Cuando las criptomonedas empezaron a ocupar los telediarios, todavía vivía con mis padres y tenía que tragarme los telediarios. Así fue como escuché por primera vez hablar de Bitcoin y Ethereum. A mí, que vivía con mis padres, tenía un currillo de mierda, y no me llegaba ni para un coche que no fuera de quinta mano, me sedujo muchísimo la idea de hacerme rica al instante, claro. Mi amigo Jorge, que es un loco de la tecnología, sabía un montón del asunto y apostaba muchísimo por las criptomonedas, que según él, eran una oportunidad que no había que dejar escapar.
Al principio fui cautelosa. Compré poca cantidad de ambas criptomonedas e iba viendo como subían y bajaban sus precios, pero claro, en pocos meses, mis inversiones se duplicaron y el entusiasmo de Jorge sumado a todas las noticias que iban saliendo de gente que se estaba forrando me empujaron a meter más pasta. Vendí mi coche (el de quinta mano) para invertir esa miseria y conseguí sacar un préstamo bancario con el aval de mis padres (contándoles la mitad de la película, claro). Jorge me recomendó invertir, como había hecho él, en algunos proyectos emergentes y, bueno, yo en general me tragué absolutamente el discurso este de la revolución financiera que se veía en el horizonte.
Durante unos meses, aquello fue un sueño: mis inversiones subían como la espuma y yo no paraba de mirar el móvil y me sentía eufórica, como un chute de dopamina cada vez que veía los números en verde. Pero el sueño se empezó a desmoronar antes de lo que yo hubiera imaginado.
Un día el mercado empezó a desplomarse. Entre la intervención del estado, y la prohibición de las criptos en algunos países, los inversores empezaron a replegar y retirarse en masa, con lo cual mis dineros cayeron pero en picado en unas pocas horas. De pronto yo tenía una parte mínima de lo que había llegado a tener.
Intenté mantener la tranquilidad, que es lo que te aconsejan siempre que inviertes en bolsa, y confiar en el mercado, pero qué va, aquello no tenía futuro. Mis ahorros iban desapareciendo y el préstamo se me hacía impagable. Algunas criptos y cosas que me había recomendado Jorge resultaron ser hasta fraudes, pero bueno, tampoco podía echarle la culpa a él, que también estaba en la mierda.
Me volví loca y empecé a tomar decisiones super arriesgadas con tal de salvar algo de lo que había conseguido, pero todo salía fatal. Las tarifas de transacción y la volatilidad del mercado me dejaron atrapada en un círculo vicioso de pérdidas. Perdí salud física y mental con todo esto. No podía dormir, no tenía hambre, estaba desesperada. Jorge ya ni me cogía el teléfono. Las relaciones con todo mi entorno familiar y amistoso se deterioraron por culpa de mi frustración. Decidí buscar ayuda en un programa de asesoramiento financiero, que también costaba dinero, pero era mi única salida. Conseguí negociar un plan de pago con el banco y empecé a ver la luz. Vendí lo poco que me quedaba de criptos y me prometí a mí misma que no volvería a invertir en algo que no entendía del todo.
Tardé años en recuperarme, y el proceso fue lentísimo y doloroso, pero aprendí mucho para el resto de mi vida: la importancia de la educación financiera, la prudencia necesaria en las inversiones y la necesidad de un respaldo seguro. Ahora soy mucho más cautelosa con el dinero y me aseguro de informarme bien antes de dar pasos que afecten a mi economía y la de mi familia.
Anónimo
