ESTA TARDE MERENDAMOS EN EL INFIERNO
Hola, me llamo Amparo, tengo 36 años, estoy felizmente casada hace siete y tenemos una nenita preciosa de ocho años.
Tengo dos hermanos, mayores que yo, con los que me llevo muy bien. Tenemos el mismo sentido del humor socarrón y un carácter tranquilo, al estilo un poco perro pachón. Y en la familia de mi marido son tres chicos, siendo él el mediano. Con mi familia política me llevo bien, aunque a veces no acabe de entender su rollo. Son muy alternativos, sobre todo las mujeres de mis cuñados, siempre apuntándose a cualquier nueva tendencia y queriendo estar a la última moda. En las reuniones familiares, ellas son expertas en cualquier tema que surja en la conversación de sobremesa, y más si se trata de un tema de salud, bienestar o economía del hogar. Yo las dejo hablar. No suele apetecerme llevarles la contraria. A veces pueden ser un poco cargantes pero si te quieres enterar de cualquier novedad del mundo healthy, son las indicadas para saciar tu curiosidad. En casa, cuando nos enteramos de cualquier noticia sorprendente, ya tenemos la costumbre de preguntar en voz alta: “Y de esto, ¿qué opinan tus cuñadas? Porque puedes dar por seguro que ellas ya lo saben y ya han tenido tiempo de hacer el análisis correspondiente y poder ofrecer, a cualquiera que las escuche mínimamente, una opinión perfectamente esquematizada.
Como cada año, celebramos el cumple de mi hija en casa. Montamos una merienda para que venga toda la familia, aunque la enfocamos más al público infantil, para que la niña y sus primos se lo pasen bien. Es más, ya hace un tiempo que animamos a nuestra hija a que se implique en la organización de su fiesta. Desde la decoración hasta la comida, pasando por los juegos que preparamos. Escribimos juntas una lista de qué es lo que le hace ilusión que haya para compartir con su familia. Con qué se sentiría feliz de poder ofrecer a sus invitados. Bueno, es una niña y, aunque en casa comemos de todo, una fiesta siempre es una excusa perfecta para comer aquellas cosas que no se comen a menudo: dulces, chuches, chocolates… Aunque siempre ponemos una fuente de pinchos de fruta, para que nadie nos acuse de no proporcionar una opción más sana. Y puede que no esté muy bien decirlo, pero nos quedan unas fiestas muy guays, según mis sobrinos. Y todos tienen muchas ganas de asistir a ellas. Así que tan mal no lo haremos.
Quedan dos semanas para el gran día y mi marido ha recibido sendas llamadas de sus hermanos pidiendo que la fiesta se adapte a la última tendencia alimentaria que han adoptado sus mujeres. El veganismo.
Buuueeenooo, algo me esperaba, puesto que en las últimas reuniones familiares, siempre estaban con el tema de los grandes beneficios de la alimentación vegana y comiendo diferente que el resto, en consecuencia. Así que le digo a mi marido que puede tranquilizar en este aspecto a sus hermanos. Para que estos, a su vez, tranquilicen a sus esposas.
Ya había pensando en algunas alternativas para que todo el mundo se sienta más cómodo, pues lejos de mí el querer iniciar una guerra civil en la familia. Me he estado informando sobre propuestas que no se escapen demasiado del bolsillo y que cumplan con los requisitos de esta dieta. Y que a mi hija le parezcan bien, puesto que ella es la anfitriona. Frutos secos, encurtidos varios (pepinillos, aceitunas…) y chips de boniato me parecen aceptables, aunque no muy de fiesta infantil de cumpleaños, pero pretendemos tener un encuentro apacible.
Tres días antes, con todo encargado y/o comprado, desde la decoración hasta la comida (pastel incluido), en el grupo de whatsapp de mi familia política, mis dos cuñadas informan de que sus hijos (mis sobrinos) han empezado a alimentarse también según la dieta vegana que preparan sus madres y que, como les está costando un poco adaptarse, yo tengo que hacer un esfuerzo por ellos para el cumpleaños de mi hija. Por lo visto, hace días que hablan entre ellos de lo guay que será ir a la fiesta de su prima y de la de cosas ricas que podrán comer. Así que mis cuñadas, para evitarles la recaída en el omnivorismo me pasan una lista con los alimentos que debo ofrecer ¡a todo el mundo! en la fiesta. Y son tan amables que incluso me pasan recetas y fotos.
Empanadillas de tofu desmigado, gyozas de soja texturizada,croquetas de vegetales variados, sandwiches de pan integral rellenos de ensaladilla vegana. Para beber, aguas aromatizadas con naranja o limón. Y el pastel (¡el pastel!) que sea un bizcocho vegano integral con vainilla con chocolate y merengue vegano casero hecho con aquafaba (¿qué narices es el aquafaba?). Y piden que para asegurar que todo cumpla con la regla del veganismo, que no sea nada comprado, que lo haga todo yo en casita. Y que, si les hago el favor, les pase fotos.
Yo soy una persona tranquila, ya lo he dicho. Pero llegados a este punto, mi ojo derecho empieza a parpadear repetidamente, llevado por un tic nervioso. De la mejor de las maneras, les digo que es la fiesta de mi hija y que, hasta donde yo entiendo, es ella la que debe escoger qué ofrecer a sus invitados.
Y me contestan que si no sigo sus instrucciones, sintiéndolo mucho, los primos de la niña no van a poder asistir porque no sería justo para ellos, pobrecitos.
Respiro. Cuento hasta tres. Vuelvo a respirar. Cuento hasta diez. No, no funciona. Respiro y cuento hasta cien. Ahora sí que parece que empieza a funcionar. Les contesto que veré qué puedo hacer. Mi marido tiene el buen tino de decirme que decida yo lo que decida hacer, a él le parecerá bien.
Es la mañana del día de la fiesta. En el grupo de whasapp de la familia política, informo que el menú vegano de la tarde estará compuesto de croquetas vegetales, chips de boniato, frutos secos y tortitas veganas. Que no paso foto porque aún estoy cocinando. Mis cuñadas contestan que llegarán sobre las cinco. Aunque sé de sobras que siempre se retrasan, por norma.
He ido al bazar chino y he comprado pulseras de dos colores, rosas y blancas, cubiertas de malla y de cartón para alimentos y tarjetas rosas y blancas también. Preparo dos zonas de bufet. Preparo una mesa con la comida que escogió mi hija. Pongo platos bonitos. En las tarjetas rosas escribo lo que es cada plato y los cubro con las cubiertas de malla transparentes. Adorno profusamente la mesa con globos y colores que entren por la vista, sobre todo a los niños. En la otra mesa, sin adornos, coloco platos de cartón blanco con la comida vegana, sin esmerarme en la presentación, y lo cubro todo con las cubiertas de cartón opacas. Y añado las tarjetas blancas con los nombres.La verdad es que las croquetas vegetales me han quedado bastante abstractas y las tortitas… bueno, parece que están de resaca…
Y en medio de las dos mesas, en un pedestal, pongo el pastel que mi hija ha pedido, rodeado de fuentes de chuches y bombones.
Los invitados empiezan a venir. Les acompaño primero al patio, porque esperaremos a todos los invitados para inaugurar el bufet. Para los que son omnívoros, pulseras rosas y les informo de qué mesa deberán comer. Cuando llega mi familia política, les doy pulseras blancas y les informo que la mesa ya está preparada.
Aviso a todos los asistentes que ya pueden entrar. Abro la puerta del comedor y me retiro, para tener una buena visión del escenario, mientras van entrando todos.
Mi marido se acerca, me abraza por detrás y apoyando su barbilla en mi hombro me susurra en el oído: ¿Satisfecha? No puedo evitar sonreír de medio lado y decirle: “Esta tarde merendamos en el infierno”.

