Hoy vengo a hablar de cómo descubrí la mayor traición que un hombre puede cometer. Llevaba catorce años casada con él cuando mi burbuja explotó. Y me estalló en plena cara, porque no me lo vi venir.

Tenemos dos hijas en común, que en ese momento tenían catorce y diez años. Nuestro matrimonio no iba mal, o eso me parecía a mí. Teníamos altibajos y discutíamos a veces, pero como todas las parejas. Yo estaba tan enamorada de él como el primer día. Quizás por eso no fui capaz de intuirlo, porque confiaba plenamente en que él también lo estaba de mí.

Mi ex-marido es profesor y trabajaba en el colegio al que iban mis hijas. Era bastante cómodo porque iban y venían juntos cada día a clases. Además, me sentía súper tranquila teniendo a su padre en el mismo centro que ellas. Dos niñas estupendas, buenas notas, buen comportamiento, cariñosas. Pero de repente la mayor empezó a comportarse de forma diferente. Pasó de ser una chica risueña a estar todo el tiempo de mal humor. Empezó a contestarnos mal, cosa que nunca había hecho, y sus notas empezaron a flaquear. Me costaba mucho que comiese y estaba quedándose muy delgada. Hablé con mi marido de llevarla a un psicólogo, porque por más que lo intentaba mi hija se cerraba en banda ante mí y no quería hablar conmigo. Pero él opinaba que lo mejor era que lo dejásemos estar, que sería una fase y que todos los adolescentes pasaban por eso en algún momento, que llevarla a un psicólogo lo empeoraría todo. Así que le hice caso.

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Pero nada iba a mejor, al contrario. Así que decidí cogerle el móvil mientras dormía y ver si encontraba algo que me diese alguna pista. La condición para tener móvil era no ponerle contraseña y llevarlo siempre con batería y sonido activado a la calle. Así que traicioné la confianza en mi hija y le registré el teléfono, porque estaba desesperada. Tenía miedo de que estuvieran metiéndose con ella en clase o de que alguien la estuviera acosando, o quizás algo peor. Pero lo que encontré no me lo esperaba.

Estaba en las notas del teléfono. Llevaba una especie de diario, ahí es donde se desahogaba y escribía lo enfadada que estaba con su padre, porque le había pillado besando a otra mujer y él le había dicho que tenía que guardarle el secreto. No quise leer más. Llegados a ese punto, lo que necesitaba era hablar con mi hija a solas.

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La tarde siguiente, cuando mi marido se fue al gimnasio, entré en su habitación. Ella estaba tirada en la cama con el móvil, como casi todo el tiempo en los últimos meses. Le dije que tenía que hablar con ella, que lo sabía todo. Me miró con los ojos muy abiertos y se me rompió el corazón al ver que sentía miedo. Rompió a llorar de inmediato pidiéndome perdón. La abracé y le dije que ella no tenía culpa de nada, que solo había intentado ser una buena hija y que su padre no tendría que haberle pedido algo así. Parece ser que le pilló besándose con una profesora en la sala de profesores. Ella le estaba buscando, entró sin llamar y le pilló con las manos en la masa. Se sentía fatal por tener que ocultármelo y estaba muy enfadada con su padre, quien le repetía que si decía algo rompería la familia. De ahí su cambio de comportamiento, su rabia contenida. Le dije que no se preocupase, que lo dejase en mis manos, y que pasase lo que pasase entre su padre y yo, ella no tendría culpa de nada.

Obviamente pedí el divorcio. Él intentó que no lo hiciera, me decía que pensase en nuestras hijas, en lo que iban a sufrir. Pero es que una de mis hijas ya había sufrido, y mucho, por su culpa. Para mí fue determinante el hecho de que su padre no fuese capaz de atajar la situación al verla así por su culpa, que prefiriese dejarla sufriendo en silencio a verse descubierto, es decir, ponerse a sí mismo por encima de su propia hija. Porque para mí, esa fue la mayor traición, y no que me fuese infiel.

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Escrito por Carol M., basado en un testimonio real anónimo.