Desde que era pequeña he recibido insultos y comentarios sobre mi peso. Ya sabéis, esa  clase de opiniones que todo el mundo se dedica a lanzarte a diestro y siniestro sin que  nadie se lo haya pedido y que hacen mucho daño. En el colegio ya tenía un montón de  motes y todos ellos me hacían llorar, pero el que más parecía gustar a mis compañeros  de clase era Betty Spaguetti. Sí, como la famosa muñeca de los noventa, esa con las  piernas y los brazos extremadamente delgados. Y es que yo no era una niña gordita, sino  todo lo contrario. 

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Se me notaban mucho los huesos de la espalda, tenía la cara muy finita y mis piernas  eran delgadas como dos palillos. Y no porque no comiera bien en casa o tuviera algún  problema de salud, simplemente, mi cuerpo de niña era así. Lo pasé fatal, a pesar de que  mis profesores estaban pendientes de mí y del trato que me daban mis compañeros no  podían vigilarles a cada segundo y a la salida o, durante el recreo, se cebaban conmigo y  muchas veces volvía a casa llorando. En definitiva, mi etapa en el colegio fue bastante  dura en ese sentido y tenía por entonces un gran complejo con mi físico.  

Sin embargo, con el paso de los años fui ganando peso por arte de magia y cuando llegué a la adolescencia, me convertí en una chica delgadita sin que mi cuerpo llamase tanto la  atención. Me seguía costando encontrar ropa de mi talla en las tiendas para chicas de mi  edad, todo el mundo me recalcaba lo delgada que estaba y yo aún me veía fea, pero todo  cambió cuando cumplí los diecisiete. Socialmente hablando, mi cuerpo había alcanzado  un peso ideal y muté en una chica muy mona con un tipito que todo el mundo decía ser  perfecto. A raíz de ese cambio, noté que empezaba a gustarle a los chicos, aunque en mi  mente yo seguía siendo muy poca cosa y los complejos no se habían ido a ninguna parte. 

Odiaba mis piernas demasiado delgadas, estaba plana como una maldita tabla de  planchar y todavía había quien me preguntaba si comía bien. Poco después de cumplir  dieciocho empecé a salir con un chico de mi clase de la universidad, pese a cómo me  veía yo y cómo me hacían sentir algunas personas, que se sentían con toda la libertad y  el derecho del mundo de decirme que parecía enferma. Que aquel chico se fijara en esta  que escribe y me quisiera era algo nuevo para mí y no tardé mucho en terminar  enamorada de él como una idiota. Y digo idiota porque por más feos y desprecios que me  hiciera, yo seguía a su lado. 

Mi ex era de esa clase de personas que sabe reconocer las vulnerabilidades de los  demás y exprimirlas en su propio beneficio o, sencillamente, porque sí. Yo misma le conté  que lo había pasado muy mal en el colegio y durante gran parte de mi adolescencia por la extrema delgadez y que aún en aquella época arrastraba como un gran complejo, aunque mi peso encajara en el canon de belleza social. Al principio me hizo sentir como la chica  más guapa del mundo, pero a medida que fue pasando el tiempo y nuestra relación se  afianzaba, él empezó a mostrar su verdadera cara. Aprovechaba cualquier ocasión para  soltar pullitas sobre mi cuerpo, mi peso o mis tetas, o más bien la ausencia de tetas.  

Salía de casa con dos o tres complejos y volvía con treinta nuevos. Que si tienes un  diente torcido, que si pareces una tabla de surf, que si los pantalones pitillo te hacen  todavía más delgada,… El día que me dijo completamente en serio que ojalá me pareciera más a Virginia, la novia de un colega en común, fue la gota que colmó el vaso. Desde  entonces, me obsesioné con ganar kilos y parecerme a ella, aunque tuviésemos cuerpos  completamente distintos. Empecé a comer sin control, en grandes cantidades a pesar de  que aquellas comilonas terminaban conmigo muerta de dolor de estómago y ganas de  vomitar. Tenía que coger unos kilitos sí o sí, porque pensaba que así le gustaría más a mi  novio y dejaría de desear a otras. 

Con el paso de los meses, conseguí engordar un poquito a costa de pegarme atracones  con todo lo que pillaba en la nevera, aunque no tuviera hambre. Esta relación con la  comida desencadenó en una enfermedad, ya que empecé a cogerle asco a los alimentos que hasta hacía poco me había obligado a mí misma a a comer. Y no sólo eso, sino que  de repente, a mi chico le parecía que el culo me había crecido demasiado y mi obsesión  por engordar tornó en todo lo contrario. En definitiva, me daba asco mi cuerpo, antes por  delgada y ahora por gorda. Empecé a comer para calmar la ansiedad y después me  provocaba el vómito. Sólo tiempo después, cuando ya era tarde, supe que sufría bulimia. 

Mi relación con mi ex terminó un año después de que cayera en aquel trastorno de la  alimentación. Me puso los cuernos con otra y eso sólo agravó la percepción que yo tenía  de mí misma y por tanto, la enfermedad. Mis padres se dieron cuenta de todo y  prácticamente me llevaron a terapia a rastras, cosa que nunca podré agradecerles lo  suficiente ni en un millón de vidas. Después de mucho tiempo de someterme al  tratamiento, empecé a ver la luz y pude salir de aquel pozo, aunque soy consciente de  que tendré que luchar contra él el resto de mis días.  

Por si os lo estáis preguntando, a día de hoy, mi ex sigue saliendo con la chica con la que  me engañó y es padre de una niña. Puede que precisamente por eso, años después se  pusiera en contacto conmigo para pedirme perdón y admitir que se portó como un  desgraciado.  

 

 

 

Escrito por Mar Martín basado en un testimonio real.