Siempre me ha parecido una cursilería eso de San Valentín, una festividad llena de clichés y de consumismo: bombones, ramos de flores, cenas románticas…
Pero este año, mi marido se las ha apañado para sorprenderme con un gesto de lo más románico.
—He hablado con tu madre. Se queda con los niños este fin de semana. Tú y yo nos vamos de escapada. – Me dijo con una sonrisa de oreja a oreja.
Lo miré con incredulidad, porque mi madre no es de esas abuelas que se ofrecen a quedarse con sus nietos así alegremente.
—¿En serio?
Asintió con orgullo.
—Lo tengo todo planeado.
Ahí empecé a soñar. No me hace falta irme a París ni a Roma, ni un spa de lujo, ni un hotel de cinco estrellas. Solo quero un hotelito rural en algún rincón perdido de la sierra, con una cama extragrande, colchón firme y sábanas limpias donde poder disfrutar con mi marido y… ¡DORMIR A PIERNA SUELTA!

Ser madre es maravilloso, pero agotador. Tengo dos hijos: el mayor, de cinco años, duerme regular. El pequeño, de un año, directamente no duerme. Su concepto del sueño son siestas de veinte minutos seguidas de una rave a las tres de la madrugada.
Mis noches son una yincana entre la cama del mayor, la cuna del pequeño, biberones, vasos de agua, pañales y visitas al baño. Me siento como una enfermera en turno de noche, pero sin sueldo. Os aseguro que si hay algo que llevo mal de la maternidad es no dormir.
Si alguien quiere sorprender a una madre en San Valentín, que tome nota: no hace falta cena a la luz de las velas ni regalos caros. El mejor regalo es dejarla dormir.
Y no solo en San Valentín, cualquier fin de semana es bueno para demostrar amor. Mis hijos, además de dar vueltas toda la noche, se levantan pronto, da igual que sea sábado o domingo, con la salida del sol ya estamos en el salón desayunando. Por eso, las palabras más bellas que pueden salir de los labios de mi marido no son “te quiero”. Son: “Quédate acostada que yo me levanto con ellos”.
Esa sí que es una prueba de amor, dejarme toda la cama para mí y levantarse él, bien temprano, para encargarse de los niños. Tengo al mejor marido del mundo.

Hay cosas como tomarme el café aún caliente o desayunar tranquila por las mañanas, que echo mucho de menos. Pequeños placeres de lo que disfrutaba antes de ser madre y que no valoraba, y ahora, me encantaría poder volver atrás en el tiempo. Ir al baño sola o sentarme en el sofá a ver una serie sin interrupciones de ningún tipo son cosas que dejé de hacer desde que soy madre.
He aprendido a disfrutar de los momentos fugaces: un café tibio, cinco minutos de silencio mientras los niños están entretenidos o el lujo de ducharme tranquila y de lavarme el pelo cuando mi marido está en casa. Pero lo que más añoro, sin duda, es dormir.
Dormir sin sobresaltos. Dormir sin miedo a que un llanto me despierte en mitad de la noche. Dormir sin un pie pequeño clavado en mis costillas. Dormir sin la preocupación de que el pequeño se haya destapado y coja frío o que el mayor tenga una pesadilla.

Sé que mi marido espera algo más de ese finde romántico, que no utilicemos la cama solo para dormir, pero precisamente yo es lo único que deseo: dormir. Y si después de recuperar las horas de sueño que me faltan, me sobra algo de energía, quizá podamos darnos el lujo de pasear, de ir a cenar a un restaurante, o simplemente de tener una conversación tranquila sobre cosas triviales.