Salgo de la consulta del neuropediatra con un nudo en la garganta y la sensación de puñetazo en el estómago. Tenía sospechas de que esto podía ser así, pero hasta que no lo ves escrito en un informe con todas sus letras (o siglas), no parece tan real. Me lo habían insinuado en el centro escolar; el instinto de madre me decía que algo pasaba, aunque no supiera qué.

Al recibir un diagnóstico de este tipo (esperado o no), siempre se genera un impacto brutal. Mil preguntas, mil dudas, todas a la vez. Me lo han explicado en consulta, también en el cole. Pero nada que ver con la realidad del momento.

Lo primero que tuvimos que hacer, una vez pasado el shock inicial, fue mentalizarnos de que nuestro hijo/a es la misma persona que hace dos días, antes de que nos dieran el diagnóstico; sigue siendo el mismo Andresito, Leyla o Paula. A veces tendíamos a mirarle con otros ojos. Mal hecho. No se ha convertido en un extraterrestre ni en un ser de luz u oscuridad.

Segundo punto: un diagnóstico de este tipo no justifica todo ni exime de responsabilidad ni al chiquillo/a ni a nosotras/os. Nos costó encontrar el equilibrio. Mucho.

Tercero: muchas veces nos ayudó a entender nuestra desesperación como padres. No es que todo lo hagamos fatal, que esto de criar hijos se nos dé tan mal o que el chico/a nos haya salido “difícil”. Alivia entenderlo.

Llegados hasta aquí nos encontramos con que la vida sigue, el mundo no para de dar vueltas y que nada ha cambiado bajo el sol, aunque para nosotros sí hay un gran cambio: una explicación, un reto educativo, una “putada”… como cada uno quiera llamarlo. Pero en realidad lo que hay es un hijo/a. La misma personita que había antes del diagnóstico. A la que queremos con locura, aunque a veces nos desespere y ni sepamos cómo actuar.

Surgen las primeras dudas cotidianas. ¿Hablamos de su diagnóstico con naturalidad? ¿Lo ocultamos para que nadie lo mire “raro”? Me planteo si es culpa de alguien. ¿Será por exceso de pantallas, falta de normas…? Un torbellino de pensamientos en cascada que no se pueden evitar.

Poco a poco, a medida que va pasando el tiempo y nos vamos acostumbrando a que nuestra realidad tiene un nombre, empezamos a comprender. También a anticipar situaciones que antes eran complicadas y que ahora, gracias a que sabemos lo que puede pasar, gestionamos de otro modo. Y descubrimos que eso nos ayuda. Al niño/a y a nosotros, su familia. Y poco a poco el nivel de estrés se reduce. Y el de culpabilidad también.

También ocurre, como con la mayoría de cosas en la vida, que descubrimos que no somos los únicos. Que hay muchas más familias como nosotros. Eso ayuda a encajar y, casi sin darnos cuenta, empezamos a aceptar y normalizar nuestra realidad. Y esto está BIEN porque es la nuestra, ni mejor ni peor. La nuestra.

En este momento las cosas se vuelven un poquito más fáciles (ojito, que no estoy romantizando nada) y es cuando al niño/a empezamos a transmitirle, sin palabras, la aceptación plena. Que no se malinterprete lo que digo: no es que no aceptáramos al niño antes de saber lo que le pasaba. Lo que digo es que tratábamos de cambiarle sin entenderle; muchas veces con normas o incluso con castigos sin sentido, porque no sabíamos cómo actuar ni comprendíamos cómo funcionaba su cerebro y, a veces, sin pretenderlo, parece que el mensaje que transmitimos al niño es que no encaja en lo que esperamos de él o ella.

Lucía R.C.