Mi mejor amigo no me invitó a su boda por los celos de su novia

 

Jota y yo nos conocíamos desde el colegio. Tendríamos como 13 años cuando empezamos a ser amigos. Él repitió un año, coincidimos en clase y desde entonces fraguamos una bonita amistad. Teníamos épocas en las que estábamos todo el día juntos, y otras en las que nos distanciábamos un poco. Supongo que como todas las amistades, pero lo importante era que en el fondo podíamos contar el uno con el otro. 

Él me escuchaba, me apoyaba y me aconsejaba en absolutamente todo lo que necesitaba. Yo también estuve ahí para él en sus épocas menos buenas, e incluso para ir a recogerle en plena noche porque había bebido más de la cuenta y tenía que mover el coche del aparcamiento, por ejemplo. Lo pasábamos muy bien juntos, de fiesta o paseando para hablar de nuestras cosas. Incluso teniendo pareja, siempre sacábamos un hueco para nosotros dos a solas. Mis padres le adoraban, y los suyos también me tenían gran cariño.

Nunca hubo el más mínimo momento incómodo-romántico entre Jota y yo. Nos hemos emborrachado juntos, dormido juntos, y jamás sentimos atracción alguna. A ojos de los demás podíamos hacer buena pareja, pero entre nosotros, sinceramente, había una bonita y fraternal amistad. Al menos durante un tiempo…

Conoció a la que ya es su esposa a través de una de mis amigas. Tardaron un tiempo en ser pareja, y él me iba contando poco a poco los avances en su relación. Al principio solamente le interesaba para el sexo, ya que no terminaba de gustarle, pero yo le animé a que la conociese un poquito más. Finalmente, supongo que encontraron una sólida conexión entre ellos y empezaron a salir en serio. Yo también estaba conociendo a alguien, así que fue inevitable que dejáramos de pasar tanto tiempo juntos a solas. Pero lo que sí me causaba un poco de recelo, es que tampoco lo pasábamos en pareja. No había manera de coincidir los cuatro para salir, sus planes siempre eran exclusivamente con los amigos de su novia.

Lógicamente, nos habíamos convertido en dos adultos con sus respectivas vidas y no podía seguir todo igual. Aun así, fue uno de los primeros en saber que yo estaba embarazada y en conocer a mi hija. Siempre solo, por supuesto, porque su novia nunca le acompañó a visitarnos, ni a los cumpleaños, ni siquiera a mi boda a la que estaba invitada. Nuestras quedadas se redujeron al mínimo, y sucedían solamente cuando ella estaba fuera de viaje o si a él se le quedaba un hueco libre en el trabajo. Retomamos un poco el contacto más frecuente durante los meses en los que tuvieron una crisis gorda, pero cuando regresaron, todo volvió a lo de antes e incluso peor.

A pesar de esta situación, para mí seguía siendo mi mejor amigo, porque por muy poco que nos viéramos o hablásemos, cuando estábamos juntos era como si el tiempo no hubiese pasado. Tonta de mí, porque estaba claro que yo no significaba lo mismo para él. La última vez que nos vimos fue unos meses antes de su boda, para tomar un café rápido. En ese encuentro me estuvo hablando incluso de todos los preparativos. Pero desde ese día,  ya no volví a saber más de él. Mi invitación nunca llegó, pero pude comprobar por las redes sociales que finalmente sí habían tenido su bonito y multitudinario enlace. Ya ha pasado mucho tiempo y el que era mi mejor amigo se ha esfumado de mi vida, no ha vuelto a contactar conmigo y yo no he tenido ánimos para decirle nada.

Cuando le comenté lo que había pasado a mis familiares y amigos, nadie se extrañó. Todos vieron desde siempre lo que yo no quería darme cuenta, pues siempre justificaba en mi razonamiento todas esas ausencias: su novia no soportaba la relación que teníamos. Por supuesto, sé que el único culpable es él, pues él valoró, priorizó y aceptó mandar nuestra amistad a la mierda al poner por encima las inseguridades de su novia. Es hasta triste, porque precisamente si con alguien podía estar segura, era conmigo.

 

Anónimo

 

Envía tus movidas a [email protected]