El otro día se puso mi marido tontorrón y empezó a preguntarme por mis fantasías. Él esperaba que le dijera que montarme un trío con él y una tía, o hacerlo en los probadores de El Corte Inglés, así que cuando le solté aquello se quedó patidifuso.

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—Pues a veces me imagino cómo sería mi vida sin hijos y me encanta. Es mi fantasía más inconfesable.

Me miró como si no supiera si lo estaba vacilando o si me había dado un golpe en la cabeza. Pero no. Nunca había hablado más en serio. Mi mayor fantasía en este momento de mi vida es despertar un domingo a la hora que me de la gana, sin unas vocecillas que me llamen a las 7 de la mañana para que les haga el desayuno.

Mi querido esposo esperaba tener conmigo una conversación picante, y puede que algo de acción después de ponernos a tono hablando de fantasías sexuales. Sin embargo, yo me puse a describirle cómo sería mi día perfecto: me levanto a las once. Sin dibujos animados de fondo. Me hago un café, me siento en el sofá y disfruto de mi café caliente, pero caliente de verdad, no recalentado tres veces en el microondas.

Disfruto unos minutos del silencio, y luego enciendo la televisión y me pongo una serie. La que a mí me de la gana. Nada de Pokemon, nada de Doraemon. Quiero ver series sin preocuparme por el lenguaje que utilicen, o por las escenas sangrientas o salidas de tono.

Y después, lleno la bañera y me doy un baño de espuma, con bombas de jabón, aceites esenciales y una copa de vino blanco en la mano. No hay ruidos, nadie que me moleste, y puedo disfrutar de mi música sin que nadie me pida que le ponga Golden de las Huntrix una vez más.

 

En esta vida paralela no pedí reducción de jornada, ni dejé mi trabajo para quedarme en casa con los niños. En esa versión alternativa sigo aceptando reuniones a las seis de la tarde, me quedo a echar horas, aunque ni me las paguen. Me dan ese ascenso. Tengo tarjeta de empresa. Viajo por trabajo. Duermo en hoteles donde nadie me pide agua a las tres de la mañana.

En mi fantasía profesional nadie me mira con esa mezcla de compasión y sospecha cuando digo que tengo que irme antes, porque me han llamado de la guarde que el pequeño tiene fiebre. Soy productiva, eficiente, ambiciosa. Uso tacones sin pensar en si luego podré correr detrás de un niño de dos años que va como pollo sin cabeza.

Y mi dinero me lo gasto en mí. En bolsos. En ropa. En cremas carísimas para la celulitis. Me hago tratamientos faciales y voy a la peluquería sin calcular cuántos paquetes de pañales equivalen a esas facturas. Y me pego los viajes que siempre soñé: a Dubái, a Nueva York, a Las Vegas a ver a los Backstreet Boys. Y entonces Nick Carter me ve entre el público, se enamora locamente de mí y decide dejarlo todo para empezar una nueva vida a mi lado.

¡Suena maravilloso! ¡Me pongo a cien solo de imaginarlo!

Y entonces es cuando mi marido pregunta:

—¿En esa realidad alternativa existo yo?

Silencio incómodo. Entonces tengo que decidir si quiero ser totalmente sincera y empezar una bronca, o decirle lo que quiere escuchar.

—¡Claro, cariño! Si yo acabo rechazando a Nick Carter por ti.

No sé si se lo creyó. Me puso una cara muy rara.

Reconozco que me encantaría dormir ocho horas seguidas, gastar mi dinero solo en mí, e improvisar planes sin calcular horarios de siestas ni mochilas de merienda. Pero también me encanta pasar tiempo con mis hijos.

Fantasear con otra vida no significa que me arrepienta de la mía. Significa reconocer que cada decisión trae consigo una renuncia. Que cada sí que he dicho, me ha cerrado otros caminos. Y que es humano mirar de vez en cuando hacia ese universo paralelo y desear algo que no has tenido, donde tu mayor preocupación es elegir destino para vacaciones y no encontrar una guardería que también abra el mes de agosto.

Mi fantasía más inconfesable no es sexual. Es dormir. Es tener tiempo para mí. Es sentirme realizada laboralmente.

El ser humano es increíble, siempre deseamos lo que no tenemos. Yo estoy segura de que si hubiera elegido no tener hijos y me hubiera centrado en mi trabajo, ahora tendría un puestazo pero me sentiría incompleta por no haber sido madre.

Y lo más irónico de todo es que, después de contárselo a mi marido, después de recrearme en mi vida sin hijos, me fui a la habitación de los niños a arroparlos. Los miré dormir, despatarrados y con la boca abierta, y pensé que era la mujer más afortunada del mundo.

Porque sí, fantaseo con otra vida.

Pero, al final, siempre elijo la mía.

Aunque esos pequeños monstruitos me despierten todos los domingos a las siete de la mañana.