No sé en qué momento decidimos como sociedad que nuestra pareja no podía ser también nuestro mejor amigo. Cada vez que este dato surge en una conversación me veo rodeada de miradas incrédulas y sonrisas condescendientes. «Bueno a ver, todos sabemos que lo quieres, que estás muy enamorada de él, pero decir que es tu mejor amigo… ¿no es pasarse un poco?» me suelen decir. «Ay, por favor, sabes que no está aquí escuchándote, ¿verdad? Puedes ser sincera conmigo, ¡que no voy a chivarme!» acompañado de una sonrisita malvada. «Si venga, y cuando tienes problemas con él, ¿a quién se lo cuentas si él es tu mejor amigo?», como si hubiera declarado en algún momento que solamente le tengo a él y no confío en nadie más, claro. Son respuestas que, además, suenan como si yo tuviera alguna necesidad de decir eso para complacer el ego de mi marido. Como si hubiera dicho una memez, un comentario infantil y ridículo. Y perdonadme, pero nada más lejos de la realidad.

Creo que, de algún modo, vivimos actualmente en una sociedad en la que consideramos que hay que mantener en estatus diferentes a nuestras parejas y a nuestras amistades. Hemos demonizado en cierto modo el amor y romantizado la amistad. Se da por sentado que no podemos ser sinceros al cien con la persona que consideramos nuestra pareja pero sí con los amigos. Y esto no coincide con mi realidad.

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Me explico. Mi pareja es quien al final del día escucha mis problemas y mis mierdas mentales, me aguanta el malhumor y me ayuda a relajarme y sanarme para empezar con fuerzas al día siguiente. A la vez, es con quien convivo, la persona con la que duermo y la que mejor me conoce. Es quien me da más cariño a lo largo del día, quien me cuida a tiempo completo cuando enfermo y quien comparte conmigo más momentos divertidos, felices o importantes. Pienso que si la relación entre ambos es sana y equitativa, esto suele ser así. Sí, también tengo amigos y amigas, les quiero y están ahí en las buenas y en las malas, y yo para ellos, por supuesto. Pero os aseguro que ninguno ha estado jamás tan disponible para mí como mi pareja. Y ojo, que me parece normal. Creo que hay cosas que a las parejas nos corresponde aguantar el uno del otro, ámbitos reservados para nosotros, una intimidad diferente, más profunda. Así que, siendo así, ¿por qué no debemos considerar que somos mejores amigos? ¿Qué es una pareja si no un amigo que ha alcanzado un punto más allá en nuestro interior, en nuestros sentimientos, en nuestra confianza?

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Y ojo, no estoy diciendo que debamos tener confianza ciega en nuestras parejas, faltaría mas. Porque nuestra pareja podrá traicionarnos o decepcionarnos como seres humanos que son, igual que todos los demás, pero no romanticemos la amistad para rivalizarla con el amor, porque los amigos también pueden hacernos el mismo o más daño que una mala pareja. Al final, todas son personas independientes a las que les hemos otorgado el poder de hacernos daño al confiar en ellos. Pero, ¿cuál sería la alternativa? ¿Vivir aislados, sin mantener lazos sociales de ninguna índole para evitar que nos puedan romper el corazón? Para mí, esa no es una opción, no merecería la pena vivir así.

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Así que… sí, mi marido es mi mejor amigo. Y lo digo a boca llena y sin ningún tipo de remordimiento. Os digo más, no podría construir una relación amorosa con una base distinta a la de la amistad. Y sé que este no será el caso de todo el mundo, pero es el mío y el de muchos otros, y merece ser respetado y validado tanto como el de los demás. Porque la persona con la que comparto a diario risas, dudas, conversaciones existenciales, miedos, cama, pasión, payasadas, ilusiones y mis planes más ambiciosos es y será, siempre que el respeto y el sentimiento sea recíproco, mi pareja. Porque el amor y la amistad no son cosas excluyentes, sino que se integran el uno en el otro.

Carol M.