Es muy fácil pelearnos con nuestras amigas cuando somos niñas, ya de adultas, es otra historia muy diferente, y si le agregamos hijos, entre el cansancio, las ocupaciones en la casa, el trabajo, y todo lo demás, es casi imposible. Es como una ley no escrita, implícita, de que entre amigas adultas, ser madres, y estar ocupadas, casi todo es perdonable. 

Que si mi amiga duró un mes para responder mi mensaje, la perdonas, de seguro estaba copada. Que si no me contó de un chisme buenísimo, la perdonas, se le debe haber pasado con tantas cosas en la cabeza. Que si salió con otra amiga en común y no te invitaron, pues la perdonas, fue algo de último momento y probablemente, habrías preferido quedarte a dormir. Así, nuestro umbral de tolerancia entre amigas es bastante alto, toleramos casi cualquier cosa, amparadas por la sororidad y empatía de ser mujeres, amigas y madres. Pero hay una cosa, una pequeña cosilla que es inaceptable, y su vez, es otra regla no escrita, aún más implícita que la anterior. 

Nuestros hijos son sagrados, y contra ellos nada. Mi amiga Laura ha sido mi amiga desde la infancia, estudiamos juntas desde primaria, y con breves periodos de meses en los que por una u otra razón no nos hemos visto, siempre hemos mantenido la amistad, así pasemos semanas sin quedar o enviarnos mensajes. Son de esas amistades que uno sabe que siempre están. De pequeñas Laura era ese tipo de chica de “tengo lo mejor, tengo más, mi novio juega al fútbol mejor que el tuyo” y cosas así, pero la adultez y la madurez le fueron quitando tan molesto rasgo, o eso creía yo, hasta que hace poco me sorprendió. 

Tuvimos a nuestras hijas más o menos en el mismo tiempo, se llevan apenas semanas de diferencia, y a pesar de que no se ven mucho, como son contemporáneas cuando se ven son muy unidas, y quien las viera creería que son las mejores amigas del mundo. Justo ahora tienen poco más de un año, y el día del evento que estoy a punto de contar, estábamos en el cumpleaños del hijo de otra amiga. 

Por razones que yo no entiendo, a pesar de ser una fiesta infantil había alcohol (si me preguntan a mi, no van juntas, digo que estar pendiente de niños alborotados estando tomada no es fácil) y por eso yo decliné de las bebidas, pero no Laura. Ella debía haber estado muy estresada, o sedienta, pero la vi empinarse de esas copas como cuando éramos adolescentes. No le dije nada porque somos adultas y cada quien hace lo que quiera con su vida, y simplemente me puse tan al pendiente de su hija como de la mía. 

Hablábamos de las niñas, de cómo había que cuidarlas mucho en redes sociales porque hay mucho  loco suelto, y yo trataba de oírla sin perder de vista a las peques que en ese momento veían un show de un payaso, cuando dijo algo que fue imposible de ignorar:… “como mi hija está más linda que la tuya”. 

“¿Perdona?” le dije molesta y tal parece que aún en su estado se dio cuenta de que la había cagado, porque se cubrió los labios y empezó a disculparse y balbucear. Bien cabreada me cambié de mesa y después me fui sin despedirme de ella. 

Suelo ser una persona muy tranquila, por lo que me descoloca lo mucho que me molestó su comentario. Aún ahora después de días no quiero hablar con ella, saber de ella, e incluso dudo que quiera seguir siendo su amiga. Puede parecer una tontería pero más tonto aún me parece su comentario. Una cosa es que lo piense, todas las mamás vemos a nuestro retoño como el más guapo del mundo, pero decirlo y comparar ya es ir muy pero muy allá. 

Me ha escrito, y la he ignorado, no porque este ocupada o alguna de las otras razones de antes, simplemente después de esa tarde, paso de ella.

 

Viviana V.