Aquí una madre preocupada por la alimentación de su hijo. En mi casa no entra azúcar: bollería industrial es caca, las chuches son veneno y el chocolate está prohibido. Solo compro chocolate negro puro, que además lo utilizo para hacer un bizcocho casero. Me salé riquísimo y solo lleva plátano, huevo, avena y trocitos de chocolate. A mi hijo le encanta, a veces para el almuerzo del cole le pongo un trozo.

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Otras veces le echo fruta, bastones de zanahoria, humus. Soy muy cero envases de plástico, todo natural y sano.

Para desayunar: yogur natural con plátano o tostadas de pan integral con aguacate. Para la cena una tortilla francesa, un arroz con verduras, pollo al horno, pescado a la plancha, crema de calabacín… ¡Comidas de verdad! Ricas en nutrientes y bajas en sales o azúcares.

Algún fin de semana que queremos salirnos de nuestra dieta habitual, cenamos pizza. Pero nada de pizzas congeladas, ni de llamar al telepi. Hacemos la masa nosotros mismos, con harina de avena o con migas de coliflor.

El caso es que yo pensaba que estaba enseñando a mi hijo a comer bien, y el otro día, en el parque, me lo encuentro atiborrándose a galletas de un amiguito del cole.

La culpable fue la mamá de dicho amiguito, que es una tía encantadora, pero baja al parque con una mochila que llena de porquerías: que si galletas de chocolate, que si bolsas de patatas fritas, que si mini fuet de esos que vienen en una bolsita que me dan un asco que no puedo con ello, seguro que los hacen con los desperdicios. En verano, hasta baja una neverita con refrescos y zumos.

Vamos, que la mamá parece Doraemon, abre su bolsita mágica y tiene de todo.

Que me parece estupendo que tu hijo, con siete años, se beba una lata de coca cola y un flash para merendar, pero no le des al mío un brick de zumo de esos súper azucarados porque luego lo tengo que aguantar yo en casa con el colocón de azúcar.

Mi hijo cuando vamos al parque y está este niño, no se separa de la mamá. Es que ni juega, se queda al lado de ella que va sacando de su bolsa mágica un montón de guarrerías. Y no os penséis que yo no digo nada, que estoy todo el rato diciéndole a la mujer que a mi hijo no le de esas cosas. Pero por un oído le entra y por el otro le sale.

Ella con decirme que si le da una galleta a su hijo, que el mío no se va a quedar mirando, todo lo arregla.

El otro día le dije, medio en broma, pero medio en serio, que no iba a bajar más al parque, porque no quiero que mi hijo se hinche de chuches, de chocolate y de refrescos azucarados.

Pues me suelta la buena mujer:

—No te preocupes, que si no se las come aquí, se las va a comer en el cole, porque yo cuando le echo a mi hijo galletas para el recreo, le pongo un paquete extra por si algún amiguito quiere. Y creo que tu hijo quiere siempre.

Me quedé paralizada. ¿Cómo? ¿Qué también come galletas en el colegio porque se las da tu hijo? O sea, yo planificando menús semanales saludables, evitando el exceso de sal, el azúcar ni entra en mi casa y resulta que mi hijo lleva meses viviendo una doble vida a base de galletas de dinosaurios en el recreo.

Llegué a casa indignada. Cogí por banda a mi hijo y pre pregunté directamente:

—¿Tú comes galletas en el cole?

Y me miró con esa cara mezcla de culpa y felicidad que solo ponen los niños cuando saben que han hecho algo que tienen prohibido.

—A veces…

Que traducido del idioma niño significa: todos los días que hay oportunidad.

En ese momento entendí algo que no me hizo ninguna gracia: no solo estaba luchando contra el azúcar, estaba luchando contra el mundo entero. Contra cumpleaños donde hay sándwiches de nocilla, contra abuelos con compran huevos Kinder para sus nietos, contra recreos con niños que llevan galletas para compartir, y contra madres que bajan al parque con un arsenal de dulces.

Al final, cuanto más prohíbes, lo haces más atractivo. Y eso es lo que yo había conseguido con mi hijo. Yo pensaba que si en mi casa no había chocolate ni galletas, que si enseñaba a mi hijo a cocinar y luego degustar un delicioso bollo casero, no echaría de menos algo que nunca tuvo.

No puedo supervisar cada cosa que se mete en la boca cuando no estoy delante. Así que intenté ser comprensiva y le dije a mi hijo:

—Bueno, hijo, si te dan una galleta… cómetela. Pero solo una.

Solo una. No me lo creo ni yo que se va a comer solo una…