HISTORIA DE UN MENTIROSO COMPULSIVO: MI NOVIO DE TODA LA VIDA ME ESTAFÓ 25.000 EUROS.

Pablo y yo nos conocimos en el instituto, crecimos juntos, compartimos muchas primeras veces y fuimos de la mano durante el aterrador salto de la adolescencia a la adultez.  

La vida pasaba y nosotros con ella. Llevábamos 12 años de relación cuando decidimos comprar una casa. Pablo sugirió utilizar un terreno que su familia poseía y qué, según él, querían cedernos como regalo. Sobre él, decidimos cimentar la casa de nuestros sueños.

De cara a presupuestar la cantidad de dinero que íbamos a necesitar pedir al banco, le conté a que cifra ascendían mis ahorros, y le pedí que me dijera de cuanto disponía él. Aquí comenzaron las primeras red flags. Pablo se negó a darme esa información, alegando que se trataba de algo personal. Yo ya tenía la mosca detrás de la oreja… ¿Emprendes un proyecto común con una persona y ni siquiera puedes decirle cuánto dinero tienes en el banco? Alcanzamos un acuerdo; él propuso que pidiéramos un préstamo y el resto, lo fuésemos poniendo a partes iguales a medida que surgiese la necesidad. Tonta de mí, acepté.

Comenzaron las obras y el dinero del préstamo se desvaneció rápidamente, demasiado a mi parecer. Yo no me ocupaba de nada, dado que él insistía en encargarse de los albañiles, los materiales, etc. Pronto, empezó a requerirme cantidades de manera continuada. Yo iba dándole lo que me pedía, pero a la vez comenzaba a demandar explicaciones. ¿Por qué el dinero se esfumaba tan rápido? Él trataba de culpabilizarme, decía que escogía azulejos caros o acabados con demasiada calidad, y que a causa de mis caprichos todo se desmadraba. Yo no sabía que pensar, pero no me cuadraban las cuentas.

El dinero se terminó y ya no quedaba suficiente para seguir haciendo frente a la obra. Mi padre, albañil de profesión, tuvo que encargarse de terminarla.

Intenté no darle vueltas al asunto y continuamos nuestra vida en común, pero pronto aparecieron nuevos comportamientos sospechosos. Pablo pasaba las noches chateando con el móvil. Yo le interrogaba, quería saber con quién hablaba a horas intempestivas, pero él replicaba, airado, que solo eran charlas con sus compañeros de fútbol. Sé que no está bien mirar el móvil de tu pareja, pero la inseguridad me consumía, así que lo hice. Sus colegas de futbol se llamaban “Marta” y decían “no aguantar más las ganas de verle”.

Me enfrenté a él, que, como era de esperar, profirió excusas rocambolescas y quiso hacerme creer que estaba loca.  Elegí creerle. A día de hoy no entiendo qué absurdo mecanismo cerebral  me llevó a tragarme esas estupideces y seguir a su lado.

Entonces comenzaron las llamadas. La financiera que nos había subvencionado el préstamo empezó a llamar insistentemente, acusándome de no tener abonadas las cuotas. Llamaban también a casa de mis padres, de forma amenazante y compulsiva. Pablo sugería que no hiciésemos caso, que era un error, pero mi madre me apremiaba para que solucionara el problema. Mis padres no se merecían soportar eso así que contacté con la financiera y mostré mis justificantes de pago. El baño de realidad que me llevé fue mayúsculo. El empleado me explicó que ese préstamo se estaba pagando, pero los otros no.  ¿Qué otros préstamos? ¿De qué hablaba ese señor? El mundo se me vino encima cuando me mostró documentos que supuestamente yo había firmado y  avalado con mis nóminas. La cifra era estratosférica.

Cuando llegué a casa, me enfrenté a Pablo. Reclamé explicaciones, pero él quedó en estado de shock, o al menos fingía estarlo. Miraba a un punto fijo, como catatónico, y no contestaba a mis preguntas. 

Contacté con su familia, y su hermana sugirió llevarlo a un psicólogo. Mi ex pareja entró solo, y a posteriori, entré yo. El psicólogo me dijo que no podía contarme nada, pero que si decidía seguir con él, íbamos a tener que hacer mucha terapia.

Los días que vinieron fueron una pesadilla.  Mi abogado me ayudó a descubrir que las deudas ascendían a un total de 25.000 euros, que estaba incluida en la lista de morosos y que mi coche era garantía de pago de otro préstamo más. 

Tuvimos una reunión en la que participamos su familia, la mía, el abogado, Pablo y yo. El letrado informó a las partes sobre mi derecho a interponer una denuncia. Pude hacerlo y quizás debería haberlo hecho, pero decidí darle la oportunidad de saldar las deudas en el plazo de 48 horas. Solo quería pasar página, olvidarme de todo y resetear mi vida.

En este encuentro, me topé también con la cara oscura de personas que pensaba que me querían. Entiendo que por un hijo se puede hacer cualquier cosa, pero el comportamiento de mi suegra resultó deplorable a mis ojos. Me dijo que saldaría las deudas y me entregaría el comprobante, que estuviera tranquila a ese respecto, que ella respondería por los actos de su hijo. Pero con respecto a la casa en la que yo había invertido tanto dinero, afirmó que ese terreno estaba a su nombre y que no iban a darme ni un euro, que no tenía forma de demostrar mi inversión. En este punto, Pablo sacó la cara por mí, alegando que aquello no era justo, que yo había invertido todos mis ahorros, más el pago mensual del préstamo. Solventamos la situación a base de abogados y meses de angustia.

A día de hoy, soy otra mujer. Tengo casa propia, trabajo, amigos y una vida plena. Mi ex pareja vive en el mismo pueblo que yo, se casó y tuvo un hijo.  Cuando lo veo con su mujer, me pregunto si ella sabrá lo que hizo. Pero sobre todo, lo que no dejo de cuestionarme es ¿Por qué lo hizo? ¿Se trataba de alguna adicción? Juro que nunca vi señales de ningún tipo. Hubiera sido más fácil para mí sí me hubiera dado alguna explicación a la que poder agarrarme y con la que poder cerrar capítulo, pero nunca lo hizo, así que tendré que vivir para siempre con esa incertidumbre.

 

anónimo

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