Si alguien me hubiera dicho que aquel chico desgarbado que se sentaba en el pupitre de al lado se convertiría casi once años después en mi marido, hubiera puesto cara de asco. Al principio, nos llevábamos a matar. Éramos como el agua y el aceite, siempre chocando por cualquier tontería. Nos caíamos francamente mal. Sin embargo, un par de años después, acabamos coincidiendo en el mismo grupo de amigos. Al vernos obligados a compartir nuestro tiempo libre, fuimos limando asperezas. Poco a poco, casi sin darnos cuenta, aquella animadversión se fue transformando en amistad. Y de la amistad pasamos al tonteo. Y de ese tonteo pasamos a estar colados el uno por el otro. Y empezamos a salir poco después.
💖 Únete a nuestro canal de testimonios exclusivo

A partir de ahí, nuestra historia fue la de dos personas que evolucionan de la mano. Superamos la etapa universitaria, sobrevivimos a la distancia cuando me fui de Erasmus y, unos años más tarde, cuando a él le tocó estar un año fuera por su máster. Encontramos nuestros primeros trabajos, dimos el salto de irnos a vivir juntos y sobrevivimos a la convivencia. Fue durante una escapada a Lisboa cuando me pidió matrimonio. Nos casamos por lo civil, en el ayuntamiento, rodeados únicamente de la gente más cercana. No queríamos grandes celebraciones ni banquetes porque teníamos una meta muy clara: estábamos centrados en ahorrar cada céntimo para poder comprarnos nuestra propia casa.
Dos años y pico después de la boda, ya instalados en nuestra casa recién comprada e hipotecados, nació nuestro hijo. Un niño precioso y sano, pero que, paradójicamente, fue lo que abrió la primera gran brecha entre nosotros. Tras dar a luz, sufrí una depresión postparto severa y él fue absolutamente incapaz de comprenderme. En lugar de ser mi apoyo, me hundió más. Me sentía mala madre, mala esposa y nada acompañada por la persona que debía sostenerme. Para colmo, a medida que pasaba el tiempo, descubrí con amargura que, más que un marido y un hijo, sentía que tenía a dos hijos a mi cargo. Esa etapa me marcó tanto que supe en mi interior que nunca se lo perdonaría. Pero eso no fue lo peor.

Tiramos de la relación hacia delante a pesar de todo, pero éramos muy infelices. Cuando nuestro niño cumplió cuatro años, nos divorciamos. El castillo de naipes se derrumbó por completo al enterarme de que él había estado teniendo una aventura por internet con otra mujer, con la que se enviaba fotos y vídeos calientes. Esa humillación fue la estocada final que terminó por destrozarme a mí y a nuestro matrimonio.
Durante todo aquel infierno, quien me sostuvo para que no me hundiera en el pozo de mi depresión fue mi mejor amiga. Se convirtió en mi apoyo fundamental. Éramos como hermanas. Por eso, imaginaos el drama cuando, tres años después, Nuria, mi gran amiga, mi hermana por elección, me confesó que estaba saliendo con mi ex marido.
Me quedé sin respiración. Me contó que habían empezado a coincidir en clases de pilates y que a veces se quedaban después a tomar algo con el resto de compañeros. Según ella, poco a poco fueron conociéndose más a fondo y todo surgió solo, como algo inevitable. Que sabía que estaba mal y que me pedía perdón de antemano, pero que se había enamorado y que ya no era el mismo hombre de antes, que había cambiado mucho. Reconozco que me reí en su cara, aunque fuese cruel, y le dije que allá ella si decidía creerle.

Aquella situación produjo un distanciamiento inmenso entre nosotras, especialmente al principio. Mi relación con mi ex, tanto entonces como actualmente, se limita a lo estrictamente necesario para compartir la custodia de nuestro hijo de la forma más sana posible. Pero, en mi fuero interno, nunca he podido perdonarle su falta de compromiso cuando fuimos padres ni la infidelidad que aniquiló nuestro matrimonio. Y ahora mi hijo pasaba el tiempo con él y con mi mejor amiga, que para él siempre había sido su tita, cuando le tocaba estar con su padre.
Aunque parezca mentira, Nuria y yo restablecimos poco a poco nuestro vínculo. Nos echábamos mucho de menos la una a la otra. Así que, tras mucho pensar, mucho hablar y mucho perdonar por mi parte, continuamos siendo amigas, pero con una regla inquebrantable: él era un tema tabú. A pesar de que ya llevaban bastante tiempo saliendo juntos, yo hacía un esfuerzo titánico por fingir que esa relación no existía. Quedábamos de vez en cuando, pero por supuesto siempre sin él. Compartir tiempo con mi ex no era una opción para mí, al menos por el momento. Y el tema no debía salir entre nosotras porque, ni yo iba a cambiar mi opinión sobre él ya que lo conozco como si lo hubiera parido, ni ella iba a dejar de estar enamorada hasta el tuétano de ese cabrón.

Ahora me enfrento al reto definitivo: me han invitado a su boda. Solo un año y poco después de empezar a salir y ya se van a casar. Pero no seré yo quien le diga a mi amiga que todo esto es una locura. Cada una debe cometer sus propios errores, aunque en este caso compartamos error. Tras pensarlo mucho, he decidido ir, pero solamente a la ceremonia. Lo hago para acompañar a mi hijo, que obviamente va a asistir a la boda de su padre con «la tita Nuria», y por puro respeto a mi amiga, aunque sepa a ciencia cierta que se está equivocando a lo bestia. Pero no la juzgo. Yo también estuve ciegamente enamorada de ese mismo hombre, que parecía un príncipe azul. Ella estuvo ahí para mí cuando él me hizo un daño irreparable, aunque ahora parezca tener amnesia respecto al hombre con el que se va a casar. Y sé perfectamente que, cuando le haga lo mismo a ella y lo dejen, porque sé que lo hará, Nuria me va a necesitar a su lado para superar lo que quiera que le vaya a hacer ese capullo. Y yo, estaré allí, incondicional.