cosa fatal, aunque al final eso no sea garantía de viajar económicamente, ya que entre la maleta, el asiento, el seguro de cancelación, etc, esto es de todo menos barato.
En fin. Elegí el pasillo por comodidad, aunque fuera más caro, porque no me quería arriesgar a que me tocase en el centro. Soy una mujer grande en líneas generales, tanto de altura como de kilitos de más, y con lo nerviosa que me pongo al volar era mejor no sumarle más estrés al asunto. Además, pagué otro plus para tener un asiento con más espacio para las piernas, debido a mi altura. Me salió una advertencia al seleccionarlo: no podían viajar en esos asientos personas discapacitadas, dependientes o con un grado de obesidad incapacitante que le impidiera el movimiento, y en general cualquier persona que no se pudiera mover por sí misma, ya que estos asientos de más espacio se colocan en las salidas de emergencia. «Ok, yo no entro en ninguno de esos grupos excluyentes, no hay problema», pensé. Soy alta y tengo kilos de más, pero voy al gimnasio cinco veces por semana, así que os podéis imaginar que la movilidad, fuerza o agilidad no entran dentro de mis problemas. Así que seleccioné el asiento y pagué por él.
Llegué puntual, facturé mi maleta, pasé el control sin problemas y esperé pacientemente en la puerta de embarque. Una vez dentro, me quité la sudadera para no morirme de calor, cogí mi libro para tenerlo a mano y puse mi bolso bajo el asiento, como es habitual. Y me dispuse a ponerme el cinturón. Intenté ajustarlo como siempre había hecho, pero aquello no cerraba. Estaba a punto, apenas dos centímetros lo evitaban. Encogí el abdomen hacia dentro y lo pude cerrar. Pero aquello era horrible, me sentía súper apretada, se me clavaba y dolía. Así que, pese al apuro que me daba, me dirigí a la azafata para pedir un alargador del cinturón de seguridad. Mejor pasar por eso que viajar con un cinturón que me cortaba la circulación, o peor, sin protección.

En voz baja, le pedí el alargador. Me miró de arriba a abajo, juzgándome, y me respondió «No. No podemos dar extensores en esta fila de asientos». Me quedé perpleja y le pedí que se explicase. Con cierta sorna, como si estuviera hablando con alguien idiota, me dijo: «En estos asientos está prohibido proporcionar extensores del cinturón, por razones de seguridad, ya que está la salida de emergencia».
Llegados a este punto, la gente empezaba a mirarnos y yo me debatía entre la vergüenza y la indignación. Le dije que eso no estaba en la web, que yo había pagado un plus por mi asiento y que era una persona con movilidad más que plena, que era lo que se advertía antes de comprarlo, incluso le enseñé en mi móvil lo que decía la web de la aerolínea al respecto. Le expliqué que yo no suponía ningún tipo de riesgo de seguridad a la hora de una evacuación, pues era una persona perfectamente funcional como otra cualquiera, y que estaba en mi derecho de viajar en el asiento que había pagado por comodidad debido a mi altura. Pero ella, que casi parecía divertirse con la situación, ignoró todo lo que le dije y llamó a dos compañeras más para que corroborasen su versión, lo cual hizo que medio pasaje estuviera atento a la situación, y en voz alta y clara, evidentemente a propósito, me dice «¿Has probado a intentar abrochártelo? Vamos, prueba, igual tienes suerte. Venga, vamos, póntelo». Quería humillarme frente a todos. La rabia que sentí me hizo hasta enrojecer. Pero yo, con toda la calma y educación que a ella le faltaba, le expliqué que sí, que me lo podía cerrar con esfuerzo, pero que simplemente quería el alargador para no pasar todo el viaje siendo estrangulada por el cinturón. «Pues o te lo pones, o te cambiamos de asiento».

En ese momento, recordé que unos meses atrás, en esas mismas circunstancias, había viajado a Roma en esos asientos y que al verme incómoda me habían proporcionado uno de esos alargadores sin ningún problema, y así se lo hice saber. «Pongo la mano en el fuego y no me quemo a que eso es mentira. Jamás nadie te ofrecería el alargador en estos asientos, ni siquiera con tu tamaño». Me quedé perpleja. Hasta ahí podíamos llegar. Le contesté que era una maleducada, que como se atrevía a llamarme mentirosa y a hacer referencia a mi físico de forma despectiva. Cogí mis cosas y le dije que me buscase inmediatamente ese otro asiento del que hablaba para reubicarme, porque no iba a seguir discutiendo con ella, pero la informé de que le pondría una reclamación nada más bajar. Y para mi sorpresa, se rió. Llegados a ese punto, juro que no la cogí de la coleta porque una nació señora y no va por ahí moñeando a nadie, pero ganas no me faltaban.

Han pasado cuatro meses de aquello y no he obtenido respuesta ninguna a mi reclamación. He entendido por qué se permitió el lujo de tratarme así y de, además, reírse cuando le dije que pondría una queja. Las reclamaciones no sirven para nada. He leído a otras personas contando casos así y de otra índole y que han tenido cero consecuencias. La azafata incluso se negó a darme sus datos para la reclamación, cosa que deben estar obligados a hacer, y aún así, no pasó absolutamente nada. Ni sus actos, ni su actitud, ni su discriminación, ni su falta de educación, ni mi dinero perdido, ni la falta de información de la web si es que esa prohibición era real. Nada tuvo ninguna consecuencia.
No sé si en las aerolínea de otro estilo será diferente, si esto ocurre por ser lowcost o solo tuve mala suerte, pero lo que tengo claro es que es la última vez que vuelo con ésta en cuestión.
Carol M.