Hay dos tipos de familias: las normales… y luego estamos nosotros.

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En mi casa el humor es un deporte olímpico.

Mi marido y yo somos de los de reírnos por todo, de soltar tacos sin previo aviso y de convertir cualquier momento cotidiano en un espectáculo un poco lamentable pero muy divertido.

Resultado: dos hijas que apuntan maneras… MANERAS PELIGROSAS.

El contexto es importante: yo soy torpe. Pero torpe nivel “me tropiezo andando en línea recta”. Me doy con las esquinas de las mesas como si me pagaran por ello.

Y claro, cada vez que eso pasa, mi marido —que es básicamente un niño de ocho años con hipoteca— suelta en alto:
“¡Ay, que va bolinga! ¡Que le da al frasco!”

Todo muy elegante, todo muy educativo.

Entre eso y el clásico “tírame del dedo” antes de tirarse un pedo digno de estudio científico, pues claro… nuestras hijas están creciendo en un ambiente… creativo (vamos a decirlo así).

Y aquí llega el momento estelar.

El otro día me llaman del colegio. Colegio religioso y conservador. De esos donde probablemente decir “culo” ya es borderline.

Yo ya me esperaba lo peor. Que si se había peleado, que si había dicho una palabrota, que si había organizado una revolución infantil… pero no.

Resulta que habían hecho una actividad sobre la familia con fotos, presentaciones y cosas monas.

Y mi hija, con toda su inocencia decide presentarme así: “Mi madre se llama Ana… y va bolinga… y le da al frasco»

Silencio.

Yo no estaba allí, pero puedo imaginar perfectamente la cara de la profesora. Probablemente replanteándose su vocación, su fe y su capacidad para gestionar semejante información.

Cuando me lo contaron, yo intenté mantener la compostura. Intenté explicar que no, que no soy una alcohólica encubierta, que simplemente soy torpe y que en casa somos idiotas, básicamente.

Por suerte, la tutora tenía sentido del humor y lo entendió. Pero claro… el problema no es la tutora.

El problema son los otros 25 niños llegando a sus casas: “Mamá, la madre de Lea le da al frasco”

Yo ya estoy esperando la llamada de la Asociación de Padres o una intervención…o que me manden a un grupo de apoyo directamente.

Y mientras tanto, yo solo puedo pensar una cosa: igual ha llegado el momento de revisar nuestro humor en casa. ¡O NO!

Porque, sinceramente, si mi mayor delito es ser torpe y criar niñas con sentido del humor… pues mira, que me juzgue quien quiera.