Mi marido es profesor de matemáticas en un colegio privado de Pozuelo. Lleva trabajando allí más de ocho años y, aunque las condiciones laborales de la privada no son las mejores, él está contento, se siente reconocido y, además, tiene la suerte de que los hijos de los profesores pueden ir al colegio de forma gratuita (el precio no baja de 600 euros al mes).

Es cierto que nosotros siempre nos habíamos planteado que nuestros hijos, cuando los tuviéramos, fuesen a la pública: somos una familia trabajadora.

Sin embargo, nunca puedes decir “de esta agua no beberé”. Me explico. Mi horario es de jornada partida, es decir, ni estoy por la mañana en casa ni por la tarde. Así que, si nuestro hijo fuese a un colegio en nuestra localidad, a más de 30 kilómetros de Pozuelo, se tendría que quedar en primeros del cole, comedor y extraescolares.

Fue en ese momento cuando vimos claro que mi marido iba todos los días a trabajar a un colegio en el que entraba a las 9:00 y salía a las 17:00. Allí tienen desde infantil hasta bachillerato, es bilingüe, tienen piscina, mil actividades y aparece en la lista de los 50 mejores colegios de España. Es una súper oportunidad.

Pero claro: los alumnos del colegio son de una clase social alta, a veces muy alta, y mi hijo vive en un piso de 90 metros, sus zapatillas son del Decathlon y vamos de vacaciones a la casa de sus abuelos en Cullera. Sí, todo a mucha honra, pero tenemos que ser conscientes de que nuestra realidad no es la de todo el mundo: las hay infinitamente más caras y más baratas, ínfimas y nulas. No hablo de mejores ni peores porque ahí sí que entiendo que, para mi hijo, lo mejor es lo que le damos sus padres con todo el amor del mundo.

En infantil daba exactamente igual: no se enteraba de nada. Es verdad que en los cumpleaños de sus amigos flipábamos un poco, pero él todavía no concebía las diferencias.

Ya en primaria la cosa ha ido cambiando sutilmente. No entendía por qué todos sus amigos tenían casas con piscina y jardín y nosotros ni siquiera tenemos piscina comunitaria. Luego empezó con las marcas: que por qué él no llevaba cosas de marca, que se reían sus amigos.

Lo peor nos tocó con los cumpleaños: eligió a sus cuatro mejores amigos y los trajimos a pasar una noche a casa, con colchonetas en el suelo, pizzas y pelis. Para sus amigos fue como una experiencia sociológica: “viaja a los bajos fondos durante un día y experimenta en tus carnes la pobreza”. Ese parecía el eslogan de la invitación. Los comentarios de sus amigos le hicieron sentirse inferior o, mejor dicho, tan sumamente pequeñito que dice que no quiere volver al colegio.

Mi hijo lo lleva mal y me da la sensación de que cada vez va a ser peor, sobre todo cuando llegue a secundaria y sea el hijo del de mates.

Nos planteamos cambiarle de colegio para el curso que viene y yo pedirme una reducción de jornada para poder llegar algo antes a por él. Sabemos que en cualquier colegio público también va a tener una educación de calidad, pero nos da también cierto reparo perder la oportunidad de una educación de excelencia y las posibilidades que eso le puede abrir en la vida.

Y, sin duda, lo más importante es que nuestro hijo no sufra, pero diferencias va a haber siempre y, por otro lado, esta puede ser una enseñanza de vida.

¿Qué opináis vosotras?