José Carlos y yo llevábamos saliendo muchos años, nos conocíamos literalmente de toda  la vida; vivíamos en la misma calle, fuimos al mismo colegio y a la misma clase desde  primaria hasta la universidad, salíamos con la misma gente, sus padres y los míos eran  muy amigos… En realidad recuerdo estar colgada de él desde que tengo uso de razón,  era el chico más guapo del planeta. Supongo que por eso cuando empezamos a salir  nadie se sorprendió, ni siquiera nosotros mismos, era como si fuese lo más natural del  mundo, algo que tenía que suceder inevitablemente.  

No era sólo aquel chico que me volvía loca desde los trece, sino además, mi mejor amigo. Fue a él a quien di mi primer beso, con quien perdí mi virginidad, con quien comencé dar  los primeros pasos de la vida adulta, con quien me independicé… Con él todo era tan fácil  que cuando quisimos darnos cuenta, quince años después, ya éramos marido y mujer si  saber que aquel era el principio de nuestro fin. La verdad es que si me preguntan, a día  de hoy tampoco sabría decir cómo ni por qué, pero lo cierto es que poco a poco  empezamos a convertirnos en un par de extraños que lo único que sabían hacer era  discutir. Es triste, pero aquella pareja que tan bien había encajado desde siempre, ya no  existía. 

Sin embargo, me negaba a dejarle por todo lo que habíamos vivido juntos, hasta que un  día me confesó que me había sido infiel y le pedí el divorcio. Sobra decir que pasé unos  meses hecha polvo y que mi hermana la pequeña me ayudó lo que no está escrito a  superar día a día aquella pena que me quemaba por dentro. Ellos dos seguían llevándose muy bien y a mi no me molestó, puesto que mi hermana se había criado viéndonos juntos  y era como un hermano para ella. Como suele suceder con las rupturas, llega un  momento en el que ya no tienes más lagrimas que derramar y te das cuenta de que la  vida sigue ahí fuera y de que el tiempo no espera a nadie, así que poquito a poco rehice  mi vida y volví a ser feliz. 

Y en esas estaba, cuando mi hermana nos comunicó en una cena familiar que tenía algo  que decirnos pero que no sabía cómo me lo iba a tomar: estaba saliendo con alguien y  ese alguien formaba parte de mi pasado.

Yo me imaginé algún ex rollete de mi  adolescencia o algo así, lo que nunca me imaginé es que esa persona a la que se refería  era mi ex marido. Me quedé petrificada, con un montón de sentimientos contradictorios  cruzando por mi cabeza que pensaba a mil por hora. No lo pude evitar y me cabreé  muchísimo, sabía de más y de sobra que una no elige de quién se enamora, pero por el  amor de dios, ¿no había más hombres en la tierra? Era su excuñado, el ex marido de su  hermana, el chico que cuidaba de ella cuando era prácticamente un bebé. Ella se puso a  llorar, a suplicar mi perdón, a decirme que había intentado evitarlo, que llevaban viéndose  en secreto muchos meses porque no querían hacerme daño. Pensé que lo mejor era  dejarlo estar y tomarme mi tiempo para asimilar la noticia, ya que en caliente siempre se  dicen cosas de las que luego una suele arrepentirse. 

Quise pensar que José Carlos daría la cara y me explicaría todo, quise creer que todo  aquello quedaría en una anécdota nada divertida en la que mi hermana se encaprichaba  de mi ex marido. Y sí, mi ex vino a hablar conmigo para decirme que se había enamorado  de mi hermana como un quinceañero y que sentían el dolor que me causaban con ello,  pero que iban a seguir adelante me gustase o no. A día de hoy sigo sin saber muy bien si  actué bien o, por el contrario, lo que hice puede catalogarse de mala hermana y mala  persona, pero no fui capaz de soportarlo y puse tierra de por medio. No veía sincero  quedarme ahí sentaba viendo llegar a mi hermana de la mano del hombre que fue mi  pareja durante más de quince años y encima tener que sonreír como si aquello me  pareciera bien. Lo siento, era la cosa más incómoda y antinatural del mundo para mí.  

Nuestra relación no volvió a ser la misma. Sí, seguíamos hablando de vez en cuando,  pero yo no me sentía cómoda sabiendo de su vida puesto que él formaba parte de ella. 

Sinceramente, nunca pude asimilar aquella relación. Con todo, dos años después fui de  visita a casa de mis padres con el objetivo de sanar viejas heridas, de poner punto y final  a aquella inquina que me comía desde el día en que supe que estaban juntos. Aunque  nada volvería a ser igual entre nosotras, quería olvidar, llevaba casi dos años sin hablar  con mi hermana. Ambos se alegraron lo indecible de saber que contaban con mi  bendición, nos abrazamos y lloramos mucho y ellos aprovecharon aquella emotividad  para soltar a noticia bomba que puso la guinda al pastel: no sólo iba a ser tía sino que  además se iban a casar.  

Así, sin anestesia. Yo veía aquello cada vez más raro y más bizarro, pero en el fondo de  mi alma saber que mi hermana estaba embarazada me llegó al corazón y aunque flipase  en colores y siguiera sin verlo normal, no pude enfadarme. Me gustaría terminar esta  historia diciendo que tanto mi hermana como mi ex y yo hemos recuperado el tiempo  perdido, que somos colegas y que todo volvió a ser perfecto. Pero las cosas no  sucedieron así. Me alegré por ella, durante el embarazo me preocupé mucho por su  bienestar y una vez tuve a mi sobrina en brazos me enamoré perdidamente de ella.  Siempre tendrá a su tita a su lado. Pero mi relación con mi hermana es bastante escueta  y con mi ex marido, prácticamente inexistente. No sé si algún día podré pasar página  defintivamente en esta historia, de verdad me encantaría que así fuera. 

Anónimo.