Empecé con mi novio a los 14 años, pero nos conocíamos desde el jardín de infancia. Siempre había pensado que estaríamos siempre juntos, que estábamos hechos el uno para el otro.
Juntos, aprendimos a leer, hicimos nuestro primer trabajo en grupo, nuestras primeras pellas, nuestra primera borrachera, fuimos creciendo y cada día estábamos más unidos.
Por eso, a nadie se le hizo raro que a los 14 me pidiera ser su novia. Todos sabíamos, o esperábamos, que eso pasara. Era lo normal. Siempre estábamos juntos, nos entendíamos, y nos apoyábamos.

Cuando empezamos a buscar universidad, nos cayó como un balde de agua fría tener que separarnos. Nuestra ciudad es pequeña, así que las opciones eran limitadas. Mientras yo me marché a Pamplona, Alberto consiguió plaza en Madrid. No era el fin del mundo, seguro que podríamos superarlo.
Me fui a Pamplona, y allí conocí a Marina. Era mas o menos la versión femenina de Alberto. Tenían las mismas aficiones, y era igual de fácil hablar con ella que con él. Tras cinco años juntas era, sin duda, mi mejor amiga.
Mi novio consiguió venirse a Pamplona cuando terminó la carrera, porque encontró trabajo aquí, mientras yo empecé a estudiar un doctorado. Como era natural, nos fuimos a vivir juntos los tres. Marina, Alberto y yo. Las dos personas que más quería en este mundo. Los tres contra el mundo.

Pero, tras nueve meses juntos, de repente, Marina me dijo un día que se iba de casa, y que necesitaba alejarse un poco de nosotros. No quiso explicarme más.
Semanas más tarde, empecé a notar a Alberto como más alicaído, más tristón. Le conozco como la palma de mi mano, así que no me fue difícil encontrar las señales, que probablemente hubieran pasado desapercibidas para cualquier otra persona.
Hable con el como siempre lo habíamos hecho: directamente, sin tapujos, sin medias tintas.
Entre lágrimas me confeso que no sabía que le pasaba, que me quería como siempre lo había hecho, pero que no podía dejar de pensar en otra persona.. Me dijo que iba a luchar por nosotros, que yo no me merecía esto. “Lo sé”. Fue todo lo que pude contestar. Nos dimos un abrazo, y ahí dejamos la conversación.
Con el paso de los días, poco a poco en mi mente todo empezó a cobrar sentido. Nos conocíamos tanto, y durante tantos años, que nuestro amor ya no era romántico, si no platónico. En algún momento, pasamos de ser “high school sweethearts”, como dirían los americanos, a ser BFF, sin ningún interés romántico más allá que el cariño acumulado por tantos años.
Una vez que fui capaz de asimilar que mi vida, tal y como la conocía, había cambiado para siempre, no me fue difícil deducir quien era esa otra persona.
Mentiría si dijera que no pensé en ser egoísta y seguir adelante, al fin y al cabo, la vida con Alberto era fácil, y nos entendíamos bien, pero al final hice lo que debía. Alberto no se merecía quedarse atrapado en una relación por compromiso, por el que dirán, o por no hacerme daño. Ninguno nos lo merecíamos.
Llamé a Marina, y le pedí que se reuniera conmigo en el parque, en nuestro parque, donde tantas veces habíamos comido los tres juntos. Y también le cite a él.
En cuanto llegaron, les pregunte abiertamente si estaban enamorados, y les deje bien claro que, si ese era el caso, yo no iba a interponerme. No soy la dueña de ninguno de los dos, no me deben nada. Si ellos querían estar juntos y estaban seguros de ello, debían hacerlo.
Antes de que Alberto volviera a casa, yo ya me había marchado.
Me costó, pero lo superé. Poco a poco, el cielo negro sobre mi cabeza empezó a volverse gris, cada día más clarito.

Y cuando estuve preparada, volví a verlos.
Hemos vuelto a ser los amigos que una vez fuimos.
Alberto y Marina se casaron hace ya unos años, y tienen dos niños preciosos a los que quiero mas que a mi vida.
Yo, por mi parte, tras terminar mi doctorado me marché a vivir a Alemania, donde sigo viviendo hoy en día. Pero seguimos en contacto y nos vemos cada vez que tenemos ocasión. Al fin y al cabo, siguen siendo las dos personas mas importantes de mi vida.
Andrea M.
Relato escrito por una colaboradora, basado en la historia real de una lectora.