La verdad es que aún no me explico cómo no lo vi venir. Porque mi madre es muchas cosas, pero no es una persona altruista ni desinteresada. Me duele decirlo, pero es que es así. Fue raro ya desde el inicio y yo no lo supe ver. No sé por qué no me llamó la atención que de pronto se interesara y se implicara tanto en mi búsqueda de vivienda. De alguna forma, creo que fue porque me hizo ilusión. Fue incluso bonito ir con ella a ver casas. No tanto escuchar sus quejas y que le pusiera pegas a todos los que me gustaban a mí. Ninguno de los que me podía permitir le valían a ella. Eran demasiado oscuros, demasiado viejos, demasiado pequeños o pillaban demasiado lejos. Poco a poco fue llevándome hacia donde me quería y casi sin darme cuenta caí en sus redes. Porque lo que sucedió fue que mi madre me regaló un piso, pero era una trampa. Y yo caí con todo el equipo. Pequé de ingenua, no imaginaba que llegaría tan lejos.

Mi madre siempre ha sido una persona controladora y un pelín tóxica. Tiene que ser la que maneja los hilos, la que toma las mejores decisiones por mi padre, por mí y por algún que otro miembro de su familia. Sin embargo, aun siendo consciente de esto, no me esperaba lo que supondría aceptar su ofrecimiento. Nunca pensé que el piso fuera un regalo envenenado.

Debió de cegarme lo que el regalo suponía para mi economía e incluso mi calidad de vida. ¿Quién no aceptaría una vivienda gratis? Solo que, claro, al final no fue gratis. Poco tardó mi madre en mostrar sus verdaderas intenciones. Unas intenciones nada bonitas, por cierto.

Lo que quería, y sigue queriendo, es tenerme atada a ella. Peor, lo que quiere es echármelo en cara de por vida. Además de entrar y salir e incluso disponer de él para lo que quiera y cuando quiera. ¿Cómo no, si me lo ha regalado ella? La cosa se ha salido tanto de madre (nunca mejor dicho), que me estoy planteando muy serio alquilarlo y mudarme muy lejos.

Necesito salir de la espiral en la que hemos entrado desde que, a cuenta del ‘regalo’, ha decidido adueñarse de mi vida. Ahora nunca sé si va a aparecer por la puerta de repente y con sus propias llaves (‘dame una copia para emergencias, que los cerrajeros cobran una barbaridad’). Vivo con el miedo a llegar y que me haya cambiado un mueble de sitio. A entrar en casa y que resulte que mi prima del pueblo ha llegado para pasar unos días (‘no más de dos o tres semanas’), porque está buscando trabajo y aquí está más cómoda que yendo y viniendo. Y sin protestarle, por supuesto, porque si se me ocurre quejarme o pedirle que deje de hacer lo que le da la gana con mi casa, tengo que aguantar el chaparrón de lo ingrata y mala hija que soy.
Sé que sueno desagradecida, pero no es eso. Estaría muy, muy agradecida por el gesto si el tiempo no estuviera demostrando que la intención de mi madre no era ayudarme, sino tenerme a su merced. Y ya no lo aguanto más.

 

Anónimo

 

 

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